junio 08, 2006

Viaje a Talca

Ir desde Santiago a Talca no es mayor travesía. A menos que se haga ida y vuelta en un día, en buena compañía.
Mi amiga y yo, con dos cámaras fotográficas en el hombro, partimos desde mi casa a las 7:40. Después de un paso previo por su oficina en Cerrillos, enfilamos hacia el sur. Llegando al peaje de Paine, la liviana cartera de ella le hace brillar los ojitos y decir "¿la billetera?". Con raudo viraje y buena velocidad, nos devolvimos a su casa. Salimos de Santiago, por segunda vez, a las 10:30. Tomamos un nuevo desayuno en San Fco. de Mostazal ¿qué será que dan tantas ganas de comer cuando uno viaja? con huevos revueltos y medias lunas.
Sin lluvia y después de reírnos del comentario de su mamá sobre que estaría lloviendo torrencialmente, llegamos a Rengo. Salimos de Rengo con lluvia intensa. En Curicó la lluvia rebotaba y el cabello lacio de mi amiga se iba ondulando levemente gracias a la humedad. Después de almorzar pizza de camarones, recorrimos un par de largas calles y doblamos en la esquina del letrero Michelin. Al final de esa calle, se veía la empresa a la que íbamos, pero mi amiga dijo "no, la entrada no es por aquí". Dimos una especie de gran vuelta a la manzana después de pasarnos dos calles, y nuevamente doblamos en la esquina del letrero Michelin ¿era un deja vú o el déficit atencional de mi amiga? No puede haber tantos letreros de neumáticos en una cuidad tan pequeña, de hecho no hay. Pero esa vez, ella se sentía segura de que esa sí era la calle y entramos al mismo estacionamiento que un rato antes yo había visto, pero ella no.
Salimos de Curicó camino a nuestro último destino, Talca. La lluvia no nos dejó a ir a más de 80km/hr. Pasamos de largo el único café de la ruta y llegamos sin cafeína a la última cita. El pelo de mi amiga era cada vez menos liso cuando regresó de su reunión. Terminadas las visitas, partimos a la única visita social del día. En el camino, una bella tostaduría nos proveyó de higos secos, pistachos y almendras confitadas, más algunas cosas que trajimos para otra ocasión.
En medio de orientes y sures y nortes, y varios higos secos, buscamos la dirección y llegamos a la casa azul, pero no había nadie. Al bajarme, se fue al agua el segundo periódico que boté al abrir la puerta. Luego, se activó la alarma del auto y tuvimos que bajarnos de él para que olvidara la idea de que se lo estaban robando y no nos fuera a dejar detenidas para siempre bajo la tormenta talquina. A esas alturas, mi amiga estaba crespa. Dejamos el encargo bajo la puerta y nos vinimos.
Pasamos a tomar el último café del día para mi amiga; entramos corriendo bajo una lluvia desprovista de toda consideración. Mi amiga dice que todos nos miraron al entrar; debió ser el "¡mierda!" que pronunció cuando sus botitas nuevas resbalaron en las cerámicas, aunque ella cree que fue por su pelo mojado y crespo tipo Shirley Temple, que claramente la impresionó cuando se vió en el enorme espejo.
Exhausta, me pasó las llaves y el viaje desde Lontué a Santiago lo completé yo. La visibilidad era escasa ¿nula?, pero la buena música y la conversa, nos relajó y llegamos a tiempo de cerrar el día con un rico té en casa de su mamá, y regresar a su casa a las 10:20. Unos minutos después me fuí y así, terminamos triunfantes el día de viaje.
¿Fotos? já, ni una.

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