¡Qué gran día!
Si bien Chopin sonó a la hora convenida, hice trampa hasta las 7 de la mañana. A las ocho y diez, me tomé tres vasos de jugo de naranja y me fuí, con tres compañeros de la empresa que me recogieron en el hotel, al día campestre.
El lugar, precioso, ubicado en Luján a una hora de Capital Federal, y llamado Rodizio, es una especie de campo, con pileta y restaurant. Una vez estacionado el auto en que llegamos, una carreta nos llevó, por una bella alameda, hasta el lugar en que el resto de la gente y un exquisito desayuno -con pan campestre, dulce de leche, más jugo de naranja (diría que me tomé un litro en total), mediaslunas, dulce de naranja- nos esperaba. Abrazos, besos y la calidez de todos los compañeros a quienes encontraba y de algunos colaboradores que hasta hoy sólo conocía por internet, fueron el presagio de un día perfecto.
La reunión anual de la empresa, estuvo llena de planes en que todos estamos considerados y desafíos que nos ponen un interesante e intenso futuro. Mientras nos hablaba, miré al director de la empresa pensando si acaso podrá dimensionar las muchas personas que nos motivamos y vivimos gracias a su visión y tenacidad.
Llenos de risa comentamos que es tan difícil explicar el negocio de nuestra empresa, que los amigos y familiares terminan pensando que estamos metidos en droga o negocios ilícitos, más ahora, que tenemos tantas operaciones en el Caribe. La sala se llenó de anécdotas, y el cansancio de fin de año se transformó en ánimo para enfrentar todos las metas trazadas con miras al 2011.
Para terminar, una bellísima cartera para cada mujer y un fino reloj para cada hombre del equipo. No hay más que decir, todos saben cuánto nos puede alegrar una cartera nueva!!
El frío salón en que se hizo la actividad, contrastaba con los 37 Cº de sensación térmica que había afuera... por cierto, a la sombra.
La noticia que anoche me pareció exagerada sobre la invasión de mosquitos en la cuidad de Bs As, cobró absoluto sentido con los tres hinchados mosquitos que pillé "in fraganti" succionando mi sangre (acabo de encontrar la primera "roncha").
El almuerzo fue muy rico. Ensaladas, bla bla bla, pero lo más importante: asado. La buena conversación, denuevo el pan campestre, y los dos postres al finalizar, lo hicieron ideal. Entre mis compañeros, otro amante de la fotografía con una cámara igual a la mía. Con cada uno tuve algún tema del cual conversar, me sentí una más con todos.
La tarde fue de fotos, piscina, fútbol, paletas, cada uno en lo suyo. Para mí fue de fotos y sofocante calor. Y el consabido chiste de querer tirarme al agua, a raíz del cual me agarré al gracioso compañero de manera que si yo caía, él tb. Y la vieja táctica funcionó.
De regreso, hice el viaje con un varón encantador, con quien hablamos de las cosas bellas que tiene Argentina, su mujer y la vida en general, y agradecí en silencio la posibilidad de estar aquí, pasando tan gratos momentos con personas cordiales.
Rauda, porque el tiempo apremia, partí a cambiar mi cartera (era linda, pero estaba pensada para que cada una la cambiara por la que quisiera) y al sacar la mano fuera del remis, sentí el aire caliente de un atardecer bonaerense: era como acercar la mano a un horno.
Esta es mi última noche. Ansío volver. No importa el calor que haga, ni los mosquitos, ni la (guacs) cucaracha en el baño, uno siempre se va con la sensación de que le quedan muchas cosas por hacer.
El día, ya bueno, fue coronado por la frase de un joven galán que me habló cuando venía caminando de regreso por Corrientes: "...¿casémonos?... ¿ahora?". No pude menos que mirar de reojo y sonreir.
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