Habemos en el mundo los que sufrimos de vértigo.
Sabiamente, alguien inventó unas patillitas llamadas Mareamin, para aquellos bajones repentinos de los aviones en turbulencia. Yo las tengo, por supuesto. Y ayer, antes de volar, también las tenía, pero en una maleta que se separó de mí mucho antes de que alguien me preguntara si me la había tomado.
A poco de ser las seis de la tarde, y habiendo visto tormentas en la tarde todos los días que estuvimos en Cuidad de México, mi pequeña preocupación pasó a ser un susto conmovedor. Glup!
Antes del despegue, sentía que un pasillo de distancia entre Víctor y yo era un abismo; así que a falta de su cercanía, uno de sus hijos tuvo que aguantar los apretones que le dí en el brazo y el otro trataba de hacerme reír.
Superados los zamarrones de un despegue un poco tiritón, y mientras veía que atravesábamos las nubes, todo empeoró, por más que los chicos me trataban de convencer de la bonita vista.
De pronto... ZAS.... bajón violento... y otro... las miradas de todos entre preocupados y muertos de la risa... y otro... y otro. Cual montaña rusa en plena nube negra, el avión nos movió por algunos minutos. Luego de eso... la voz grabada de un galán mexicano dijo que nos abrocháramos los cinturones porque pasaríamos por zona de turbulencia "¿RECIÉN?" díjeme, mientras todos comentaban que la grabación sonó un poco tarde. Mmm, un poco incrédula de lo que comentaban a mi alrededor, me quedé sentada, con el cinturón bien amarrado. Pero sí, la anterior había sido la turbulencia, y la había soportado digna; el aviso efectivamente, fue a destiempo.
Una vez en mi nuevo asiento, al lado de Víctor, luego de la rápida maniobra de cruzar el pasillo, comenzaron a repartir bebestibles y cacahuates con sal. A medio servirnos, el asunto seguía un tanto movido. Entonces el sobrecargo, luego de pedirle un inocente jugo de naranjas en tonito nervioso, me dice "Tómese esto, hágame caso, esto la rela", y me pasó una cerveza XXX.
En fin, cerveza en el cuerpo y todo, me salió el inglés hasta por los codos con la gringuita que estaba al lado y llegué a Puerto Vallarta como dueña del mundo.
La cachetada de calor cuando salimos del avión fue violenta, pero se pasa pensando en el frío de Santiago por estos días.
Y como consejo, si se les queda la pastillita para el mareo, tómense una chelita. De verdad que eso los "rela".
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