
A veces toma tiempo reseñar un paseo. Lo importante es hacerlo antes de que los recuerdos se vayan, sobre todo cuando el "ayuda memoria" se perdió.
La ruta de Mexico a Cuernavaca está bordeada por paisajes preciosos. El cielo de aquel sábado era azulísimo cubierto de nubes blancas y redondas, y el sol hacía brillar los colores de manera especial. Casi al llegar a la cuidad, los arbustos de ficus recortados con formas de cosas y animales, avisaban su cercanía.
Cuernavaca, cuyo nombre original era Cuaunahuac, es una cuidad con un bella catedral, por supuesto. Sus calles son más bien angostas y sus casas, coloridas y llenas de detalles como bellos faroles o direcciones pintadas sobre cerámica por algún artesado.
La preciosa iglesia fue la primera parada, y en día sábado, nos topamos con un grupo de niños que rendían exámenes de preparación para su primera comunión.
Caminamos desde ese lugar, a la preciosa casa museo de Robert Brady, un estadounidense que fue cautivado a tal punto por Cuernavaca, que se radicó allí. Antes de fallecer, en 1986, dispuso que su casa y sus 1.400 piezas de colección, a falta de herederos, se convirtieran en un museo. Y tal cual él las distribuyó, siguen estando cada una de sus pertenencias en la bella -y por cierto restaurada- Casa de la Torre, antiguo observatorio metereológico del seminario franciscano. El lugar es fascinante, indescriptible por muchas palabras que usara para hacerlo. La casa, su decoración, los colores, los objetos -incluído un autorretrato original de Frida Kalho al que casi toqué con mis pestañas de tanto que me acerqué- , el jardín, y hasta la tumba del mismo Brady al lado de la de sus dos perros, son un todo entre precioso y divertido. La fuerza de los colores, de los objetos valiosos, antiguos, de las propias pinturas de Brady hacen que el paso por ese museo sea una especie de iluminación en cuanto a lo mucho que nos restringimos en nuestras propias casas tratando de combinar, y lo poco que nos dejamos llevar por la simple unión de cosas hermosas, sean éstas de colores o tendencias similares o no. Un paseo obligado si mis pies tocaran denuevo esa cuidad.
A mediodía, el camino nos lleva a Taxco. La famosa Taxco, la cuidad de las joyas de plata. Al menos eso creía antes de llegar. Pero no, está lejos de ser la cuidad de la plata. Nada puede caracterizarla mejor que su iglesia y su belleza. Nunca ví una iglesia tan preciosa protegiendo desde el cerro una cuidad tan hermosa. Desde el mirador del hotel en que almorzamos, no me cansaba de mirar la escena; sus calles estrechas, sus casas blancas, sus terrazas coloridas, la vida cotidiana reflejada en la ropa tendida, en la "burras" llenas de gente. Mi almuerzo, tacos, cargó energías para seguir con la tarea de recorrer decenas de tiendas con los más diversos diseños y calidades de utensilios de plata. Ví las joyas e implementos más lindos y más caros en las bellas tiendas que reunían a diseñadores famosos. Mezcla del metal con madera, piedra, caucho, las creaciones son fantásticas. El jarrón de plata martillada con mango de iguana en jade, fue mi preferido. Si bien no traje ni una joya, aún recuerdo la rana-prendedor con su pata estirada que tan bien se habría visto en mi solapa.
Tras un viaje en burra (furgones volkswagen antiguos y sin puertas) llegamos a la plaza de la cuidad. En ella se encuentra la bella iglesia de Santa Prisca y San Sebastián que tanto rato estuve observando desde el balcón. Dicha edificación fue mandada a construir por don José de la Borda para que su hijo sacerdote tuviera su propia iglesia para celebrar misa, evitando que se fuera de su lado. Esta iglesia, imponente y bellísima, fue construída en tan sólo 10 años. En ella no hay un solo clavo, y por dentro luce un estilo barroco, con hermosos retablos todos cubiertos con placas de oro. Además, durante los mismos 10 años, un solo y maravilloso artista, Miguel Cabrera, realizó 54 pinturas que adornan muchos de sus muros, de una calidad sólo comparable a las de Miguel Ángel, y dentro de las cuales hay dos en que la Vírgen María aparece hermosamente embarazada.
Al salir de una de las capillas, me topé con la perrita Chihuahua más pequeña que he visto y no pude evitar pedirle a su dueño que me dejara fotografiarla.
Las calles aledañas a la iglesia son tan angostas que a veces es necesario que pasen los transeaúntes para que los vehículos puedan doblar.
Taxco es un sueño, un verdadero lugar para admirarse. La cuidad entera es magia, vida y caudales de historia por todas las esquinas.
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