Hoy es mi última jornada aquí.
A las seis me levanté, me arreglé, a las 7 me tendí a esperar que fuera hora para tomar desayuno en la "planta baja" (porque yo estaba en el segundo piso del hotel, que aquí es el 1) y me dormí hasta casi las 9, cuando un pasajero de otra habitación hizo sonar mi teléfono creyendo que era la recepción. Concientemente respeto eso de levantarme temprano, pero mi cuerpo se acurruca en cualquier parte para descansar.
Temprano fuí a cambiar la cartera por segunda vez. Sé que eso para los hombres no es comprensible, pero fue así: anoche ví una cartera negra preciosa, pero me traje al roja porque negra ya tengo, y roja combina con los zapatos rojos, y etc etc, toda esa charlatanería racional que mi mente práctica insistió en contar. A la media hora de haber salido de la tienda, sabía que hoy tenía que cambiarla por la bella cartera negra porque, simplemente, es perfecta.
Me corté el pelo. Caminé mucho nuevamente, y me tomé otro Munchi's, esta vez tb de crema tramontana, pero acompañada con Súper Chocolate ¡ñam!
Consumí otro par de cosas en un par de tiendas, y luego caminé con dirección a no sabía dónde, barrios en los que la gente vive y por los que transita a sus perros, y bebés, y hace vida apacible de día sábado. Edificios, iglesias, anduve feliz entre ellos.
Ví un repartidor de pizzas en patines y un perro galgo, con razón corren tan rápido, de lejos parecía desnutrido el pobre, con ese peso, cualquiera es aerodinámico.
Ahora termino y me voy, luego estaré en el hotel y salgo en mi vuelo a las ocho de la tarde.
Me queda mucho por caminar aún, pero voy feliz, descansé estos minutos y repuse energías.
diciembre 30, 2006
diciembre 29, 2006
Bs As, el broche de oro.
¡Qué gran día!
Si bien Chopin sonó a la hora convenida, hice trampa hasta las 7 de la mañana. A las ocho y diez, me tomé tres vasos de jugo de naranja y me fuí, con tres compañeros de la empresa que me recogieron en el hotel, al día campestre.
El lugar, precioso, ubicado en Luján a una hora de Capital Federal, y llamado Rodizio, es una especie de campo, con pileta y restaurant. Una vez estacionado el auto en que llegamos, una carreta nos llevó, por una bella alameda, hasta el lugar en que el resto de la gente y un exquisito desayuno -con pan campestre, dulce de leche, más jugo de naranja (diría que me tomé un litro en total), mediaslunas, dulce de naranja- nos esperaba. Abrazos, besos y la calidez de todos los compañeros a quienes encontraba y de algunos colaboradores que hasta hoy sólo conocía por internet, fueron el presagio de un día perfecto.
La reunión anual de la empresa, estuvo llena de planes en que todos estamos considerados y desafíos que nos ponen un interesante e intenso futuro. Mientras nos hablaba, miré al director de la empresa pensando si acaso podrá dimensionar las muchas personas que nos motivamos y vivimos gracias a su visión y tenacidad.
Llenos de risa comentamos que es tan difícil explicar el negocio de nuestra empresa, que los amigos y familiares terminan pensando que estamos metidos en droga o negocios ilícitos, más ahora, que tenemos tantas operaciones en el Caribe. La sala se llenó de anécdotas, y el cansancio de fin de año se transformó en ánimo para enfrentar todos las metas trazadas con miras al 2011.
Para terminar, una bellísima cartera para cada mujer y un fino reloj para cada hombre del equipo. No hay más que decir, todos saben cuánto nos puede alegrar una cartera nueva!!
El frío salón en que se hizo la actividad, contrastaba con los 37 Cº de sensación térmica que había afuera... por cierto, a la sombra.
La noticia que anoche me pareció exagerada sobre la invasión de mosquitos en la cuidad de Bs As, cobró absoluto sentido con los tres hinchados mosquitos que pillé "in fraganti" succionando mi sangre (acabo de encontrar la primera "roncha").
El almuerzo fue muy rico. Ensaladas, bla bla bla, pero lo más importante: asado. La buena conversación, denuevo el pan campestre, y los dos postres al finalizar, lo hicieron ideal. Entre mis compañeros, otro amante de la fotografía con una cámara igual a la mía. Con cada uno tuve algún tema del cual conversar, me sentí una más con todos.
La tarde fue de fotos, piscina, fútbol, paletas, cada uno en lo suyo. Para mí fue de fotos y sofocante calor. Y el consabido chiste de querer tirarme al agua, a raíz del cual me agarré al gracioso compañero de manera que si yo caía, él tb. Y la vieja táctica funcionó.
De regreso, hice el viaje con un varón encantador, con quien hablamos de las cosas bellas que tiene Argentina, su mujer y la vida en general, y agradecí en silencio la posibilidad de estar aquí, pasando tan gratos momentos con personas cordiales.
Rauda, porque el tiempo apremia, partí a cambiar mi cartera (era linda, pero estaba pensada para que cada una la cambiara por la que quisiera) y al sacar la mano fuera del remis, sentí el aire caliente de un atardecer bonaerense: era como acercar la mano a un horno.
Esta es mi última noche. Ansío volver. No importa el calor que haga, ni los mosquitos, ni la (guacs) cucaracha en el baño, uno siempre se va con la sensación de que le quedan muchas cosas por hacer.
El día, ya bueno, fue coronado por la frase de un joven galán que me habló cuando venía caminando de regreso por Corrientes: "...¿casémonos?... ¿ahora?". No pude menos que mirar de reojo y sonreir.
diciembre 28, 2006
Bs As, día tres.
Chopin se tomó el día libre y las cortinas black out me hicieron pensar que era aún de noche. Finalmente, extrañada por la falta de sueño, miré el reloj... 9:19... ¡odio el black out!
Sin embargo, el día comenzó buenísimo. Dos vasos de jugo de naranjas exprimidas y el aviso por mail de mi primo que ubicó a mi madre, y contándome que ella, sus canarios y Cassandra, están muy bien.
Sin embargo, el día comenzó buenísimo. Dos vasos de jugo de naranjas exprimidas y el aviso por mail de mi primo que ubicó a mi madre, y contándome que ella, sus canarios y Cassandra, están muy bien.
Hoy, decidí ir al centro. Tomé el subte con la lógica santiaguina, y resultó que iba hacia la otra dirección. Lo tomé igualmente y fuí a hacer un par de cosas por ese lado de la cuidad. Luego, tomé correctamente la dirección y partí al centro. A medio camino, las puertas dejan de abrirse por un lado, y se abren por el otro, esa es otra cosa distinta.
Caminé más que Kung Fu, pero me resistí a parar, excepto claro, en un Munchi's para comprar un delicioso helado doble de super dulce de leche y crema tramontana.
Los argentinos piroperos siguen apareciendo a cada rato... "linda la morochita...", "qué signo sos, libra, aries??", "si querés te ayudo a llevar las bolsas...", pero todos bastante respetuosos.
POR CIERTO dentro de "las bolsas" lo que venía, y que no se lo habría pasado a nadie la verdad, jaja, era "Esto no es todo" de Quino!!!! un librote precioso por culpa del cual no podía salir de la habitación del hotel para seguir aprovechando el día.
El calor de hoy ha sido insoportable. Intenso que ahoga y con esa sutileza de hacer transpirar hasta el cuero cabelludo.
Pero Bs As está lindo, vivo, entretenido. La gente camina tramos largos sin reclamar, los mozos y dependientes de los locales trabajan orgullosos, y las mamás le hablan a los niños como si fueran adultos. Está lleno de costumbres que contrastan con las de Chile. Por cierto, aquí, todos te saludan ¡eureka!
Una vez que pude soltar mi nuevo libro de Quino, salí del hotel y, coincidencia, ví una citroneta igualita a la del papá de Mafalda.
En el camino por la Avenida de Mayo, me topé con otro paseador de perros, el que ha llevado a más de todos los que he visto, y todos enfiladitos medio lengua afuera, y con un orden envidiable.
Al llegar a 9 de Julio y ver el sol bajando por mi espalda, pude por fin orientarme, creo, correctamente. Ya dejé de compararla con la Alameda, ahora la comparo con Manquehue.
Café Tortoni.
Hoy salí con la bella intención de conocer el Café Tortoni. Caminé unas 12 o 13 cuadras, y me encontré con una cola de unas 60 personas "esperando" para entrar. Uy. Mi paciencia, y mis pies, no se sintieron capaces y lo dejamos para pasado mañana muy temprano. A cambio de eso, fuí al London City, un lindo café en el que pedí chocolate con torta de manzana, y dos vasos de soda para aminorar la deshidratación. Me trajeron la torta, el agua, una taza vacía y dos platitos pequeños. Al instante llegaron dos jarritos uno con un chocolate espeso y el otro con leche entera. Mezclé en la taza vacía, porciones casi iguales de cada uno. Un saquito y medio de azúcar y ¡voilá! el chocolate caliente más rico que he probado en mi vida. No quiero que se mal interprete, el submarino, tb argentino, es delicioso, y el atole mexicano de chocolate, debe ser maravilloso, pero "chocolate caliente", el mejor que he probado ha sido el de hoy.
Es temprano aún, estoy cansada y somnolienta, y mañana tengo el día campestre de la oficina. Creo que lo mejor es dormir y no olvidarme de programar mi alarma esta vez.
diciembre 27, 2006
Bs As, día dos.
6:30... Chopin. Media hora de regalo que me dí por no tener que preocuparme de hacer la cama ni preparar el desayuno.
Salí del hotel pasadas las ocho. Mi recorrido, según mi memoria visual, era: Corrientes, Obelisco, cruzar 9 de Julio y tomar Av. de Mayo. Luego de las 20 cuadras que debo haber caminado haciendo esa ruta, me dí cuenta de que no era Av. de Mayo hacia ese lado, si no, hacia el otro... es decir, hacia "mi" lado (no digo norte o sur, porque aquí me invento mis propios puntos cardinales convirtiendo a la 9 de Julio en una especia de Alameda santiaguina). Sólo para aclarar, había caminado todas esas cuadras de más. En fin, no importó, había salido temprano, y tomé rumbo contrario unas tantas cuadras más. Llegué a la oficina a las 9. Tomé uno de esos ascensores antiguos, con dos puertas manuales y llegué. Conocí a todos mis compañeros de la oficina de Bs As. Me recibieron con abrazos, sonrisas y una de las gerentes, con un pan dulce en miniatura que de tan lindo da pena comérselo. Al poco rato, me mandaron al estudio de fotografía en que nos retratarían para actualizar las fotos en la web. Entiendo claramente por qué me gusta estar del otro lado de la cámara, y sólo espero que alguna de las tomas sirva.
La evaluación sería a las 13:30, y había que preparar un listado de fortalezas, debilidades y etc etc que hice en unos minutos y quedé desocupada. Era el mediodía. A las 13:50 me llevaron a almorzar, las reuniones individuales estaban retrasadas. A las 17:30.... sí... 17:30, me hicieron entrar y tuvimos la reunión. Contrario a mi pronóstico, la evaluación fue rápida y favorable, me agradecieron y, por supuesto, quedé comprometida a trabajar en todo lo que se me ocurrió plantear en mi listado. Estuve a la altura, eso me puso feliz.
Salí de la oficina, ya tarde. Una de las chicas me dijo que fuera a Paseo Alcorta, un shopping grande y lindo. Otra de mis compañeras tomaba el colectivo que me servía para llegar allá, pero se bajaba mucho antes, y luego de insistentes consejos, me dejó sola y seguí el recorrido, pendiente de los puntos de referencia que ella me dio. El camino es fantástico, se pasa por avenidas grandes, mi favorita es la del Libertador, con unos ocho carriles para autos y muchos árboles. El Paseo Alcorta es un lugar lindo, de tres pisos y lleno de tiendas igual de caras que en Santiago, por lo que fue un paseo que no generó gasto alguno excepto el traslado. De regreso, tras una parada para llamar a mi madre, quien por algún motivo, no contesta el teléfono y se está volviendo una preocupación, encontré el paradero del mismo colectivo e hice el recorrido de vuelta.
Por segunda vez en el día, al llegar mi calle "creí" que debía caminar para uno lado y en realidad era para el otro. Y habiendo caminado varias cuadras de más, llegué al hotel. Noté que sus alrededores no se ven lindos hoy que pasa la basura, hay mucha gente recogiendo cartones y no se ve un barrio tan amigable como ayer. Pero lo peor del día, estaba por venir. Cansada y luego de pedir que prendieran el aire acondicionado de la habitación, entré al baño. Y como siguiéndome, entra nada menos que una cucaracha. Rápidamente, después de ahogar un grito, pensar en mi fobia y en que nadie me podría ayudar, tuve, el destino me perdone, que aplastarla. Lo pude hacer porque, aunque parezca increíble, las que de verdad me causan un pavor paralizante son las negras que se pasean por Santiago, o al menos eso me inventé para poder sortear el mal rato. Después de eso, nada me ha hecho sonreír, tal vez la cena que parto a comer ahora, repunte mi ánimo.
Me dormiré temprano, hoy fue un día de obligaciones e insectos, quiero que llegue mañana para ir a conocer el Café Tortoni, comer merengada con churros (ignoro qué es una merengada, mañana sabremos).
Salí del hotel pasadas las ocho. Mi recorrido, según mi memoria visual, era: Corrientes, Obelisco, cruzar 9 de Julio y tomar Av. de Mayo. Luego de las 20 cuadras que debo haber caminado haciendo esa ruta, me dí cuenta de que no era Av. de Mayo hacia ese lado, si no, hacia el otro... es decir, hacia "mi" lado (no digo norte o sur, porque aquí me invento mis propios puntos cardinales convirtiendo a la 9 de Julio en una especia de Alameda santiaguina). Sólo para aclarar, había caminado todas esas cuadras de más. En fin, no importó, había salido temprano, y tomé rumbo contrario unas tantas cuadras más. Llegué a la oficina a las 9. Tomé uno de esos ascensores antiguos, con dos puertas manuales y llegué. Conocí a todos mis compañeros de la oficina de Bs As. Me recibieron con abrazos, sonrisas y una de las gerentes, con un pan dulce en miniatura que de tan lindo da pena comérselo. Al poco rato, me mandaron al estudio de fotografía en que nos retratarían para actualizar las fotos en la web. Entiendo claramente por qué me gusta estar del otro lado de la cámara, y sólo espero que alguna de las tomas sirva.
La evaluación sería a las 13:30, y había que preparar un listado de fortalezas, debilidades y etc etc que hice en unos minutos y quedé desocupada. Era el mediodía. A las 13:50 me llevaron a almorzar, las reuniones individuales estaban retrasadas. A las 17:30.... sí... 17:30, me hicieron entrar y tuvimos la reunión. Contrario a mi pronóstico, la evaluación fue rápida y favorable, me agradecieron y, por supuesto, quedé comprometida a trabajar en todo lo que se me ocurrió plantear en mi listado. Estuve a la altura, eso me puso feliz.
Salí de la oficina, ya tarde. Una de las chicas me dijo que fuera a Paseo Alcorta, un shopping grande y lindo. Otra de mis compañeras tomaba el colectivo que me servía para llegar allá, pero se bajaba mucho antes, y luego de insistentes consejos, me dejó sola y seguí el recorrido, pendiente de los puntos de referencia que ella me dio. El camino es fantástico, se pasa por avenidas grandes, mi favorita es la del Libertador, con unos ocho carriles para autos y muchos árboles. El Paseo Alcorta es un lugar lindo, de tres pisos y lleno de tiendas igual de caras que en Santiago, por lo que fue un paseo que no generó gasto alguno excepto el traslado. De regreso, tras una parada para llamar a mi madre, quien por algún motivo, no contesta el teléfono y se está volviendo una preocupación, encontré el paradero del mismo colectivo e hice el recorrido de vuelta.
Por segunda vez en el día, al llegar mi calle "creí" que debía caminar para uno lado y en realidad era para el otro. Y habiendo caminado varias cuadras de más, llegué al hotel. Noté que sus alrededores no se ven lindos hoy que pasa la basura, hay mucha gente recogiendo cartones y no se ve un barrio tan amigable como ayer. Pero lo peor del día, estaba por venir. Cansada y luego de pedir que prendieran el aire acondicionado de la habitación, entré al baño. Y como siguiéndome, entra nada menos que una cucaracha. Rápidamente, después de ahogar un grito, pensar en mi fobia y en que nadie me podría ayudar, tuve, el destino me perdone, que aplastarla. Lo pude hacer porque, aunque parezca increíble, las que de verdad me causan un pavor paralizante son las negras que se pasean por Santiago, o al menos eso me inventé para poder sortear el mal rato. Después de eso, nada me ha hecho sonreír, tal vez la cena que parto a comer ahora, repunte mi ánimo.
Me dormiré temprano, hoy fue un día de obligaciones e insectos, quiero que llegue mañana para ir a conocer el Café Tortoni, comer merengada con churros (ignoro qué es una merengada, mañana sabremos).
diciembre 26, 2006
Bs As, día uno.
Una cosa es amanecer a las seis de la mañana. Otra es levantarse a las tres. A esa hora sonó la música de Chopin que me despierta cada mañana. A las 3:50 debía pasar el transporte al aeropuerto. Veinte minutos después de la hora, tras llamar a la central, bajé y encontré la van parada afuera de mi edificio con un chofer tan profundamente dormido que tuve que remecerlo para que despertara. Llegamos a las 5:00 en punto al aeropuerto, pagué la diferencia de mi boleto (por haberlo cambiado) y después de todos los trámites, me dediqué a leer mi revista compañera de viaje (confieso que estaba entre la National Geographic Viajes y la Cosmo. Ganó la Cosmo). Siete en punto, me tomé la pastilla para el mareo. Embarcamos y el avión, Gol, me sorprendió gratamente. Nuevo, de asientos suficientemente cómodos, olía a muñeca nueva recién desempacada. Ya al inicio de sus movimientos, comencé a sentir los efectos calmantes de mi pastilla. Tanto así que ví un poco Santiago, luego abrí un ojo, ví la cordillera, y al despertar por seguna vez ya estábamos en Argentina. Por cierto, mirar este país desde las alturas, es sorprendente, parece un verdadero tablero de ajedrez o de un juego lleno de cuadraditos de colores. Toda la tierra trabajada, delimitada en cuadraditos pequeños vistos desde arriba, que seguramente son de varias hectáreas cada uno. Otra buena sorpresa de la aerolínea, es que destruyendo mis expectativas, nos dieron bebida, un rico sandwich y una barrita de biscocho con dulce de frutilla. Todo perfecto. Turbulencias, un poquito, pero yo, no sentía nada de nada.
Al llegar me esperaba el remis. La chofer era mujer, me saludó de beso y me conversó de inmediato sin parar. Amorosa ella, me invitó a sentar en el asiento de adelante. Tomamos la autopista, y a una velocidad muy lenta en comparación con el resto de los vehículos, a ratos ocupando las dos pistas, y con un estilo de manejo que combinaba soltar las manos a cada rato y pasar los cambios de la manera más extraña que he visto, nos vinimos rumbo a la cuidad. Agradecí llegar con vida al hotel, que por cierto es bastante simple, pero limpio, cómodo, y de buena atención.
En 10 minutos, me largué del hotel camino a Santa Fe, sí, a vitrinear. Ya no era tan temprano, por el avión que llegó tarde, la señora que manejaba lento, el atochamiento, en fin. Así que debía aprovechar. Caminé todo lo que pude, y paré, ya por la tarde en un Mc Donald's (ya sé, nada que ver, debí pasar a un restaurant y comer un buen biffe chorizo) pero fue un hambre repentina de hamburguesa, que por cierto, no me cayó muy bien. Caminé de regreso al hotel y me tendí a descansar, lo que significó dormir profundamente por bastante rato y despertarme cerca de las ocho de la tarde. Otra vez salí, y luego de caminar medio Corrientes, he llegado hasta aquí, para hacer mi resumen diario antes de que se me olvide.
Me gusta esta cuidad. Siempre digo que algo tiene, y no sé cómo se puede denominar. Ví jóvenes paseando perros (muchos perros atados a la cintura), mucha gente en los restaurantes, conversaciones, abrazos, esas cosas que por aquí se ven a menudo.
Ahora, conseguiré un restaurant que atienda hasta después de las 00:00 y me iré a cenar. Fotos, no. No está para salir sola con mi cámara. Ya habrá oportunidad. Hoy en el camino un tipo me habló "apuesto que sos psicóloga.... sí, apuesto que son psicóloga de la UBA...." y caminaba a mi lado conversando... así que le dije, no, no soy psicóloga, nisiquiera soy de aquí "¿de dónde eres?" de Chile... "aahh ¿andás paseando?"... no por trabajo... "¿dónde trabajás... bla bla bla?"... en Santiago para una empresa argentina "y cuándo te vas?"... mañana (mentira uno).... "¿y cuándo venís denuevo?".... tal vez en un año...."un año? pero no podés venir a verme???".... no creo que a mi marido le guste la idea de que venga a verte (mentira dos).... "lástima, bueh, que ta vaya bien".... Gracias.... y como dicen aquí "safé".
Mañana me toca trabajar, espero que me vaya bien, porque durante el día es la evaluación de desempeño de mis primeros 5 meses. Eso me pone un poco nerviosa, porque con todos los cambios que ha habido en mi vida ha disminuido mi concentración algunos días y seguro mi jefe recordará alguna de mis distracciones. Es probable que él también se ponga nervioso cuando me vea obligada a contarle sobre mis problemas personales, de los que él no se dio por enterado. Lo mejor de todo, es que conoceré a todos mis compañeros por fin.
Ahora sí me iré. Este día ha sido bueno. De un calor intenso y húmedo que a ratos me hace sentir un poco descompuesta (no sé en qué pensé que traje pantalones en vez de "polleras").
Iré a cenar y luego a dormir, mientras esta cuidad, seguramente, se queda despierta hasta el cambio de turno con los que salen temprano a laburar.
diciembre 13, 2006
Observación
Salgo sin mucho tiempo pero contenta. Aparte del conserje, que siempre sonríe, el resto de los rostros se me aparecen de uno en uno medio enojados. El conductor del bus, no siempre contesta mi "buenos días" y sobre la micro sólo veo caras agradadas si hablan por teléfono o van conversando con alguien más (lo cual no es habitual a las 8 de la mañana).
Todos parecen reclamar por la hora, por la rutina, o no sé ¿será que no toman desayuno?
Con buena razón dicen que los chilenos somos apagados, grises como nuestro smog capitalino.
El día que me impresioné fue aquel en que, al entrar en el ascensor y pronunciar mi sagrado "buenos días" nadie me contestó. Ahí me dí cuenta de que algo sucede. No soy físicamente intimidante (más bien parezco físicamente enclenque), no hablo muy despacio, no estaba rodeada de extranjeros, y mi figura se veía perfectamente por el espejo al frente de mí (es decir, era materialmente real). Simplemente, las personas reaccionan defensivas ante las palabras, por más educadas que sean, de un extraño.
Pobre gente. No sólo sin risa, también asustada. Ensimismada a causa de una extraña timidez.
Me dio gusto que el rubio de traje sastre que pasó en bicicleta ayer por mi lado, hoy me hubiera mirado a los ojos, fue bueno saber que aún existo y que no es por invisible que la gente no me saluda. Tal vez lo hacía como aviso para no atropellarme, pero creería que fue porque coincidió la mirada y no había razón para esconderla.
Antes por lo menos tenía al guardia de la plaza, a quién saludé desde el primer día y luego, resignado, comenzó a recibirme con su cordial "¿cómo le va mi reina?". Ahora mi camino es otro y no lo veo a él, ni a la chica extranjera de expresión feliz, que pasa con su café todas las mañanas. Tampoco al joven oriental, de anteojos, que también parecía estar alegre con su destino.
Por las tardes, el viaje de regreso es sombrío en las caras pero soleado y caluroso en el ambiente (sólo porque estamos bordeando el verano). Los cuerpos vienen cansados por la jornada y las sonrisas no sobran, pero se encuentran un poco más fácil. Las madres pasean a sus niños pequeños, concientes de la generosidad de este clima precioso. Los señores de edad caminan reposadamente a comprar el pan. Eso es mucho más de lo que logro ver por las mañanas.
diciembre 05, 2006
6 de la mañana
Hoy me ha parecido que he perdido muchas horas de mi vida. La razón, es que nunca antes me levanté, por tantos días seguidos, a las seis de la mañana.
Siempre supe que levantarse temprano era exquisito, pero nunca pude hacerlo. Más bien, nunca me decidí a hacerlo. En mi época de colegio, dormía hasta el último minuto posible considerando todos los segundos que tardaba entre salir de la cama y llegar al colegio corriendo (ya tarde, porque mi calculo apuntaba a la última instancia para entrar). No tomaba desayuno, llegaba con sueño (pero sin frío luego de la larga y apurada caminata previa al último tramo en el que corría para pasar por la puerta que siempre se estaba cerrando) y las primeras horas de clases eran odiosamente somnolientas.
El resto de mi vida, ha sido de levantarme temprano y apurada, evolucionando desde mi época escolar sólo en detalles como considerar un tiempo más holgado para movilizarme, y tomar desayuno la mayoría de los días.
En mi paso por Valdivia, recuerdo haberme levantado a las 7 de la mañana con el sol radiante de los días despejados.
Pero seguía sin ser las seis.
En mi nuevo hogar, el día se termina temprano (al menos eso intento), pero invariablemente, el despertador suena a las 6:00. Y sin excepción, me levanto feliz. No sé si tenga que ver con el momento del día, pero creo que despertar al mismo tiempo que la mañana, pasar lentamente de la noche al amanecer, ayuda a terminar en calma las horas de sueño.
A esa hora, por cálido que venga el día, el aire en el balcón tiene una frescura que invita a despertar, a ponerse contento. Allí tiene perfecta lógica la bebida caliente que tomamos por la mañana, y que nos entibia las manos.
No sólo la luz entra por mi ventana angular, también la imponente cordillera de Los Andes, como un espectáculo de grandeza y verdor (en esta época). Y no sólo eso, también entran las tres marías de noche y la luna queda casi a los pies de mi cama. Pero la noche es tema para otro día.
Cómo no voy a tener la certeza de haberme perdido muchos momentos buenos por no haber amanecido más temprano. La noche es bella, pero el inicio del día me ha cautivado aún más. El tiempo -de levantarme sin prisa, preparar un desayuno que recompense las horas sin comer, disfrutar la casa y regalonear a mi gata- que siempre estuvo ahí y yo no lo aproveché.
Claro, los domingo, son para levantarse sin despertador, pero igual abro un ojo a las seis para mirar el cielo claroscuro que se cuela; es una especie de acuerdo que tengo con esa preciosa ventana.
diciembre 04, 2006
Un día cualquiera, hace dos años
Trabajaba como cualquier otro día, en las oficinas de la universidad a las que nadie llegaba por su ubicación al final del campus.
Extrañamente, sin los avisos correspondientes ni la programación debida, el rector apareció por la puerta principal, acompañado de otra persona y conversando en Inglés.
Si bien sabía que por mi ubicación era la única que podía ver lo que estaba pasando, no tuve tiempo de avisarle a nadie antes de saltar como un resorte para saludar a tan importante personalidad de la universidad.
Sorprendida por la humildad del momento, tan distinta a la de otras veces, me sentí sobrepasada cuando sin aviso previo, el mismísimo rector me presenta a su acompañante: "le presento al Príncipe de Lichtenstein".
¿Príncipe?
En ese momento mi mente recorrió la cenicienta de pé a pá tratando de encontrar el modo correcto de saludar a un "príncipe", pero ningún tipo de reverencia se me reveló como lo adecuado para aquella circunstancia. En un segundo pensé en la ropa que vestía, el peinado poco prolijo, la cara de boba, y el vacío en mi mente del que no podía rescatar una buena frase en inglés para saludar a un ser humano con tamaño título de nobleza.
Lejos de lo visto en mi época de niña, este príncipe no era rubio de pelo lacio y largo, y no lucía ropa con detalles dorados. Su piel denotaba varios años de edad, su cabellos era blancos y su cuerpo esbelto estaba vestido con traje de riguroso azul oscuro.
Mi "nice to meet you" tan perfecto en toda presentación de carácter bilingüe, se notó tan carente de solemnidad a medida que lo pronunciaba.
Lejos de lo visto en mi época de niña, este príncipe no era rubio de pelo lacio y largo, y no lucía ropa con detalles dorados. Su piel denotaba varios años de edad, su cabellos era blancos y su cuerpo esbelto estaba vestido con traje de riguroso azul oscuro.
Mi "nice to meet you" tan perfecto en toda presentación de carácter bilingüe, se notó tan carente de solemnidad a medida que lo pronunciaba.
Su ojos azules, clarísimos y cordiales, me miraron mientras me tendía la mano. Nuevamente, mi ignorancia no sabía si podía mirarlo a los ojos, o eso sería descortés. Pero en fin, estábamos en Chile donde jamás hemos tenido un rey (en la historia conocida por lo menos), yo jamás había soñado conocer a un príncipe, y nisiquiera sabía que existía Lichtestein antes de esos cinco minutos, así que lo menos que podía hacer, era mirar bien a aquel hombre con quien, seguro, no volvería a toparme otra vez en la vida, y llevarme la anécdota para contarla de cuando en cuando. No sólo eso, también para tenerla como vivencia para esos días que nos parecen monótonos y recordar que, sin previo aviso, puede que sea un día realmente especial.
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