diciembre 30, 2006

Bs As, medio día cinco.

Hoy es mi última jornada aquí.
A las seis me levanté, me arreglé, a las 7 me tendí a esperar que fuera hora para tomar desayuno en la "planta baja" (porque yo estaba en el segundo piso del hotel, que aquí es el 1) y me dormí hasta casi las 9, cuando un pasajero de otra habitación hizo sonar mi teléfono creyendo que era la recepción. Concientemente respeto eso de levantarme temprano, pero mi cuerpo se acurruca en cualquier parte para descansar.

Temprano fuí a cambiar la cartera por segunda vez. Sé que eso para los hombres no es comprensible, pero fue así: anoche ví una cartera negra preciosa, pero me traje al roja porque negra ya tengo, y roja combina con los zapatos rojos, y etc etc, toda esa charlatanería racional que mi mente práctica insistió en contar. A la media hora de haber salido de la tienda, sabía que hoy tenía que cambiarla por la bella cartera negra porque, simplemente, es perfecta.
Me corté el pelo. Caminé mucho nuevamente, y me tomé otro Munchi's, esta vez tb de crema tramontana, pero acompañada con Súper Chocolate ¡ñam!
Consumí otro par de cosas en un par de tiendas, y luego caminé con dirección a no sabía dónde, barrios en los que la gente vive y por los que transita a sus perros, y bebés, y hace vida apacible de día sábado. Edificios, iglesias, anduve feliz entre ellos.
Ví un repartidor de pizzas en patines y un perro galgo, con razón corren tan rápido, de lejos parecía desnutrido el pobre, con ese peso, cualquiera es aerodinámico.
Ahora termino y me voy, luego estaré en el hotel y salgo en mi vuelo a las ocho de la tarde.
Me queda mucho por caminar aún, pero voy feliz, descansé estos minutos y repuse energías.

diciembre 29, 2006

Bs As, el broche de oro.

¡Qué gran día!
Si bien Chopin sonó a la hora convenida, hice trampa hasta las 7 de la mañana. A las ocho y diez, me tomé tres vasos de jugo de naranja y me fuí, con tres compañeros de la empresa que me recogieron en el hotel, al día campestre.
El lugar, precioso, ubicado en Luján a una hora de Capital Federal, y llamado Rodizio, es una especie de campo, con pileta y restaurant. Una vez estacionado el auto en que llegamos, una carreta nos llevó, por una bella alameda, hasta el lugar en que el resto de la gente y un exquisito desayuno -con pan campestre, dulce de leche, más jugo de naranja (diría que me tomé un litro en total), mediaslunas, dulce de naranja- nos esperaba. Abrazos, besos y la calidez de todos los compañeros a quienes encontraba y de algunos colaboradores que hasta hoy sólo conocía por internet, fueron el presagio de un día perfecto.
La reunión anual de la empresa, estuvo llena de planes en que todos estamos considerados y desafíos que nos ponen un interesante e intenso futuro. Mientras nos hablaba, miré al director de la empresa pensando si acaso podrá dimensionar las muchas personas que nos motivamos y vivimos gracias a su visión y tenacidad.
Llenos de risa comentamos que es tan difícil explicar el negocio de nuestra empresa, que los amigos y familiares terminan pensando que estamos metidos en droga o negocios ilícitos, más ahora, que tenemos tantas operaciones en el Caribe. La sala se llenó de anécdotas, y el cansancio de fin de año se transformó en ánimo para enfrentar todos las metas trazadas con miras al 2011.
Para terminar, una bellísima cartera para cada mujer y un fino reloj para cada hombre del equipo. No hay más que decir, todos saben cuánto nos puede alegrar una cartera nueva!!
El frío salón en que se hizo la actividad, contrastaba con los 37 Cº de sensación térmica que había afuera... por cierto, a la sombra.
La noticia que anoche me pareció exagerada sobre la invasión de mosquitos en la cuidad de Bs As, cobró absoluto sentido con los tres hinchados mosquitos que pillé "in fraganti" succionando mi sangre (acabo de encontrar la primera "roncha").
El almuerzo fue muy rico. Ensaladas, bla bla bla, pero lo más importante: asado. La buena conversación, denuevo el pan campestre, y los dos postres al finalizar, lo hicieron ideal. Entre mis compañeros, otro amante de la fotografía con una cámara igual a la mía. Con cada uno tuve algún tema del cual conversar, me sentí una más con todos.
La tarde fue de fotos, piscina, fútbol, paletas, cada uno en lo suyo. Para mí fue de fotos y sofocante calor. Y el consabido chiste de querer tirarme al agua, a raíz del cual me agarré al gracioso compañero de manera que si yo caía, él tb. Y la vieja táctica funcionó.
De regreso, hice el viaje con un varón encantador, con quien hablamos de las cosas bellas que tiene Argentina, su mujer y la vida en general, y agradecí en silencio la posibilidad de estar aquí, pasando tan gratos momentos con personas cordiales.
Rauda, porque el tiempo apremia, partí a cambiar mi cartera (era linda, pero estaba pensada para que cada una la cambiara por la que quisiera) y al sacar la mano fuera del remis, sentí el aire caliente de un atardecer bonaerense: era como acercar la mano a un horno.
Esta es mi última noche. Ansío volver. No importa el calor que haga, ni los mosquitos, ni la (guacs) cucaracha en el baño, uno siempre se va con la sensación de que le quedan muchas cosas por hacer.
El día, ya bueno, fue coronado por la frase de un joven galán que me habló cuando venía caminando de regreso por Corrientes: "...¿casémonos?... ¿ahora?". No pude menos que mirar de reojo y sonreir.

diciembre 28, 2006

Bs As, día tres.

Chopin se tomó el día libre y las cortinas black out me hicieron pensar que era aún de noche. Finalmente, extrañada por la falta de sueño, miré el reloj... 9:19... ¡odio el black out!
Sin embargo, el día comenzó buenísimo. Dos vasos de jugo de naranjas exprimidas y el aviso por mail de mi primo que ubicó a mi madre, y contándome que ella, sus canarios y Cassandra, están muy bien.
Hoy, decidí ir al centro. Tomé el subte con la lógica santiaguina, y resultó que iba hacia la otra dirección. Lo tomé igualmente y fuí a hacer un par de cosas por ese lado de la cuidad. Luego, tomé correctamente la dirección y partí al centro. A medio camino, las puertas dejan de abrirse por un lado, y se abren por el otro, esa es otra cosa distinta.
Caminé más que Kung Fu, pero me resistí a parar, excepto claro, en un Munchi's para comprar un delicioso helado doble de super dulce de leche y crema tramontana.
Los argentinos piroperos siguen apareciendo a cada rato... "linda la morochita...", "qué signo sos, libra, aries??", "si querés te ayudo a llevar las bolsas...", pero todos bastante respetuosos.
POR CIERTO dentro de "las bolsas" lo que venía, y que no se lo habría pasado a nadie la verdad, jaja, era "Esto no es todo" de Quino!!!! un librote precioso por culpa del cual no podía salir de la habitación del hotel para seguir aprovechando el día.
El calor de hoy ha sido insoportable. Intenso que ahoga y con esa sutileza de hacer transpirar hasta el cuero cabelludo.
Pero Bs As está lindo, vivo, entretenido. La gente camina tramos largos sin reclamar, los mozos y dependientes de los locales trabajan orgullosos, y las mamás le hablan a los niños como si fueran adultos. Está lleno de costumbres que contrastan con las de Chile. Por cierto, aquí, todos te saludan ¡eureka!
Una vez que pude soltar mi nuevo libro de Quino, salí del hotel y, coincidencia, ví una citroneta igualita a la del papá de Mafalda.
En el camino por la Avenida de Mayo, me topé con otro paseador de perros, el que ha llevado a más de todos los que he visto, y todos enfiladitos medio lengua afuera, y con un orden envidiable.
Al llegar a 9 de Julio y ver el sol bajando por mi espalda, pude por fin orientarme, creo, correctamente. Ya dejé de compararla con la Alameda, ahora la comparo con Manquehue.
Café Tortoni.
Hoy salí con la bella intención de conocer el Café Tortoni. Caminé unas 12 o 13 cuadras, y me encontré con una cola de unas 60 personas "esperando" para entrar. Uy. Mi paciencia, y mis pies, no se sintieron capaces y lo dejamos para pasado mañana muy temprano. A cambio de eso, fuí al London City, un lindo café en el que pedí chocolate con torta de manzana, y dos vasos de soda para aminorar la deshidratación. Me trajeron la torta, el agua, una taza vacía y dos platitos pequeños. Al instante llegaron dos jarritos uno con un chocolate espeso y el otro con leche entera. Mezclé en la taza vacía, porciones casi iguales de cada uno. Un saquito y medio de azúcar y ¡voilá! el chocolate caliente más rico que he probado en mi vida. No quiero que se mal interprete, el submarino, tb argentino, es delicioso, y el atole mexicano de chocolate, debe ser maravilloso, pero "chocolate caliente", el mejor que he probado ha sido el de hoy.
Es temprano aún, estoy cansada y somnolienta, y mañana tengo el día campestre de la oficina. Creo que lo mejor es dormir y no olvidarme de programar mi alarma esta vez.

diciembre 27, 2006

Bs As, día dos.

6:30... Chopin. Media hora de regalo que me dí por no tener que preocuparme de hacer la cama ni preparar el desayuno.
Salí del hotel pasadas las ocho. Mi recorrido, según mi memoria visual, era: Corrientes, Obelisco, cruzar 9 de Julio y tomar Av. de Mayo. Luego de las 20 cuadras que debo haber caminado haciendo esa ruta, me dí cuenta de que no era Av. de Mayo hacia ese lado, si no, hacia el otro... es decir, hacia "mi" lado (no digo norte o sur, porque aquí me invento mis propios puntos cardinales convirtiendo a la 9 de Julio en una especia de Alameda santiaguina). Sólo para aclarar, había caminado todas esas cuadras de más. En fin, no importó, había salido temprano, y tomé rumbo contrario unas tantas cuadras más. Llegué a la oficina a las 9. Tomé uno de esos ascensores antiguos, con dos puertas manuales y llegué. Conocí a todos mis compañeros de la oficina de Bs As. Me recibieron con abrazos, sonrisas y una de las gerentes, con un pan dulce en miniatura que de tan lindo da pena comérselo. Al poco rato, me mandaron al estudio de fotografía en que nos retratarían para actualizar las fotos en la web. Entiendo claramente por qué me gusta estar del otro lado de la cámara, y sólo espero que alguna de las tomas sirva.
La evaluación sería a las 13:30, y había que preparar un listado de fortalezas, debilidades y etc etc que hice en unos minutos y quedé desocupada. Era el mediodía. A las 13:50 me llevaron a almorzar, las reuniones individuales estaban retrasadas. A las 17:30.... sí... 17:30, me hicieron entrar y tuvimos la reunión. Contrario a mi pronóstico, la evaluación fue rápida y favorable, me agradecieron y, por supuesto, quedé comprometida a trabajar en todo lo que se me ocurrió plantear en mi listado. Estuve a la altura, eso me puso feliz.

Salí de la oficina, ya tarde. Una de las chicas me dijo que fuera a Paseo Alcorta, un shopping grande y lindo. Otra de mis compañeras tomaba el colectivo que me servía para llegar allá, pero se bajaba mucho antes, y luego de insistentes consejos, me dejó sola y seguí el recorrido, pendiente de los puntos de referencia que ella me dio. El camino es fantástico, se pasa por avenidas grandes, mi favorita es la del Libertador, con unos ocho carriles para autos y muchos árboles. El Paseo Alcorta es un lugar lindo, de tres pisos y lleno de tiendas igual de caras que en Santiago, por lo que fue un paseo que no generó gasto alguno excepto el traslado. De regreso, tras una parada para llamar a mi madre, quien por algún motivo, no contesta el teléfono y se está volviendo una preocupación, encontré el paradero del mismo colectivo e hice el recorrido de vuelta.

Por segunda vez en el día, al llegar mi calle "creí" que debía caminar para uno lado y en realidad era para el otro. Y habiendo caminado varias cuadras de más, llegué al hotel. Noté que sus alrededores no se ven lindos hoy que pasa la basura, hay mucha gente recogiendo cartones y no se ve un barrio tan amigable como ayer. Pero lo peor del día, estaba por venir. Cansada y luego de pedir que prendieran el aire acondicionado de la habitación, entré al baño. Y como siguiéndome, entra nada menos que una cucaracha. Rápidamente, después de ahogar un grito, pensar en mi fobia y en que nadie me podría ayudar, tuve, el destino me perdone, que aplastarla. Lo pude hacer porque, aunque parezca increíble, las que de verdad me causan un pavor paralizante son las negras que se pasean por Santiago, o al menos eso me inventé para poder sortear el mal rato. Después de eso, nada me ha hecho sonreír, tal vez la cena que parto a comer ahora, repunte mi ánimo.

Me dormiré temprano, hoy fue un día de obligaciones e insectos, quiero que llegue mañana para ir a conocer el Café Tortoni, comer merengada con churros (ignoro qué es una merengada, mañana sabremos).

diciembre 26, 2006

Bs As, día uno.

Una cosa es amanecer a las seis de la mañana. Otra es levantarse a las tres. A esa hora sonó la música de Chopin que me despierta cada mañana. A las 3:50 debía pasar el transporte al aeropuerto. Veinte minutos después de la hora, tras llamar a la central, bajé y encontré la van parada afuera de mi edificio con un chofer tan profundamente dormido que tuve que remecerlo para que despertara. Llegamos a las 5:00 en punto al aeropuerto, pagué la diferencia de mi boleto (por haberlo cambiado) y después de todos los trámites, me dediqué a leer mi revista compañera de viaje (confieso que estaba entre la National Geographic Viajes y la Cosmo. Ganó la Cosmo). Siete en punto, me tomé la pastilla para el mareo. Embarcamos y el avión, Gol, me sorprendió gratamente. Nuevo, de asientos suficientemente cómodos, olía a muñeca nueva recién desempacada. Ya al inicio de sus movimientos, comencé a sentir los efectos calmantes de mi pastilla. Tanto así que ví un poco Santiago, luego abrí un ojo, ví la cordillera, y al despertar por seguna vez ya estábamos en Argentina. Por cierto, mirar este país desde las alturas, es sorprendente, parece un verdadero tablero de ajedrez o de un juego lleno de cuadraditos de colores. Toda la tierra trabajada, delimitada en cuadraditos pequeños vistos desde arriba, que seguramente son de varias hectáreas cada uno. Otra buena sorpresa de la aerolínea, es que destruyendo mis expectativas, nos dieron bebida, un rico sandwich y una barrita de biscocho con dulce de frutilla. Todo perfecto. Turbulencias, un poquito, pero yo, no sentía nada de nada.
Al llegar me esperaba el remis. La chofer era mujer, me saludó de beso y me conversó de inmediato sin parar. Amorosa ella, me invitó a sentar en el asiento de adelante. Tomamos la autopista, y a una velocidad muy lenta en comparación con el resto de los vehículos, a ratos ocupando las dos pistas, y con un estilo de manejo que combinaba soltar las manos a cada rato y pasar los cambios de la manera más extraña que he visto, nos vinimos rumbo a la cuidad. Agradecí llegar con vida al hotel, que por cierto es bastante simple, pero limpio, cómodo, y de buena atención.
En 10 minutos, me largué del hotel camino a Santa Fe, sí, a vitrinear. Ya no era tan temprano, por el avión que llegó tarde, la señora que manejaba lento, el atochamiento, en fin. Así que debía aprovechar. Caminé todo lo que pude, y paré, ya por la tarde en un Mc Donald's (ya sé, nada que ver, debí pasar a un restaurant y comer un buen biffe chorizo) pero fue un hambre repentina de hamburguesa, que por cierto, no me cayó muy bien. Caminé de regreso al hotel y me tendí a descansar, lo que significó dormir profundamente por bastante rato y despertarme cerca de las ocho de la tarde. Otra vez salí, y luego de caminar medio Corrientes, he llegado hasta aquí, para hacer mi resumen diario antes de que se me olvide.
Me gusta esta cuidad. Siempre digo que algo tiene, y no sé cómo se puede denominar. Ví jóvenes paseando perros (muchos perros atados a la cintura), mucha gente en los restaurantes, conversaciones, abrazos, esas cosas que por aquí se ven a menudo.
Ahora, conseguiré un restaurant que atienda hasta después de las 00:00 y me iré a cenar. Fotos, no. No está para salir sola con mi cámara. Ya habrá oportunidad. Hoy en el camino un tipo me habló "apuesto que sos psicóloga.... sí, apuesto que son psicóloga de la UBA...." y caminaba a mi lado conversando... así que le dije, no, no soy psicóloga, nisiquiera soy de aquí "¿de dónde eres?" de Chile... "aahh ¿andás paseando?"... no por trabajo... "¿dónde trabajás... bla bla bla?"... en Santiago para una empresa argentina "y cuándo te vas?"... mañana (mentira uno).... "¿y cuándo venís denuevo?".... tal vez en un año...."un año? pero no podés venir a verme???".... no creo que a mi marido le guste la idea de que venga a verte (mentira dos).... "lástima, bueh, que ta vaya bien".... Gracias.... y como dicen aquí "safé".
Mañana me toca trabajar, espero que me vaya bien, porque durante el día es la evaluación de desempeño de mis primeros 5 meses. Eso me pone un poco nerviosa, porque con todos los cambios que ha habido en mi vida ha disminuido mi concentración algunos días y seguro mi jefe recordará alguna de mis distracciones. Es probable que él también se ponga nervioso cuando me vea obligada a contarle sobre mis problemas personales, de los que él no se dio por enterado. Lo mejor de todo, es que conoceré a todos mis compañeros por fin.
Ahora sí me iré. Este día ha sido bueno. De un calor intenso y húmedo que a ratos me hace sentir un poco descompuesta (no sé en qué pensé que traje pantalones en vez de "polleras").
Iré a cenar y luego a dormir, mientras esta cuidad, seguramente, se queda despierta hasta el cambio de turno con los que salen temprano a laburar.

diciembre 13, 2006

Observación

Salgo sin mucho tiempo pero contenta. Aparte del conserje, que siempre sonríe, el resto de los rostros se me aparecen de uno en uno medio enojados. El conductor del bus, no siempre contesta mi "buenos días" y sobre la micro sólo veo caras agradadas si hablan por teléfono o van conversando con alguien más (lo cual no es habitual a las 8 de la mañana).
Todos parecen reclamar por la hora, por la rutina, o no sé ¿será que no toman desayuno?
Con buena razón dicen que los chilenos somos apagados, grises como nuestro smog capitalino.
El día que me impresioné fue aquel en que, al entrar en el ascensor y pronunciar mi sagrado "buenos días" nadie me contestó. Ahí me dí cuenta de que algo sucede. No soy físicamente intimidante (más bien parezco físicamente enclenque), no hablo muy despacio, no estaba rodeada de extranjeros, y mi figura se veía perfectamente por el espejo al frente de mí (es decir, era materialmente real). Simplemente, las personas reaccionan defensivas ante las palabras, por más educadas que sean, de un extraño.
Pobre gente. No sólo sin risa, también asustada. Ensimismada a causa de una extraña timidez.
Me dio gusto que el rubio de traje sastre que pasó en bicicleta ayer por mi lado, hoy me hubiera mirado a los ojos, fue bueno saber que aún existo y que no es por invisible que la gente no me saluda. Tal vez lo hacía como aviso para no atropellarme, pero creería que fue porque coincidió la mirada y no había razón para esconderla.
Antes por lo menos tenía al guardia de la plaza, a quién saludé desde el primer día y luego, resignado, comenzó a recibirme con su cordial "¿cómo le va mi reina?". Ahora mi camino es otro y no lo veo a él, ni a la chica extranjera de expresión feliz, que pasa con su café todas las mañanas. Tampoco al joven oriental, de anteojos, que también parecía estar alegre con su destino.
Por las tardes, el viaje de regreso es sombrío en las caras pero soleado y caluroso en el ambiente (sólo porque estamos bordeando el verano). Los cuerpos vienen cansados por la jornada y las sonrisas no sobran, pero se encuentran un poco más fácil. Las madres pasean a sus niños pequeños, concientes de la generosidad de este clima precioso. Los señores de edad caminan reposadamente a comprar el pan. Eso es mucho más de lo que logro ver por las mañanas.

diciembre 05, 2006

6 de la mañana

Hoy me ha parecido que he perdido muchas horas de mi vida. La razón, es que nunca antes me levanté, por tantos días seguidos, a las seis de la mañana.
Siempre supe que levantarse temprano era exquisito, pero nunca pude hacerlo. Más bien, nunca me decidí a hacerlo. En mi época de colegio, dormía hasta el último minuto posible considerando todos los segundos que tardaba entre salir de la cama y llegar al colegio corriendo (ya tarde, porque mi calculo apuntaba a la última instancia para entrar). No tomaba desayuno, llegaba con sueño (pero sin frío luego de la larga y apurada caminata previa al último tramo en el que corría para pasar por la puerta que siempre se estaba cerrando) y las primeras horas de clases eran odiosamente somnolientas.
El resto de mi vida, ha sido de levantarme temprano y apurada, evolucionando desde mi época escolar sólo en detalles como considerar un tiempo más holgado para movilizarme, y tomar desayuno la mayoría de los días.
En mi paso por Valdivia, recuerdo haberme levantado a las 7 de la mañana con el sol radiante de los días despejados.
Pero seguía sin ser las seis.
En mi nuevo hogar, el día se termina temprano (al menos eso intento), pero invariablemente, el despertador suena a las 6:00. Y sin excepción, me levanto feliz. No sé si tenga que ver con el momento del día, pero creo que despertar al mismo tiempo que la mañana, pasar lentamente de la noche al amanecer, ayuda a terminar en calma las horas de sueño.
A esa hora, por cálido que venga el día, el aire en el balcón tiene una frescura que invita a despertar, a ponerse contento. Allí tiene perfecta lógica la bebida caliente que tomamos por la mañana, y que nos entibia las manos.
No sólo la luz entra por mi ventana angular, también la imponente cordillera de Los Andes, como un espectáculo de grandeza y verdor (en esta época). Y no sólo eso, también entran las tres marías de noche y la luna queda casi a los pies de mi cama. Pero la noche es tema para otro día.
Cómo no voy a tener la certeza de haberme perdido muchos momentos buenos por no haber amanecido más temprano. La noche es bella, pero el inicio del día me ha cautivado aún más. El tiempo -de levantarme sin prisa, preparar un desayuno que recompense las horas sin comer, disfrutar la casa y regalonear a mi gata- que siempre estuvo ahí y yo no lo aproveché.
Claro, los domingo, son para levantarse sin despertador, pero igual abro un ojo a las seis para mirar el cielo claroscuro que se cuela; es una especie de acuerdo que tengo con esa preciosa ventana.

diciembre 04, 2006

Un día cualquiera, hace dos años

Trabajaba como cualquier otro día, en las oficinas de la universidad a las que nadie llegaba por su ubicación al final del campus.
Extrañamente, sin los avisos correspondientes ni la programación debida, el rector apareció por la puerta principal, acompañado de otra persona y conversando en Inglés.
Si bien sabía que por mi ubicación era la única que podía ver lo que estaba pasando, no tuve tiempo de avisarle a nadie antes de saltar como un resorte para saludar a tan importante personalidad de la universidad.
Sorprendida por la humildad del momento, tan distinta a la de otras veces, me sentí sobrepasada cuando sin aviso previo, el mismísimo rector me presenta a su acompañante: "le presento al Príncipe de Lichtenstein".
¿Príncipe?
En ese momento mi mente recorrió la cenicienta de pé a pá tratando de encontrar el modo correcto de saludar a un "príncipe", pero ningún tipo de reverencia se me reveló como lo adecuado para aquella circunstancia. En un segundo pensé en la ropa que vestía, el peinado poco prolijo, la cara de boba, y el vacío en mi mente del que no podía rescatar una buena frase en inglés para saludar a un ser humano con tamaño título de nobleza.
Lejos de lo visto en mi época de niña, este príncipe no era rubio de pelo lacio y largo, y no lucía ropa con detalles dorados. Su piel denotaba varios años de edad, su cabellos era blancos y su cuerpo esbelto estaba vestido con traje de riguroso azul oscuro.
Mi "nice to meet you" tan perfecto en toda presentación de carácter bilingüe, se notó tan carente de solemnidad a medida que lo pronunciaba.
Su ojos azules, clarísimos y cordiales, me miraron mientras me tendía la mano. Nuevamente, mi ignorancia no sabía si podía mirarlo a los ojos, o eso sería descortés. Pero en fin, estábamos en Chile donde jamás hemos tenido un rey (en la historia conocida por lo menos), yo jamás había soñado conocer a un príncipe, y nisiquiera sabía que existía Lichtestein antes de esos cinco minutos, así que lo menos que podía hacer, era mirar bien a aquel hombre con quien, seguro, no volvería a toparme otra vez en la vida, y llevarme la anécdota para contarla de cuando en cuando. No sólo eso, también para tenerla como vivencia para esos días que nos parecen monótonos y recordar que, sin previo aviso, puede que sea un día realmente especial.

noviembre 22, 2006

Increíble

Mis personas cercanas saben que yo soy de las que escribe mails, persigue a sus viejos amigos por internet, lee artículos que luego comparte y mantiene (con ciertas lagunas) su blog. Pero no creo que sepan que algún par de veces he escrito a gente desconocida para decirle que me gusta su trabajo(fotógrafos, recuerdo), que si bien no suelen responder, se merecen con creces unas palabras.
Bien, lo cierto es que de eso, hace bastante tiempo.
Hasta ayer, que le escribí a un cocinero venezolano llamado Sumito Estévez de quien he visto su destreza por televisión y leído sus conocimientos en artículos diversos. Si bien uno se esmera en 1. sonar simpática, 2. no expresarse muy a la chilena y 3. no extenderse hasta el aburrimiento, es claro que existe una alta probabilidad de que nadie responda y nunca se sepa si el correo famoso llegó a destino. Sin embargo, mi ego humilde se alegra de tan sólo escribir (como en este blog).
Lo increíble de esta historia, es que hoy encontré en mi casilla una respuesta del mismísimo Sumito, quien dentro de sus ocupadas horas, no sólo leyó mi mail (que por cierto no respetó el punto "3" antes descrito) sino que lo agradeció. Como no estaba preparado para tal halago... mi ego liliputense no sabía qué hacer y me miraba extrañado como diciendo ¿qué hacemos ahora? Y aquí estoy, compartiendo la sorpresa y la alegría de toparme con una persona tan considerada o digamos tan... "chévere".
Mientras le escribía a Sumito, iba notando que soy una pésima comensal... y casi con vergüenza le comentaba mi disgusto hacia ciertos sabores y mi poca tolerancia al alcohol. Supongo que para alguien que fabrica chocolates de tocino con ciruela, saber que habemos personas que de plano no soportamos la combinación agridulce debe rayar en la desgracia, pero él hizo caso omiso.
En fin, termino diciendo que este tipo de anécdotas me alegran el alma... porque durante los días de ánimo nublado nada mejor que una buena receta de puré con "tropenzoncitos" y un correo electrónico de bajativo.


(Imagen tomada de http://www.saladeespera.com.ve/wordpress/wp-content/uploads/2006/06/afl_Sumito_1.jpg)

noviembre 21, 2006

Reinventándome

Hace más de dos meses y medio publiqué por última vez. Poco o mucho, dependiendo de la perspectiva, este tiempo ha volcado mi vida patas arriba, no en un sentido negativo, pero sí en un sentido absoluto de cambio.
Ha paralizado algunas aficiones y ha rescatado otras. El tiempo parece ser más poderoso que cualquier otro elemento de la vida. El tiempo cambia, olvida, obliga, permite. A ratos le temo, porque sé que viene denuevo con los efectos de su paso, modificando todo lo que me parecía establecido. Pero a mis años, lo miro de tú a tú, ya no asusta como asustaba antes o como asusta a otros. El tiempo pasa, la vida -vulnerable- cambia a su antojo, y yo, casi como espectadora, espero sonriente mi rol en el nuevo guión.
Buscando el arraigo, tuve que optar por desarraigarme. Tomar mis pocas pertenencias y doblar la esquina, pero mirando atrás, porque todo lo que hacemos de buena fe, es posible volver a mirarlo. La búsqueda de un hogar, me ha llevado a encontrarlo en la familia unipersonal (y unifelina) que hoy componemos mi gata y yo. La certeza de que el hogar es más que el lugar y quiénes lo componen, es una realidad para mi.
El proceso tomó semanas de angustia, miedo, lágrimas. La partida, una pena cíclica de reencontrarse con la soledad. Pero hoy, hoy amanecí agradeciendo todo lo que ha sido mi vida. Amanecí antes que el amanecer, con un cielo oscuro de tonos grises, que daba paso al celeste pálido que precede al sol apareciendo tras Los Andes.
No sé qué sería de mí si no pudiera reinventar mi vida cada vez que algo cambia, pero no quiero averiguarlo. No quiero saber lo que es no disfrutar de una canción con guitarra en una plaza concurrida, una receta de puré con "tropenzoncitos", una marraqueta de panadería, una gata que semi dormida sale a saludar, una llamada de una amiga, un correo de un amigo, un amor de juventud sin nostalgia, un pastel de tres leches, unas habas sin piel, una mamá con idas geniales, despertar con el sol en la cara.
No quiero saber. Sólo me esmero en seguir viviendo, y observar los detalles de los momentos en que me siento llena de la felicidad de saber que soy más que los problemas, más que las penas, más que la indiferencia, más que las cosas y más que mis sueños. Pero menos que todas las posibilidades y regalos que de tanto en tanto me depara la vida.
(Dedicado a Juan Pablo, que ya me hizo resucitar mi blog una vez)

agosto 31, 2006

Biografía (no autorizada) de Cassandra

Mi gatita Cassandra ha mandado correos y escrito historias desde que llegó. Ahora es mi turno de hablar de ella.
El 14 de Junio del año 2005, me enfrasqué en la tarea de ayudar a la jefa de una amiga, a encontrar hogar para una bella gatita llamada Clementina, a través de mails y contacto con mis conocidos. A las 9 de la noche, del mismo día, mi amiga se subía a mi auto con un bultito rubio, sucio y asustadizo que de algún modo ya era mi propia gatita, y a quien, desde el día siguiente, llamaríamos Cassandra. Su nombre -que algunos asociaban al personaje de una telenovela y yo a la canción de Sui Generis- fue catalogado por mis amigas como de bailarina de cabaret.
Cassandra fue encontrada en la intersección de dos avenidas, cruzando la calle y luego corriendo para refugiarse al interior del motor de un auto estacionado. Tal vez por eso ella ha sido siempre una gatita que se asusta con los ruídos y con la gente. Diminuta como era, trepaba hasta mis hombros pareciendo que en cualquier momento se metería en mi oreja. Durmió en la cocina desde el primer día de manera obediente, aunque despertaba a las 6 de la mañana con maullidos exagerados, y algunas, cuando su relojito biológico se descomponía, a las 3 o 4 de la madrugada.
Siempre se subió a mis piernas cuando estaba frente al pc, tal vez de ahí su gusto por la escritura, y llegó corriendo cada vez que escuchaba funcionar la impresora (aficiones que mantiene hasta hoy).
Le compré ratones y pelotas de todos los tipos, sin embargo, uno de sus juguetes preferidos es el alambrito con que sellan las bolsas del pan. Un día, descubrí los ratoncitos portátiles de piel y le traje el primero, que fue desde entonces su juguete más querido. Cuando le compré de los mismos pero cubiertos en cordel de colores, claramente los ignoró. Tenían que ser de piel.
Durante su primer baño, la pobre gatita mojada tiritaba y se mantenía tiesa. Enojada. Una vez que la saqué del agua, sólo quería escapar, pero no pudo. Fue imposible usar el secador, y tuve que tirarme de espaldas con ella en el pecho, para secarla con la estufa. Una vez seca, se veía igual que antes, la cola seguía un poco gris y su pelo pegado al cuerpo. No era verdad el mito de la pantera rosa después del baño.
Su pubertad felina la hizo parecer un hurón. Larga y flaca parecía una serpentina pasando por pequeños lugares.
Mañas tiene pocas. No toma agua de la llave, no rasguña los muebles.
Tampoco dormía en mi cama, pero cuando me cambié de casa, sus maullidos antes contenidos tras varias puertas, fueron escuchados por todo el vecindario y tuve que permitirle andar suelta por la casa o jamás volvería a dormir. Ese fue el inicio de la libre vida que lleva hasta ahora. Claramente, de todos los lugares de su nuevo hogar, dos fueron los predilectos: su autocolonizada cama en el piso tres del closet y mi cama. Las primeras veces que llegó a media noche, fue llevada rápidamente fuera de la habitación. Pero como seres pacientes y brillantes que son los gatos, hoy por hoy, ella duerme en mis pies, siendo yo la domesticada y no ella.
Mi bella gata habla. No como las personas, pero casi. Llama cuando llega por si hay alguien; si uno la llama porque no la ve, contesta; si uno le ordena salir de un sitio, reclama .Ya sé ¿no me creen? lamento por ustedes no poder poner audio a esta historia.
Ella me ama. Bruta y todo como es conmigo, o como fuera mientras vivía en departamento, tiempo en que yo estaba llena de rasguños, demuestra su cariño de manera tan leal que da gusto. Me recibe en casa, me acompaña a primera hora de la mañana y se acomoda a empujones cerca de mis piernas cuando llega la noche.
Es hermosa. Lo fue de pequeña, pero por meses se veía un poco color gris mugre. Luego, de puber, fue larga y angosta (como un Chile en cuatro patas), y hoy, gatita adulta de un año y meses, su pelo es largo, vaporoso y luce limpia la mayor parte del tiempo (excepto, claro, cuando entra a la casa proveniente de una excursión por los techos aledaños).
Hoy, sobreviviente de su peor tragedia, la llegada de dos perras, sigue siendo y sabiéndose la reina, y separadas por un vidrio, se ufana ante las perritas que miran cómo se estira remolona por el suelo.
En fin, seguro que ella reclaramá sobre esta biografía, que dejé de decir otras cosas buenas y exageré las malas... pero qué más da... ya está publicada.

julio 12, 2006

Prisca y Frida: llegada a casa


Ayer tenía que ir a buscar a las cachorritas, pero la dueña del criadero se ofreció a traerlas en la mañana porque tenía que venir al mismo sector que en vivimos. Me levanté temprano, dejé todo limpio y ordenado y las esperé regaloneando con Cassandra. Eran las 10, las 12, y la mañana se fue sin que las chicocas llegaran. Pasadas las 2 de la tarde supe que llegarían después de las 5 a causa de la fuerte lluvia que hubo ayer e inundó la salida del fundo donde vivían.
Pasé la tarde con dolor de estómago de los nervios y con mi gata lo más cerca posible aprovechando de nuestros últimos minutos solas.
Del día en que fuimos a buscar a Frida, y en ofertón también encontramos a Prisca, sólo tenía el recuerdo de haberlas visto y una foto que revisé bastante para estar segura de que eran ellas las que venían. Entre tantos perritos, no era imposible que hubiera una confusión.
Llegó la camioneta y ellas en una caja sobre el asiento trasero. Saqué la jaula y las miré. Eran ellas. Una vez adentro y mientras ayudaba a bajar otras cosas, las pequeñas comenzaron a raspar el papel que había en la jaula con sus uñas. Esa fue la última vez que ví a mi gata: corriendo despavorida en dirección a la cocina.
Salieron de la caja después de un rato de estar con su puerta abierta, cada una disparada hacia lados contrarios. Las diminutas canes me hicieron pensar si había sido buena idea taerlas a las dos si iban a andar así de dispersas. Pero fue el único momento en que lo pensé.
La lluvia aumentaba y Cassandra no aparecía. Segura de que había arrancado hacia el patio, temí que estuviese muy asustada con la tormeta que estaba comenzando, y a pesar de estar conociendo a mis pequeñas, estaba muy intranquila por ella.
La cena fue rápida. Cada una en su plato con mi mano separando el paso hacia el de la otra, y cada una comió todo lo que pudo. Olvidé que tenía que ser remojado, pero en fin, sobrevivieron. En los próximos 15 minutos tenía que hacer el ritual del baño. Lo logré con una. Pero Frida no tenía ganas en el mismo momento. Atenta al lado de ellas pasé dos mini siestas antes de que, haciendo un intento por llegar al lugar preciso, Frida hizo sus necesidades en el comedor.
Esto de ser madre primeriza de perritas es lindo, aunque nunca había trapeado el piso tan seguido como desde ayer. Obviando ese detalle, mi alergia insipiente y la manta de Cassandra sucia con pipí, estas muchachitas son perfectas, y sé que pronto -más vale- aprenderán a hacer sólo donde se debe.
Frida es la más grande. Tiene manchados de negro, las dos orejas y casi toda la nariz. Parece dos perritos en uno, dependiendo del lado por el que se la mire. Es tranquila, se sienta, para las orejitas, y regaña a la hermana cuando está muy inquieta poniéndole una pata encima. Es juguetona y de mirada tierna. Friolenta y un poco ruidosa al dormir. Pone mucha atención, pero aún no la veo mover el pequeño rabito que tiene.
Prisca es pelusona. Cuando Frida se sienta, ella está parada en dos patas sobre su lomo. Es muy pequeña, tiene casi toda la cabeza pintada de negro con detalles marrón, con los bigotes de un lado negros y del otro, blancos. Ella entiende más el asunto de ir al baño, pero menos, el de quedarse tranquila. Muerde todo, desde juguetes hasta manos, y es un poco hiperactiva. Es más confiada que Frida porque mueve la cola y también hace un ruidito cuando se duerme profundamente.
Las dos mellizas son muy distintas, pero inseparables. Tienen sus cabezas marcadas de pequeños mordiscos propinados entre sí y por su hermano, que por cierto se mudó a otro canil cuando ellas se vinieron. Se duermen haciendo entre las dos un ovillo abrigador.
Su primera noche en casa fue de extrema tormenta, sin embargo no lloraron ni un poquito en la habitación con baño privado que les tocó.
Si bien traté de acomodarlas a las dos sobre mi falda para que me acompañaran a escribir, parece que tres son multitud cuando no se pueden ocupar los brazos para hacer baranda, así que las acomodé en su cama -prestada, porque es el canasto de Cassandra, pobre- están durmiendo al lado de mis pies. Las pequeñas no escriben, son unas nenitas para todo y además, nadie se sienta frente al computador en esta casa antes de aprender a ir al baño. Cassandra aprendió el primer día, por eso desde el segundo reveló su pata literaria. Seguramente, ella contará desde su mirada esta experiencia.
Por cierto, horas más tarde, encontré a la gata en su "litera" (closet). Había estado todo el tiempo dentro de la casa.

julio 09, 2006

México en palabras IV


Nunca había estado en un lugar con tanto calor. Nuevo Vallarta está cerca de Puerto Vallarta, pero además del nombre, no están relacionados por nada. Incluso el estado cambia entre una localidad y la otra.
La experiencia en Nuevo Vallarta para mí fue del todo nueva. Nunca estuve antes en un "todo incluido", ni en un lugar en que hiciera tanto calor. En los momentos que pasaba en la habitación extrañaba un poco el DF. La vida tropical y de guatita al sol no son lo mío. Me achicharro si no estoy bajo la sombra, me enfermo del estómago si como mucho (todo incluido es sinónimo de "coma lo que quiera, cuando quiera") y a eso de las tres de la tarde empezaba a sentir que de un momento a otro me iba a desmayar a causa de la creciente temperatura. Pero la cara de mis tres acompañantes que sí estaban disfrutando de todo el ambiente playero, me subía el ánimo con creces. Imagínense dos adolescentes con permiso para comer durante el día entero y sabrán a lo que me refiero. Sin contar los paseos en kayak, los partidos de tennis, el gol que metió el mayor en la única pichanga que jugaron, y sus trenzas en el pelo el último día. Todo para ellos fue genial. Víctor, por otro lado, disfrutaba de no caminar, y se veía en la piscina, bajo un toldo o en el bar tomando algo, cada vez que lo buscaba. Yo, literalmente, pensaba en la inmortalidad del cangrejo, el misterio de la aceituna hueca y la esquina de la mesa redonda, pasando de pensar en nada a casi nada, durante horas. Fue una marathon de relajación y desconexión todo el tiempo que pasábamos en el hotel.
Hicimos un city tour por Puerto Vallarta y probamos tequila artesanal y otros licores, justo antes del almuerzo en el restaurant del papayago bilingüe (decía "hola" y "hello"). La cuidad es muy linda, y como ya deducen, tiene una bellísima iglesia. Pero también una vista preciosa del mar, muchos artesanos, y lo mejor, montones de iguanas. El guía, nuevamente excelente, nos contó la otra historia de Juan Diego, el indígena que avistó a la Vírgen en el Tepeyac. Su versión es que aquel indio, era de jerarquía y bastante instruído, y a quien realmente él vió fue a una diosa, siendo los españoles quienes adaptaron su nombre a Guadalupe y aseguraron que se trataba de la Vírgen María.
Ese día fue el que, según creo, la libretita de notas se extravió. A pesar de eso, el recorrido fue lindo y lleno de historia. De regreso en el hotel, una rica piñada sería lo mejor.

México en palabras III

Dos días de caminar sin descanso no fueron suficientes para hacer decaer nuestras energías. Al menos las mías, y yo era quien guiaba los pasos de la familia por las calles del DF y sus alrededores.
Muy temprano ya estábamos subidos en el metro camino a Coyoacán. Allí nos esperaba la Casa Azul, aquella en que Frida Kalho vivió con sus padres y su esposo, duranto algunos períodos de su vida. Es linda, pero es menos querible que el museo de Brady, porque no dejan sacar fotos y si pasa la punta de la nariz sobre el cordel que cerca todas los objetos, suena una alarma acusete que le quita ambiente al recorrido. Dentro de este lugar lo más asombroso no son las pinturas, porque no son las más características de Frida, sino sus propias cosas: su cama con el espejo, su silla de ruedas, sus vestidos mexicanos, sus pinches, los corsés de yeso que tuvo que usar por largo tiempo, sus pinturas, su atril, algunas hojas escritas por ella, cuadros sin terminar y su certificado original de defunción. Después comprendí que para ver sus obras debía ir al museo de Dolores Olmedo. Pero sin duda, para saber de la bella Kalho, tenía que pasar por la casa Azul.
Luego de eso, un chocolate caliente y conocer la vida verdadera de la cuidad. Aquel era el día del padre. Coyoacán estaba lleno de comercio parecido a una feria libre, gente que deambulaba, otros iban a misa, otros al yoga. En su plaza, frente a la iglesia, una orquesta enorme tocando temas populares con un público que los aplaudía a rabiar. Antes de irnos de vuelta al hotel, pasamos a un mall. En eso no hay encanto, todos los que he conocido son iguales, lo único que cambia son los precios.
La tarde de aquel día fuimos a dar al mismísimo Café de Tacuba, tal como el nombre del grupo musical. El lugar, otro imperdible. Allí probé el tradicional atole, cumpliendo otro más de mis antojos mexicanos. Tanto la decoración como la buena compañía de nuestros amigos chilenos, llenaron nuestro ánimo para seguir paseando. Si bien no alcanzamos a entrar al zócalo, llegamos con varios meses de atraso a un mirador que ya no era mirador y nos empapamos caminando cuadras bajo una lluvia torrencial, aquel día terminó perfecto, comiendo hamburguesas a la leña en el carrito recién instalado a las afueras del hotel.
Un buena ducha de agua caliente y el merecido descanso serían suficientes para comenzar otra vez.
Al otro día, lunes, nuestro paseo nos llevó a un par de agencias y luego a una bonita feria de artesanías locales. El resto del día fue esperar al taxi que nos llevaría al hotel, y luego, nuestro viaje al sur (ver mi nota sobre el vuelo entre C. de Mexico y Puerto Vallarta).

julio 07, 2006

Mexico en palabras II


A veces toma tiempo reseñar un paseo. Lo importante es hacerlo antes de que los recuerdos se vayan, sobre todo cuando el "ayuda memoria" se perdió.
La ruta de Mexico a Cuernavaca está bordeada por paisajes preciosos. El cielo de aquel sábado era azulísimo cubierto de nubes blancas y redondas, y el sol hacía brillar los colores de manera especial. Casi al llegar a la cuidad, los arbustos de ficus recortados con formas de cosas y animales, avisaban su cercanía.
Cuernavaca, cuyo nombre original era Cuaunahuac, es una cuidad con un bella catedral, por supuesto. Sus calles son más bien angostas y sus casas, coloridas y llenas de detalles como bellos faroles o direcciones pintadas sobre cerámica por algún artesado.
La preciosa iglesia fue la primera parada, y en día sábado, nos topamos con un grupo de niños que rendían exámenes de preparación para su primera comunión.
Caminamos desde ese lugar, a la preciosa casa museo de Robert Brady, un estadounidense que fue cautivado a tal punto por Cuernavaca, que se radicó allí. Antes de fallecer, en 1986, dispuso que su casa y sus 1.400 piezas de colección, a falta de herederos, se convirtieran en un museo. Y tal cual él las distribuyó, siguen estando cada una de sus pertenencias en la bella -y por cierto restaurada- Casa de la Torre, antiguo observatorio metereológico del seminario franciscano. El lugar es fascinante, indescriptible por muchas palabras que usara para hacerlo. La casa, su decoración, los colores, los objetos -incluído un autorretrato original de Frida Kalho al que casi toqué con mis pestañas de tanto que me acerqué- , el jardín, y hasta la tumba del mismo Brady al lado de la de sus dos perros, son un todo entre precioso y divertido. La fuerza de los colores, de los objetos valiosos, antiguos, de las propias pinturas de Brady hacen que el paso por ese museo sea una especie de iluminación en cuanto a lo mucho que nos restringimos en nuestras propias casas tratando de combinar, y lo poco que nos dejamos llevar por la simple unión de cosas hermosas, sean éstas de colores o tendencias similares o no. Un paseo obligado si mis pies tocaran denuevo esa cuidad.
A mediodía, el camino nos lleva a Taxco. La famosa Taxco, la cuidad de las joyas de plata. Al menos eso creía antes de llegar. Pero no, está lejos de ser la cuidad de la plata. Nada puede caracterizarla mejor que su iglesia y su belleza. Nunca ví una iglesia tan preciosa protegiendo desde el cerro una cuidad tan hermosa. Desde el mirador del hotel en que almorzamos, no me cansaba de mirar la escena; sus calles estrechas, sus casas blancas, sus terrazas coloridas, la vida cotidiana reflejada en la ropa tendida, en la "burras" llenas de gente. Mi almuerzo, tacos, cargó energías para seguir con la tarea de recorrer decenas de tiendas con los más diversos diseños y calidades de utensilios de plata. Ví las joyas e implementos más lindos y más caros en las bellas tiendas que reunían a diseñadores famosos. Mezcla del metal con madera, piedra, caucho, las creaciones son fantásticas. El jarrón de plata martillada con mango de iguana en jade, fue mi preferido. Si bien no traje ni una joya, aún recuerdo la rana-prendedor con su pata estirada que tan bien se habría visto en mi solapa.
Tras un viaje en burra (furgones volkswagen antiguos y sin puertas) llegamos a la plaza de la cuidad. En ella se encuentra la bella iglesia de Santa Prisca y San Sebastián que tanto rato estuve observando desde el balcón. Dicha edificación fue mandada a construir por don José de la Borda para que su hijo sacerdote tuviera su propia iglesia para celebrar misa, evitando que se fuera de su lado. Esta iglesia, imponente y bellísima, fue construída en tan sólo 10 años. En ella no hay un solo clavo, y por dentro luce un estilo barroco, con hermosos retablos todos cubiertos con placas de oro. Además, durante los mismos 10 años, un solo y maravilloso artista, Miguel Cabrera, realizó 54 pinturas que adornan muchos de sus muros, de una calidad sólo comparable a las de Miguel Ángel, y dentro de las cuales hay dos en que la Vírgen María aparece hermosamente embarazada.
Al salir de una de las capillas, me topé con la perrita Chihuahua más pequeña que he visto y no pude evitar pedirle a su dueño que me dejara fotografiarla.
Las calles aledañas a la iglesia son tan angostas que a veces es necesario que pasen los transeaúntes para que los vehículos puedan doblar.
Taxco es un sueño, un verdadero lugar para admirarse. La cuidad entera es magia, vida y caudales de historia por todas las esquinas.

junio 28, 2006

México en palabras I

Uno de los tesoros de conocer un nuevo lugar es el asombro.
El avión que partió desde Santiago a las 2 de la tarde, llegó de noche a la bella Cuidad de México. Adoré no tener más horas de vuelo en el cuerpo conociendo países, porque pude sorprenderme, como una niña, de la maravillosa llegada. El avión girando varias veces sobre la cuidad, parecía tocar los edificios mientras se acomodaba para el aterrizaje. De pronto mi nariz estaba pegada a la ventana que dejaba ver desde arriba las calles llenas de luces en movimiento. Tanto si miraba hacia un costado o hacia el otro, la inmensa cuidad no dejaba ver sus límites. Bendita la idea de tener el aeropuerto dentro de ella.
El primer día era perfecto para visitar las afueras, porque una protesta grande estaba programada y era probable que cerraran el paso de las avenidas importantes.
El operador del tour a Teotihuacán y Basílica de Guadalupe, pasó a recogernos temprano. La primera parada fue justo antes de llegar a las pirámides, en un lugar lleno de artesanos trabajando con obsidiana y telares. La obsidiana, a primera vista, parece una piedra negra, pero es en realidad un vidrio volcánico rico en óxido de silicio, por lo que, al mirarla bajo el sol, se ve llena de vetas doradas. O de otros colores dependiendo de su composición, pero en aquel lugar, las piezas inclinadas hacia el cielo se tornaban doradas. En los telares, hombres jóvenes elaboran preciosos manteles, mantas y hasta "cachuchas", o jockeys. Y conocimos ahí, por primera vez, la historia del agave, planta -no cactus- que origina el fuerte destilado tradicional. No podía dejar de tomar un sorbo de tequila en plena tierra mexicana, por lo que acepté encantada el diminuto vaso plástico, y aprendí la secuencia de sal, tequila al seco y limón bien mascado, que de verdad transforma el sabor en el paladar. Exquisito. Lo más interesante fue aprender cómo, desde la misma planta de agave, conseguían alcohol, jarabes, papel y hasta agujas con hilo! sin nombrar otras tantas utilidades. Tras la consabida visita a la tienda local y adquirir una hermosa réplica de Tonatiuh, dios del Sol, seguimos rumbo a las pirámides.
Sentí culpa de no haber estudiado más historia en el colegio cuando me enteré que las pirámides no son, por mucho, aztecas. Como su nombre lo dice, son de los Teotihuacanos, y eso porque les han asignado un nombre. Esa cultura no dejó escritura, por lo que no se conoce su nombre ni su idioma, y es muy anterior a la azteca. Sin embargo, su riqueza cultural está ante los ojos de todos quienes visitan aquel trozo de cuidad emplazado bajo las pirámides del Sol y la Luna. Mi batería agotada me regaló un largo momento para observar desde la cúpula de la estrutura mayor, la del Sol, el maravilloso paisaje. No poder sacar fotos tuvo una buena razón, y fue poder mirar, sin los límites del lente, aquel panorama, y obligarme a guardarlo en mi propia memoria. Respirar profundo, imaginar las calles transitadas de indígenas yendo a sus cultos y sentarme a disfrutar. Eso fue todo, y fue inolvidable.
Otra vez en camino, viajamos hasta la Basílica de Nta. Señora de Guadalupe, la enorme estructura fundada en honor a las apariciones de la Virgen María al indio Juan Diego (primera versión escuchada, ya les contaré la otra), en el Tepeyac. La iglesia original, colonial y hermosa, cedió de tal forma en uno de sus tercios debido al hundimiento de su base montada sobre el terreno, que antes era lacustre, que simplemente se inclinó y apartó del resto de la estructura. Hoy se conserva la iglesia con dicha fractura y una de sus torres, simplemente, chueca. La basílica moderna, es mucho más grande y fue construída con técnicas que permiten reacomodar, desde la base, su estructura a medida que se va hundiendo (puesto que el terreno sigue bajando año tras año). En su interior puede albergar miles de personas y varias liturgias al mismo tiempo, gracias a las muchas capillas ubicadas en altura dentro del redondo edificio. Sobre el altar mayor luce lejana pero impecable, la capa en que quedó estampada la silueta de la Virgen. Los ojos agudizan el enfoque para poder ver más detalles, pero no es posible a tantos metros de distancia y parados sobre una correa que trasporta de lado a lado para evitar que la gente quede detenida. La tela estampada de manera milagrosa, fue adornada durante el tiempo con las estrellas, los rayos y los colores que hoy se aprecian, pero el contorno de la Virgen, es totalmente original.
Veníamos de regreso al centro de la cuidad cuando comenzó la lluvia, era la primera de nuestro viaje. Nos bajamos a pesar del agua cayendo pesada sobre las calles y en los 5 pasos necesarios para subir al taxi, quedamos estilando. Llegamos a la tienda: adquiría la nueva batería. Rápida como había llegado, la lluvia partió, y rumbo a otro negocio vimos el maravilloso carro de "tortas" en que disfrutamos los primeros exquisitos sandwich de pan delgado y muchos ingredientes que hacen entender por qué el Chavo era capaz de cualquier cosa por una "torta de jamón". Y algo más, nos dimos cuenta que por un cuarto de lo pagado en el hotel por un desayuno para cuatro, en un carrito de esos podríamos desayunar como los dioses.
Esa noche, invitados por una pareja de chilenos, tuvimos una cena casera de ricos tacos adaptados al homo chilensis, que después del picante guacamole del día anterior, fueron, de mi parte, muy agradecidos. Durante los trayectos, nuestro anfitrión nos mostró la cuidad de noche -¡preciosa!- y nos paseó por la plaza Garibaldi -¡entretenidísima!- llena de mariachis que, por distintos precios, ofrencen serenatas desde 1 a 15 músicos que resuenan juntas en la misma pequeña plaza, convirtiendo todo el luagr en un jolgorio permanente.
Si viví algo más ese día, simplemente no lo recuerdo. Mis propias baterías se agotaron y ya había otro tour para el cual levantarse al amanecer.
El sueño cumplido de estar en México estaba en mi piel y en la tele que resonaba toditita azteca a mi alrededor.

junio 27, 2006

Resumen México: chascarros

Yo no sería yo si no tuviera estas historias. Si fuera miss universo es probable que me cayera flamente por las escaleras, o si jugara en la selección, metiera un autogol. Por eso me complace mi estatus de cuidadana anómina.
Aquí les cuento los chascarros de mis vacaciones.
Llegamos al hotel a una hora que en que sólo un restaurant cercano estaba abierto. Aún sin haber deducido que enchiladas son cualquier cosa cubierta con chile, tomé la sabia decisión de no pedir ese plato. Ordené feliz mis primeros tacos made in Mexico, ajúuaaa. El bello plato traía una contundente guarnición de uno de mis sabores predilectos en la vida: Guacamole. Después del brindis, de los comentarios sobre lo feliz que estábamos de estar ahí, tomé mi primer bocado. Moctezuma sabe cuánto guacamole le puse a mi tortillita y con cuántas ganas me la comí. Mi lengua ardiente y confundida no fue capaz de reconocer sabor alguno a aguacate, jitomate o cebolla, toda su sensibilidad se la llevó el ají. Esa fue mi primera cena a la mexicana.
No sólo el picante es algo que podía haber evitado, también haber llevado cosas de más. Al amanecer de nuestra primera noche y con el pelo recién lavado, miré con desconfianza el pequeño secador 1600w del hotel. "Qué suerte haber traído el mío", pensé. Enchufé mi 2000w turbo y el soplido de aire era tan mínimo como ridículo era haberlo llevado. Por alguna razón, el potente wattaje de mi súper últra aparato nacional se había, quien sabe, ¿apunado? y no era capaz de soplar siquiera como un secador de bolsillo. En fin, fueron los 1600 humildes watts los que secaron mi pelo todos los días.
Pero una no es ninguna, por lo que llevar una cosa de más en la maleta, era indiferente. Aunque claro, llevé también una toalla de baño que nunca necesité usar, porque el hotel cambiaba toallas todos los días. Mmmm. Por eso cuando me dí cuenta que además llevé mi trípode sin la popularmente llamada galleta, o "cosita que une la estructura de tres patas con la cámara", ya encontré que me hallaba, nuevamente, frente a una de las mías.
Para ser el primer día, pensé, era suficiente, seguro que no me pasaba nada más.
Estaba equivocada.
Llegando a las míticas pirámides del Sol y la Luna en Teotihuacán, antes de subir para apreciar la vista y tras sacar unas pocas fotos, la batería de mi máquina de fotos se acabó. En un milisegundo, pasaron ante mí las cientos de fotos que había sacado en las últimas semanas, sin que entre medio hubiera puesto a cargar una sola vez mi fiel batería. Como estrategia para evitar el absurdo, hasta pensé aparentar que aún sacaba fotos, pero me resigné. Fue así como durante todo ese paseo se repitió el chiste de "tómame una foto", hasta el cansancio. Para qué contar que no pude tomar una sola foto en la Basílica de Guadalupe, que fue el lugar de culminación del mismo tour.
El resto de los días sólo presentaron desventuras mínimas, como cuando compré los tradicionales Cheetos (ex Chester, ex Fonzies) y al ver su color rojizo y mirar el envase, leo.. "con queso y chile". O cuando torcí mi pié en medio de una transitada calle.
Lo de la libretita, ya lo leyeron. Eso sí que me afectó, porque cómo recordar algunos nombres que con dificultad escribí. Y aún más, ¿cómo le mandó ahora las fotos que saqué a una pareja de chilenos que iba en el tour a Taxco y de quienes anoté un mail en la última hoja de mi pequeño cuadernito? (por cierto, si alguien conoce a una Andrea Rocha de Santiago, casada con dos Hijos, que haya estado en México la semana ante pasada, le cuenta que tengo sus fotos).
Lo de mi salida a un paseo de todo el día en catamarán en Puerto Vallarta, sin bronceador, sin crema siquiera, tiene un final obvio: el fantástico tono rojizo adolorido de mi piel al día siguiente y mi actual despellejamiento.
La brillante idea de decir "camimenos" justo antes de que comenzara una tormenta que nos mojó hasta la espalda, y el ya conocido olvido de mi pastilla para el mareo durante el único vuelo, de cuatro, que verdaderamente pasó por turbulencias, se pueden sumar a la lista.
PS: podría omitirlo, pero en la mitad de este texto, lo borré sin querer, debió ser la sugestión de la primera estrofa.

junio 26, 2006

México: Hasta Pronto

Último día, 6 de la mañana.
RIIIIING !! el teléfono jamás nos regaló un minutito extra para dormir. Pedíamos que nos despertaran a las 6 y, puntualmente, el egoísta sonaba sin piedad.
A las 7:10 esperábamos que abrieran el comedor para ingerir la que sabíamos, sería la comida más contundente del día. A las 8 y media, porque era un error que pasaría a las 8, vino a recogernos una de las cómodas camionetas con aire acondicionado que sabiamente transportan a los turistas en México.
El aeropuerto estaba vacío, pero los vuelos no. No supimos, hasta que estuvimos en Puerto Vallarta, que la mayoría de los huéspedes tipo "todo incluído" llegan y se van en día sábado, información que nos habría sido muy útil para tomar el vuelo a Cuidad de México con nuestros pasajes liberados, un día antes, o un día después. Hay espacio en este vuelo? "NO"... mmm y en el siguiente?... "NO"... y en el sub siguiente?... "NO"... Partimos a la otra línea que podíamos tomar.... hay espacio en este vuelo? "NO"... los "no" se repitieron hasta las once de la mañana, y no nos daban ni media posibilidad de poder volar ese día. En decisión desesperada, maquinamos la solución: compramos los boletos, bussines, que quedaban para volar al DF. Fue hora de tomar mi mareamin grageas (creo que pediré un canje con el laboratorio por los buenos comentarios que he hecho de ella). Cerca de la una de la tarde embarcábamos, como verdaderas estrellas de cine, antes que todos. Casi nos toman en brazos y nos hacen cariño por viajar en ejecutiva. Las mullidas y anchas butacas, los bebestibles en vaso de vidrio antes del despegue, la atención de una aeromoza para sólo 6 personas y el contundente sandwich de roast beef durante el corto vuelo de una hora, contrastaban notablemente con el jugo en vaso plástico y las dos bolsitas de maní (que por cierto se inflaron a mitad de camino con el cambio de presión) de nuestro viaje de ida. Pensando en el precio de los tickets y para no desperdiciar ningún servicio, hasta me animé a ir al baño. Si bien el sonido en la oreja al viajar delante de los motores es un poco fuerte, la vista, es fenomenal. El cielo despejado permitía ver la tierra en todo momento, la variedad de colores, las colonias de casas, los lagos, las montañas. No hubo turbulencias, o si las hubo, mi concentración en sacar fotos no permitió que me diera cuenta. Llegando al Benito Juárez, dimos 10 o 15 minutos de vueltas en el aire hasta que la única pista (por trabajos en la segunda) estuviera disponible. Nuevamente, salimos antes que todos. Íbamos en la mejor clase del avión, era lo menos que podía suceder.
Luego de atravesar el aeropuerto entero, y sin saber por qué si el avión queda en un extremo, se llevan las maletas al opuesto, salimos a las áreas comunes para buscar el counter de la línea que nos traería de regreso a Chile. En medio de gritos por los casi goles de México en su último partido antes de quedar descalificado, llegamos al counter vacío que indicaba, siendo cerca de las 3 de la tarde, que el check in para el vuelo de las 23:00 y 23:55 comenzaría a las 7 de la tarde.
En los espacios públicos no hay ni una silla. No exagero: ni "una". Fue así como pasamos de pasajeros VIP, a una especie de grupo homeless: sentados en el suelo al lado de nuestras maletas. Salíamos en pares a estirar las piernas o comprar algo para comer con los pocos pesos mexicanos que nos iban quedando. Nos adueñamos de un carro portamaletas que hizo las veces de banca, y nos permitió permanecer sentados sin que se nos acalambraran las piernas. A las 7, y en primera posición, mostramos nuestros tickets liberados con una mano y cruzamos los dedos con la otra para que nos dieran los pases de abordaje. Seguramente la virgencita de Guadalupe que llevábamos en la maleta y el dios Tonatiuh, nos dieron su ayuda y ahí estábamos, con nuestros pases en la mano y las maletas, por fin, lejos de nosotros.
Una vez en la sala de espera cómodamente sentados, las siguientes últimas 4 horas eran "miel sobre hojuelas" después de las que pasamos en el suelo.
Con mi segundo mareamin del día en el cuerpo, el sueño era incontrolable casi desde el despegue. Pero el apetito era más y aguanté hasta después de cenar. Hubo "sube y baja", y turbulencia tipo coctelera durante casi toda la noche, o al menos, cada vez que despertaba, pero mi cansancio era tan grande que no me preocupé, la pastillita hacía lo propio y simplemente sentía el movimiento pero no el vértigo.
Después del desayuno con frijoles refritos y omelette sin sal, llegamos a Santiago. El paso por las nubes fue largo, era como estar todo el tiempo entre nubes y descendiendo. De pronto, un golpe que nadie esperaba y mi inocente pensamiento "¿chocamos?". No, era todo neblina afuera y por eso nadie se había dado cuenta de que estábamos por aterrizar. Luego de muchos minutos avanzando por la pista (pareciera que aterrizamos en Américo Vespucio y teníamos que andar hasta la verdadera loza), el gigante volador frenó.
¿Recuerdan cuando dije que el calor en Vallarta se notaba al bajar del avión? Pues aquí fue lo mismo, sólo que fue el frío el que nos recibió. Reconocí el bello invierno chileno cuando mis manos alcanzaron temperaturas que sólo ellas y algunos metales, pueden lograr.

junio 23, 2006

México: Libretita de Anotaciones

Para quienes sabían que tenía la intención de traer conmigo todo el tiempo una libreta para anotar lo que luego me serviría para relatar mi viaje, pues les cuento que dentro de mis cantifleadas, está el hecho de que la libretita se perdió.
¡Se perdió! el único testimonio escrito de mis maravillosas vacaciones está en manos de alguien, o en la partecita de arriba de un bus de turismo, o en la basura (con cierta esperanza, digo también que puede estar muy escondida entre mis cosas, pero no creo).
Después de pasar la pena de preguntar en el hotel, en la agencia de turismo y en la salita de internet, y recibir como respuesta que la libreta "rosa" no estaba por ninguna parte, confié en mi memoria, y es así como me dí cuenta que, exceptuando algunos nombres en lengua indígena, me acuerdo aún de muchas cosas. Y tengo las más de mil fotos (más de mil docientas, la verdad) que he tomado hasta el momento, y me harán recordar cada día con bastante precisión.
Pues bien, en mis escasos minutos disponibles en internet, haré una pequeña lista de borrador con los nombres y palabras que debo recordar para relatar este lindo viaje.
El país es lindo, pero el acento de la gente, es mucho mejor. Se siente uno como dentro de una telenovela!

junio 20, 2006

México: DF a Puerto Vallarta

Habemos en el mundo los que sufrimos de vértigo.
Sabiamente, alguien inventó unas patillitas llamadas Mareamin, para aquellos bajones repentinos de los aviones en turbulencia. Yo las tengo, por supuesto. Y ayer, antes de volar, también las tenía, pero en una maleta que se separó de mí mucho antes de que alguien me preguntara si me la había tomado.
A poco de ser las seis de la tarde, y habiendo visto tormentas en la tarde todos los días que estuvimos en Cuidad de México, mi pequeña preocupación pasó a ser un susto conmovedor. Glup!
Antes del despegue, sentía que un pasillo de distancia entre Víctor y yo era un abismo; así que a falta de su cercanía, uno de sus hijos tuvo que aguantar los apretones que le dí en el brazo y el otro trataba de hacerme reír.
Superados los zamarrones de un despegue un poco tiritón, y mientras veía que atravesábamos las nubes, todo empeoró, por más que los chicos me trataban de convencer de la bonita vista.
De pronto... ZAS.... bajón violento... y otro... las miradas de todos entre preocupados y muertos de la risa... y otro... y otro. Cual montaña rusa en plena nube negra, el avión nos movió por algunos minutos. Luego de eso... la voz grabada de un galán mexicano dijo que nos abrocháramos los cinturones porque pasaríamos por zona de turbulencia "¿RECIÉN?" díjeme, mientras todos comentaban que la grabación sonó un poco tarde. Mmm, un poco incrédula de lo que comentaban a mi alrededor, me quedé sentada, con el cinturón bien amarrado. Pero sí, la anterior había sido la turbulencia, y la había soportado digna; el aviso efectivamente, fue a destiempo.
Una vez en mi nuevo asiento, al lado de Víctor, luego de la rápida maniobra de cruzar el pasillo, comenzaron a repartir bebestibles y cacahuates con sal. A medio servirnos, el asunto seguía un tanto movido. Entonces el sobrecargo, luego de pedirle un inocente jugo de naranjas en tonito nervioso, me dice "Tómese esto, hágame caso, esto la rela", y me pasó una cerveza XXX.
En fin, cerveza en el cuerpo y todo, me salió el inglés hasta por los codos con la gringuita que estaba al lado y llegué a Puerto Vallarta como dueña del mundo.
La cachetada de calor cuando salimos del avión fue violenta, pero se pasa pensando en el frío de Santiago por estos días.
Y como consejo, si se les queda la pastillita para el mareo, tómense una chelita. De verdad que eso los "rela".

junio 19, 2006

México: resumen para mis cuates

Este país es una chulada!
La suerte ha estado de nuestro lado desde la llegada al aeropuerto de Santiago. Creímos que no tomaríamos el vuelo pero la Vírgen de Guadalupe se debe haber enterado y nos subieron a todos al avión.
El vuelo fue de día, con un cielo precioso, sin contratiempos. Al acercarse a la cuidad, la vista de las luces, los edificios y el tráfico, es impactante.
Y una vez nomás llegamos al aeropuerto Benito Juárez, pos ya me empapé de todita esta gente mexicana, rete linda que hay por acá. Híjole, si hasta me dicen que hablo con acento!
El primer viaje fue a las pirámides de Teotihuacán, hórale, es rete chido ese lugar. En el mismo tour, nos fuimos a la basílica de Nta. Señora de Guadalupe. Al día siguiente, a Cuernava y Taxco. Ayer, Coyoacán, y estuve parada al ladito nomás de la cama en que Frida Kalho pintaba sus cuadros (la del espejo en el cielo).
Hoy, sólo trámites para viajar a Puerto Vallarta, y una feria artesanal, después de la cual "una piedra en el camino" casi me hace comprar la colonia en la que andaba! pero nada, un tobillo doblado pero todo en su lugar.
Éste es un pequeño resumen, pero todo el detalle está en fotos y el cuadernito de las anotaciones.
La comida es deliciosa, sólo que que hasta los caramelos son picantes, pero ya uno sabe y pide todo sin "chile". Tengo tanto para contar. Hay tanto que ver, en cada esquina un edificio colonial de piedra, o una iglesia maravillosa.
Me tengo que ir! se acaba mi media hora de internet.

junio 13, 2006

Cassandra: Odio las vacaciones.

Algo recuerdo del último viaje de mi familia. A un par de días la mami corría, lavaba ropa, hacía listas, revisaba maletas. Por estos días el ritual se repite y me temo que tendremos "vacaciones".
Cuando eso pasa, me meten a la cajita claustrofóbica, me suben al auto, y con todo mi equipaje, me llevan donde la abueli, sistema all inclusive. Esas son "mis" vacaciones, pero este año serán peores porque en su casa, ella no me dejará salir ni jugar con sus ocho lindos canaritos, lo cual sólo me deja posibilidades de dormir y hacer bandalismo indoor.
Espero que con el apuro, no olviden mis enceres básicos, como mi ratoncita de piel, que ni yo sé dónde quedó la última vez que la pateé y el gusano peludo a cuerda que sirve canalizar mi rabia acumulada, con certeros mordiscos en su yugular. Siempre es lo mismo, se ocupan de ellos y la pobre gatita queda para el final, nisiquiera me dedican una buena despedida, sino que se van medio a escondidas, y tengo que hacer el teatro de parecer distraída para que crean que no me dí cuenta.
Este año, me tinca que tendré que trabajar algunas horas cuidando a mi abuelita, como hice cuando estuvo en mi casa recuperándose de un accidente. Mmm. Quizás es por eso que me mandan para allá, y no para que ella me cuide (como cree)... no lo había pensado. Con razón mi mami me está prometiendo unas golosinas para cuando vuelva, tal vez sea la paga.
Por si acaso, preparé turnos extra de siesta para poder estar junto a la abueli, en jornada extendida.

México: Dos días y contando

¿No les ha pasado que a veces se sientes culpables de que se les cumplan tantos deseos?
Hace muchos años ya, supe que en México "celebran" la muerte de manera especial. Me enteré que en sus tierras nació la pintora de cejas pobladas que lucía orgullosa los coloridos atuendos tradicionales, Frida Kalho. Y entre tantas cosas más, conocí el exquisito guacamole.
Siempre he pensado que es un lugar hermoso, donde se cuida mucho la ancentral cultura y la gente es cálida. Y aunque también confieso que pensé un par de burradas (como que todos los mexicanos se parecen a Armando Manzanero), cultivé en un rincón de mi alma, un deseo grandotote (como para ponerse a tono la palabrita, no?) de conocer ese país algún día.
Hoy, me siento un "tantito" culpable. Pero así tantito nomás, dijéramos. Porque con todo y culpa, pos estoy retefeliz (y ensayando el idioma), porque en dos días parto a México. Ya no en pensamiento, ni a través de revistas; esta vez, en avión.
Llevo una libretita para apuntar y no olvidar las palabras nuevas, los lugares conocidos, los sabores paladeados. La llevo para poder escribir después lo que viva en mi viaje. Para ponerle historia a mis fotos.
Pero aún faltan dos días. En dos días todo puede pasar, hasta me puedo morir o quedar abajo del avión. Sin embargo, en este minuto, ya estoy disfrutando la oportunidad linda de unas vacaciones en familia en el bello país del norte.
El viaje original era a Cuba, pero el universo se confabuló para llevarme a donde yo quería ir con más ansias. Vaya cómo es misteriosa la vida y perfecta la coordinación de todo. Me pregunto si será que me concede también el sueño de una serenata bajo mi ventana.

junio 09, 2006

Cassandra: Lluvia

"Lluvia".
Así se llama el agua que cae desde el cielo e inunda mi patio y mi ánimo.
Mi cajita de arena volvió a su sitio de siempre, qué tortura. Atravesar bajo el agua es como si a mi mami la obligaran a bajar en un ascensor con caída libre, cada vez que quisiera ir al baño. En la mañana sacaba mi cabeza y maullaba, porque no podía llegar hasta allá. Justo cuando estaba decidiendo si atravesaba veloz o incursionaba en una de los maceteros que hay dentro de la casa, la mami me agarró y llevó en andas, y por fin sentí la arena bajo mis patitas. Me esperó y rescató para traerme de vuelta a casa.
A pesar de maullar desconsolada por la ventana, el señor de arriba que maneja la llave de la lluvia se rehusó a cortarla, y tuve que pasar la mañana durmiendo.
Pero ahora, está despejando. Y me puse bien contenta, y empecé a pasear para ver con qué jugaba y agarré un cuerito con olor a animal, para jugar a que lo cazaba y lo arrastraba... Pero mala idea pasearme cerca de la mami para que me viera, porque me lo quitó y mientras subía a guardarlo me explicó que era un cuero de antte, que es muy caro para jugar y se usa para las fotos, así que hay que cuidarlo ¡Patrañas! nada puede tener mejor uso que ser un juguete. En fin, me lo quitaron igual.
Bienvenido sol! no puedo escribir más, es hora de salir a embarrar mis patitas y disfrutar.

junio 08, 2006

Viaje a Talca

Ir desde Santiago a Talca no es mayor travesía. A menos que se haga ida y vuelta en un día, en buena compañía.
Mi amiga y yo, con dos cámaras fotográficas en el hombro, partimos desde mi casa a las 7:40. Después de un paso previo por su oficina en Cerrillos, enfilamos hacia el sur. Llegando al peaje de Paine, la liviana cartera de ella le hace brillar los ojitos y decir "¿la billetera?". Con raudo viraje y buena velocidad, nos devolvimos a su casa. Salimos de Santiago, por segunda vez, a las 10:30. Tomamos un nuevo desayuno en San Fco. de Mostazal ¿qué será que dan tantas ganas de comer cuando uno viaja? con huevos revueltos y medias lunas.
Sin lluvia y después de reírnos del comentario de su mamá sobre que estaría lloviendo torrencialmente, llegamos a Rengo. Salimos de Rengo con lluvia intensa. En Curicó la lluvia rebotaba y el cabello lacio de mi amiga se iba ondulando levemente gracias a la humedad. Después de almorzar pizza de camarones, recorrimos un par de largas calles y doblamos en la esquina del letrero Michelin. Al final de esa calle, se veía la empresa a la que íbamos, pero mi amiga dijo "no, la entrada no es por aquí". Dimos una especie de gran vuelta a la manzana después de pasarnos dos calles, y nuevamente doblamos en la esquina del letrero Michelin ¿era un deja vú o el déficit atencional de mi amiga? No puede haber tantos letreros de neumáticos en una cuidad tan pequeña, de hecho no hay. Pero esa vez, ella se sentía segura de que esa sí era la calle y entramos al mismo estacionamiento que un rato antes yo había visto, pero ella no.
Salimos de Curicó camino a nuestro último destino, Talca. La lluvia no nos dejó a ir a más de 80km/hr. Pasamos de largo el único café de la ruta y llegamos sin cafeína a la última cita. El pelo de mi amiga era cada vez menos liso cuando regresó de su reunión. Terminadas las visitas, partimos a la única visita social del día. En el camino, una bella tostaduría nos proveyó de higos secos, pistachos y almendras confitadas, más algunas cosas que trajimos para otra ocasión.
En medio de orientes y sures y nortes, y varios higos secos, buscamos la dirección y llegamos a la casa azul, pero no había nadie. Al bajarme, se fue al agua el segundo periódico que boté al abrir la puerta. Luego, se activó la alarma del auto y tuvimos que bajarnos de él para que olvidara la idea de que se lo estaban robando y no nos fuera a dejar detenidas para siempre bajo la tormenta talquina. A esas alturas, mi amiga estaba crespa. Dejamos el encargo bajo la puerta y nos vinimos.
Pasamos a tomar el último café del día para mi amiga; entramos corriendo bajo una lluvia desprovista de toda consideración. Mi amiga dice que todos nos miraron al entrar; debió ser el "¡mierda!" que pronunció cuando sus botitas nuevas resbalaron en las cerámicas, aunque ella cree que fue por su pelo mojado y crespo tipo Shirley Temple, que claramente la impresionó cuando se vió en el enorme espejo.
Exhausta, me pasó las llaves y el viaje desde Lontué a Santiago lo completé yo. La visibilidad era escasa ¿nula?, pero la buena música y la conversa, nos relajó y llegamos a tiempo de cerrar el día con un rico té en casa de su mamá, y regresar a su casa a las 10:20. Unos minutos después me fuí y así, terminamos triunfantes el día de viaje.
¿Fotos? já, ni una.

Cassandra: ¡Vaya Días!

El lunes me llevaron en la cajita infeliz al veterinario para un corte de uñas radical. El martes conocí a un enemiguito nuevo, un gato que amaneció en mi patio y que tuvo la patudez de pegarme cuando salí a saludar; más encima, yo con las uñas mochas. Ayer, sola tooodooo el día, y hoy, por más que maúllo enrrabiada, la mami no corta el agua que cae en el patio y hasta tuvimos que damnificar mi cajita de arena, trayéndola adentro.
No sé para qué me pusieron entrada independiente en la cocina si ahora no puedo salir por el agua corriendo allá afuera. Y si, venciendo todos mis miedos, me decidiera a dar una vuelta, la mami me atajaría de entrada para limpiarme las patas, "¡el barro!" diría. No veo otra solución más que descansar de todo lo que ya descansé en la noche.
Cuando vivía en departamento no había nada de esto: agua, gatos, panderetas interconectadas, ni patios en los cuales caerse, como el de mi vecino de atrás. Durante un día de invierno, éramos sólo la estufa, mi cajita, mi cama, la mami y yo.
Pero aunque tengan que ponerme antipulgas y vacunarme el doble, prefiero mi vida de casa; con el sol por las mañanas, el patio para revolcarme, los pajaritos en el techo ¿qué será que ya no vienen al suelo como antes de que me fuera a presentar?, el escondite bajo el auto y hasta el vecino acusete que ladra cuando me cuelo bajo la reja camino a la calle.
Día gris. Sólo me queda dormir en la frutera, comer y jugar con la pelotita de esponja. De escribir me cansé.