junio 26, 2006

México: Hasta Pronto

Último día, 6 de la mañana.
RIIIIING !! el teléfono jamás nos regaló un minutito extra para dormir. Pedíamos que nos despertaran a las 6 y, puntualmente, el egoísta sonaba sin piedad.
A las 7:10 esperábamos que abrieran el comedor para ingerir la que sabíamos, sería la comida más contundente del día. A las 8 y media, porque era un error que pasaría a las 8, vino a recogernos una de las cómodas camionetas con aire acondicionado que sabiamente transportan a los turistas en México.
El aeropuerto estaba vacío, pero los vuelos no. No supimos, hasta que estuvimos en Puerto Vallarta, que la mayoría de los huéspedes tipo "todo incluído" llegan y se van en día sábado, información que nos habría sido muy útil para tomar el vuelo a Cuidad de México con nuestros pasajes liberados, un día antes, o un día después. Hay espacio en este vuelo? "NO"... mmm y en el siguiente?... "NO"... y en el sub siguiente?... "NO"... Partimos a la otra línea que podíamos tomar.... hay espacio en este vuelo? "NO"... los "no" se repitieron hasta las once de la mañana, y no nos daban ni media posibilidad de poder volar ese día. En decisión desesperada, maquinamos la solución: compramos los boletos, bussines, que quedaban para volar al DF. Fue hora de tomar mi mareamin grageas (creo que pediré un canje con el laboratorio por los buenos comentarios que he hecho de ella). Cerca de la una de la tarde embarcábamos, como verdaderas estrellas de cine, antes que todos. Casi nos toman en brazos y nos hacen cariño por viajar en ejecutiva. Las mullidas y anchas butacas, los bebestibles en vaso de vidrio antes del despegue, la atención de una aeromoza para sólo 6 personas y el contundente sandwich de roast beef durante el corto vuelo de una hora, contrastaban notablemente con el jugo en vaso plástico y las dos bolsitas de maní (que por cierto se inflaron a mitad de camino con el cambio de presión) de nuestro viaje de ida. Pensando en el precio de los tickets y para no desperdiciar ningún servicio, hasta me animé a ir al baño. Si bien el sonido en la oreja al viajar delante de los motores es un poco fuerte, la vista, es fenomenal. El cielo despejado permitía ver la tierra en todo momento, la variedad de colores, las colonias de casas, los lagos, las montañas. No hubo turbulencias, o si las hubo, mi concentración en sacar fotos no permitió que me diera cuenta. Llegando al Benito Juárez, dimos 10 o 15 minutos de vueltas en el aire hasta que la única pista (por trabajos en la segunda) estuviera disponible. Nuevamente, salimos antes que todos. Íbamos en la mejor clase del avión, era lo menos que podía suceder.
Luego de atravesar el aeropuerto entero, y sin saber por qué si el avión queda en un extremo, se llevan las maletas al opuesto, salimos a las áreas comunes para buscar el counter de la línea que nos traería de regreso a Chile. En medio de gritos por los casi goles de México en su último partido antes de quedar descalificado, llegamos al counter vacío que indicaba, siendo cerca de las 3 de la tarde, que el check in para el vuelo de las 23:00 y 23:55 comenzaría a las 7 de la tarde.
En los espacios públicos no hay ni una silla. No exagero: ni "una". Fue así como pasamos de pasajeros VIP, a una especie de grupo homeless: sentados en el suelo al lado de nuestras maletas. Salíamos en pares a estirar las piernas o comprar algo para comer con los pocos pesos mexicanos que nos iban quedando. Nos adueñamos de un carro portamaletas que hizo las veces de banca, y nos permitió permanecer sentados sin que se nos acalambraran las piernas. A las 7, y en primera posición, mostramos nuestros tickets liberados con una mano y cruzamos los dedos con la otra para que nos dieran los pases de abordaje. Seguramente la virgencita de Guadalupe que llevábamos en la maleta y el dios Tonatiuh, nos dieron su ayuda y ahí estábamos, con nuestros pases en la mano y las maletas, por fin, lejos de nosotros.
Una vez en la sala de espera cómodamente sentados, las siguientes últimas 4 horas eran "miel sobre hojuelas" después de las que pasamos en el suelo.
Con mi segundo mareamin del día en el cuerpo, el sueño era incontrolable casi desde el despegue. Pero el apetito era más y aguanté hasta después de cenar. Hubo "sube y baja", y turbulencia tipo coctelera durante casi toda la noche, o al menos, cada vez que despertaba, pero mi cansancio era tan grande que no me preocupé, la pastillita hacía lo propio y simplemente sentía el movimiento pero no el vértigo.
Después del desayuno con frijoles refritos y omelette sin sal, llegamos a Santiago. El paso por las nubes fue largo, era como estar todo el tiempo entre nubes y descendiendo. De pronto, un golpe que nadie esperaba y mi inocente pensamiento "¿chocamos?". No, era todo neblina afuera y por eso nadie se había dado cuenta de que estábamos por aterrizar. Luego de muchos minutos avanzando por la pista (pareciera que aterrizamos en Américo Vespucio y teníamos que andar hasta la verdadera loza), el gigante volador frenó.
¿Recuerdan cuando dije que el calor en Vallarta se notaba al bajar del avión? Pues aquí fue lo mismo, sólo que fue el frío el que nos recibió. Reconocí el bello invierno chileno cuando mis manos alcanzaron temperaturas que sólo ellas y algunos metales, pueden lograr.

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