noviembre 22, 2006

Increíble

Mis personas cercanas saben que yo soy de las que escribe mails, persigue a sus viejos amigos por internet, lee artículos que luego comparte y mantiene (con ciertas lagunas) su blog. Pero no creo que sepan que algún par de veces he escrito a gente desconocida para decirle que me gusta su trabajo(fotógrafos, recuerdo), que si bien no suelen responder, se merecen con creces unas palabras.
Bien, lo cierto es que de eso, hace bastante tiempo.
Hasta ayer, que le escribí a un cocinero venezolano llamado Sumito Estévez de quien he visto su destreza por televisión y leído sus conocimientos en artículos diversos. Si bien uno se esmera en 1. sonar simpática, 2. no expresarse muy a la chilena y 3. no extenderse hasta el aburrimiento, es claro que existe una alta probabilidad de que nadie responda y nunca se sepa si el correo famoso llegó a destino. Sin embargo, mi ego humilde se alegra de tan sólo escribir (como en este blog).
Lo increíble de esta historia, es que hoy encontré en mi casilla una respuesta del mismísimo Sumito, quien dentro de sus ocupadas horas, no sólo leyó mi mail (que por cierto no respetó el punto "3" antes descrito) sino que lo agradeció. Como no estaba preparado para tal halago... mi ego liliputense no sabía qué hacer y me miraba extrañado como diciendo ¿qué hacemos ahora? Y aquí estoy, compartiendo la sorpresa y la alegría de toparme con una persona tan considerada o digamos tan... "chévere".
Mientras le escribía a Sumito, iba notando que soy una pésima comensal... y casi con vergüenza le comentaba mi disgusto hacia ciertos sabores y mi poca tolerancia al alcohol. Supongo que para alguien que fabrica chocolates de tocino con ciruela, saber que habemos personas que de plano no soportamos la combinación agridulce debe rayar en la desgracia, pero él hizo caso omiso.
En fin, termino diciendo que este tipo de anécdotas me alegran el alma... porque durante los días de ánimo nublado nada mejor que una buena receta de puré con "tropenzoncitos" y un correo electrónico de bajativo.


(Imagen tomada de http://www.saladeespera.com.ve/wordpress/wp-content/uploads/2006/06/afl_Sumito_1.jpg)

noviembre 21, 2006

Reinventándome

Hace más de dos meses y medio publiqué por última vez. Poco o mucho, dependiendo de la perspectiva, este tiempo ha volcado mi vida patas arriba, no en un sentido negativo, pero sí en un sentido absoluto de cambio.
Ha paralizado algunas aficiones y ha rescatado otras. El tiempo parece ser más poderoso que cualquier otro elemento de la vida. El tiempo cambia, olvida, obliga, permite. A ratos le temo, porque sé que viene denuevo con los efectos de su paso, modificando todo lo que me parecía establecido. Pero a mis años, lo miro de tú a tú, ya no asusta como asustaba antes o como asusta a otros. El tiempo pasa, la vida -vulnerable- cambia a su antojo, y yo, casi como espectadora, espero sonriente mi rol en el nuevo guión.
Buscando el arraigo, tuve que optar por desarraigarme. Tomar mis pocas pertenencias y doblar la esquina, pero mirando atrás, porque todo lo que hacemos de buena fe, es posible volver a mirarlo. La búsqueda de un hogar, me ha llevado a encontrarlo en la familia unipersonal (y unifelina) que hoy componemos mi gata y yo. La certeza de que el hogar es más que el lugar y quiénes lo componen, es una realidad para mi.
El proceso tomó semanas de angustia, miedo, lágrimas. La partida, una pena cíclica de reencontrarse con la soledad. Pero hoy, hoy amanecí agradeciendo todo lo que ha sido mi vida. Amanecí antes que el amanecer, con un cielo oscuro de tonos grises, que daba paso al celeste pálido que precede al sol apareciendo tras Los Andes.
No sé qué sería de mí si no pudiera reinventar mi vida cada vez que algo cambia, pero no quiero averiguarlo. No quiero saber lo que es no disfrutar de una canción con guitarra en una plaza concurrida, una receta de puré con "tropenzoncitos", una marraqueta de panadería, una gata que semi dormida sale a saludar, una llamada de una amiga, un correo de un amigo, un amor de juventud sin nostalgia, un pastel de tres leches, unas habas sin piel, una mamá con idas geniales, despertar con el sol en la cara.
No quiero saber. Sólo me esmero en seguir viviendo, y observar los detalles de los momentos en que me siento llena de la felicidad de saber que soy más que los problemas, más que las penas, más que la indiferencia, más que las cosas y más que mis sueños. Pero menos que todas las posibilidades y regalos que de tanto en tanto me depara la vida.
(Dedicado a Juan Pablo, que ya me hizo resucitar mi blog una vez)