enero 25, 2007

enero 19, 2007

Mera Observación

A veces las historias tiernas se cuentan ante nuestros ojos.
Ayer pasé a la panadería de barrio que hay cerca de mi casa. Como siempre en la tarde, los fieles compradores de marraqueta recién horneada, hacíamos una pequeña cola para llegar al mesón. Esperando fuera de la panadería, había una niñita de unos 3 o 4 años, sentada en su bicicleta con rueditas de apoyo, estacionada de frente a la murralla de la panadería, afirmando el manubrio con su mano derecha y con la izquierda, comiendo un chocolate que -con forma de helado- está pegado a un palito. Se retiraba del local un señor con un bebé de año y medio que apenas caminaba sujeto de su mano izquierda, y le decía "llama a tu hermana, llama a tu hermana", instrucción a la que un varoncito de pañales y poco equilibrio, no podía menos que no reaccionar. Mientras, yo miraba cómo la bella niñita rubia de pelo rizado escuchaba a su abuelo y comenzaba a comer cada vez más rápido su pequeño chupetín. Su abuelo avanzaba, con esa mala costumbre que tienen los adultos de adelantarse perdiéndose la diversión, pero luego se detuvo, y sólo llamaba a su nieta por el nombre. Ella estaba en una situación difícil, no podía manejar su bici con el dulce en la mano y no sabía dónde dejarlo, por eso su urgente necesidad de devorarlo para luego ir a botar el palito al basurero de la panadería -como seguramente sus padres le han enseñado- y regresar para sacar su vehículo de la posición en que estaba. Lograrlo, fue otra titánica experiencia. Si bien hacía la fuerza para conseguir que se movieran sus pedales, ésta no era suficiente, y por la posición en que estaba, la bicicleta no se iba hacia adelante ni hacia atrás. El abuelo se escuchaba un poco más lejos cada vez. La niñita lo miraba, miraba angustiada su corcel de metal, pero no se rendía ante el esfuerzo que significó hacer por lo menos diez intentos hasta que por fin, la bicicleta giró, la ciclista pudo volver a la vereda y llegar hasta los dos varones que la esperaban pasos más allá.
A mi edad, uno no recuerda los esfuerzos que significan algunas maniobras cuando las manos no son diestras, la cabeza es muy grande y el cuerpo es de un tamaño tan poco práctico. Es muy gratificante tener ojos observadores para darse cuenta de que hay pequeños héroes por todas partes.

enero 16, 2007

Cassandra: Desahogo

La mami le cuenta a quien se le cruza que de noche le muerdo los pies.
Pues bien ¡basta ya! de creer que soy la única que propicia roces intrafamiliares.
Cuando viajó, hace semana y media, me sacó con un ESCOBILLÓN desde atrás del refrigerador. Un escobillón que tenía un paño sí. Y no me pegó sino que me empujó un poquito para que yo sintiera que no había espacio y saliera. Pero igual!! violencia es violencia!
Hace dos noches, sí, le mordí la manito y lloré varias horas, pero ¿por qué? porque se acostó sin mirar mi platito y resultó que ¡estaba vacío! ¿no habrían mordido ustedes? ¿ah?
Bien, y anoche... anoche no saben. Yo me acosté tempranito igual que ella. No vimos película ni nada. Y en la mitad de la madrugada, recibo una patada. UNA PATADA, tal como lo leen. Sin mediar provocación, me pegó una "chuleta", con mi consecuente reacción de salto en el aire. Ella se despertó con el incidente (sí, estaba durmiendo, pero y qué? acaso le vamos a dar inmunidad por eso???) y vio como me abalanzaba entre asustada y enfurecida, sobre ella. Solo alcancé a morder un poquito de su pie y otro poquitito de su mano mientras me decía "fue sin querer, fue sin querer". Cuando se durmió, le fuí a morder el pie que sacó fuera de la cama para terminar de relajarme, despertarla, y así, instalarme para que me hiciera cariño y perdonarla.
Ella dice que soy una fresca y yo no encuentro. Es mi casa, y es MI mami. No veo dónde me pude haber tomado atribuciones de más. Nisiquiera cuando entro a la tina apenitas ella dejó de ducharse o cuando me encaramo a langüetear la cajita de su leche con chocolate. Habla de más. Como si yo siempre la despertara con mis maullidos de noche... nada, en una semana grito, a lo más, seis noches, eso no es "siempre". Ni le saco muchas hojitas a las plantas, sólo las necesarias para jugar. Y tampoco se me puede culpar de la manilla que le falta al cajón, porque yo me la encontré en el suelo, y "sólo" la perdí.
Estoy pensando seriamente en redactar los derechos de los gatos, o para evitar el cansancio, buscarlos en Internet.

enero 14, 2007

Cassandra: ¿Dónde está ¿Wally??

La mami dice que estas fotos están tan malas que mejor ni diga que las tomó ella. Así que no diré.

Según ella, se parecen a un juego que se llama Where's Wally? en el que buscan a un flaquito de anteojos y gorro, que viste una camiseta a rayas rojas.

Bueno, ésta es mi versión. Gana el que me encuentra.

enero 13, 2007

13 de Enero

Según algunos, los primeros días del año reflejan sus doce meses.
En ese caso, mi año debería venir buenísimo!
Los primeros doce días del año (en realidad trece, porque hoy ha estado de maravilla) han traído muchas experiencias gratas, conversaciones de las más honestas que recuerdo, y un estado de total tranquilidad para mí.
Como si fuera un cristal de cuarzo, dejé pasar de largo todas las angustias, y reconocí la buena cantidad de sensaciones gratas que se paseaban cercanas.
Un día bueno, no es aquel en que no tengo problemas, es aquel en que puedo enfrentarlos. No es aquel en que no siento miedo, es aquel en que puedo expresarlo. No es aquel en que estoy con gente, es aquel en que me acompaña el cariño de las personas.
Un día bueno es un día como el de hoy, en el que percibo lo muy bueno que hay en mi vida.
Un día malo, es entonces, aquel en que a pesar de recibir sonrisas, no recibo un cariño honesto. Aquel en que no tengo inspiración para escribir a causa de mi expresión reprimida. Es un día en que teniendo los mismos ojos, no soy capaz de ver la belleza, o teniendo tantos pensamientos, no soy capaz de mirar.
Hoy es un día precioso. He estado sola, pero mis amigos están con sus familias, mi madre con sus hermanas, mi gata con su cajita de arena limpia y yo, a punto de ir a tomar un rico helado. Nada puede ser mejor.

Lican Ray

Al parecer una araña (nunca se supo) fue la causante de mi repentino y corto viaje, hace una semana.
Mi buen amigo de Temuco, recién salido de sus días de hospitalización con antibióticos a la vena, pretendía cumplir su compromiso de viajar a Santiago a pesar de su hinchada, y poco agraciada, pierna edematosa. Amenazados todos, su familia y yo, de que iba a venir de cualquier forma, surgió la linda idea de que yo viajara y aprovechara de celebrar con ellos el cumpleaños de su hermana en Lican Ray.
A mitad de semana me aparecí por la ventanilla de la empresa de buses y pedí mi pasaje de ida "¿para cuándo?", "para el viernes", y "¿de regreso?", "el domingo", respuesta que fue suficiente para que el dependiente me hiciera el comentario de que era muy poco tiempo para tan lindo viaje, a lo que no podía menos que decir que sí, pero que valía la pena.
Diez y media de la noche del viernes, después de ir a buscar a mi gata, retirar un exámen de laboratorio, regar las plantas de mi tía y dejar a la felina con mi mamá, partía mi viaje hacia Temuco. Desperté unas 8 veces durante la noche pero el tiempo pasaba muy lento. Antes del amanecer, la silueta de las nubes sobre los campos y el color anaranjado del cielo, creaban imágenes conmovedoras.
Mi llegada estaba prevista para las siete y media de la mañana, pero a eso de las seis cincuenta, los pasajeros coincidían en llamar a sus familiares diciendo "estamos llegando". Así que tomé mi teléfono y le dije a mi amigo "parece que estoy llegando" y dentro de otras preguntas, me dice "¿... pero ves casas?" y le dije "no". Corté y acto seguido ¿qué ví?... casas.
En fin, esperar en un terminal tampoco es tan malo, sobre todo cuando existe un hall interior para una mañana bastante más fría que las de Santiago. Habiendo llegado mi amigo de cojo pero digno caminar, salimos del terminal y leo con infinita gracia cómo el cementerio colindante hace propaganda a su "moderno crematorio" como quien avisa una pasta dental.
Después de un conversado desayuno y de las muchas actividades (y vueltas) de mi amigo antes de dejar la cuidad, salimos junto a su hijo pequeño, rumbo a Lican Ray, que está a más de hora y media de camino.
Al llegar, el resto de la familia. Me recibieron como si la que los hubiera invitado fuera yo, já. Abrazos, besos, y en fin, esas cosas que no entiendo cómo otras personas no disfrutan, pero para mí son de lo mejor. Compartimos un rico almuerzo y un buen rato de cháchara entrentenida, hablando de fotografía, del lugar, de mis amigos cuando eran pequeños, de sus viajes familiares y bastante más.
Por la tarde, el bello lago Calafquén refrescaba a los veraneantes y me maravillaba con su belleza. Mis ojos se perdían entre tantas imágenes y recordaba mis paseos de infancia al lago Llanquihue. Sin duda, a pesar de eso, el ambiente creado por aquella familia, era lo mejor.
La noche de ese día, fue de pasear por el lugar, su plaza, y ver arroyos de lava antigua, bajo la luz de la luna.

El día domingo tomé un contundente, delicioso y conversado desayuno. Hacia el mediodía, bajaba a la playa a encontrar a mi amigo que a esa hora, haría Iaido. El lugar que elegimos, fue un sauce enorme que le regaló sombra suficiente para no desvanecerse de calor durante la práctica. Mientras, yo saqué fotos y sin ánimo de hacerlo, me encontré meditando sentada en el tronco del amistoso sauce que nos acogió.
Luego de eso, hambrientos y felices, compartimos entre todos un almuerzo con carne, papas, tomate. Esos alimentos simples que son capaces de convertirse en un banquete en cualquier momento. El postre no sólo fue la sabrosa sandía, también fue la guitarra, que nos acompañó hasta la playa para cantar un poco de bossa nova con mi desaliñado portugués y otras lindas melodías orquestadas por los dedos gráciles de mi amigo músico.
La tarde nos apuró, pero no tanto como para no tomar once, y partimos de regreso a Temuco por un camino que, esta vez, retuve mucho más.

Al anochecer, en el rodoviario, podía ver a mi amigo despidiéndome con mímicas y morisquetas que me hicieron recordar cuando me hacía reír de la misma forma aquel año 92 en que lo conocí en la bella cuidad de Valdivia. Parece que el sur tiene eso de marquetear los crematorios y hacer que los amigos se vuelvan un poco locos.

(Dedicado a la familia Gil Ramírez)

Cassandra: sin título

Puaj, hoy vomité mi primera bola de pelos.
El que sea sensible al tema, descuide, esa fue la peor parte.
Y por qué tenía una bola de pelos?
Bueno, fue así...
Deberán recordar mi apacible vida de gata en casa a ras de piso de buen vecindario, que a pesar de la molesta convivencia con un par de perritas, intenté mantener a través de distintos nuevos caminos para escapar y uno que otro cambio en mi rutina diaria. Pues, un día la mami comenzó a tomar todas sus cosas, y yo pensé, "bueh..." y de pronto comenzó a tomar todas "MIS" cosas... y entonces pensé "¡ops!".
De un día para el otro me ví viviendo en un tugurio de mala muerte (con todo respeto), sin patio, en altura y con un calorazo que derrite. Mi ánimo decayó de tal manera que me resistí a comer y comencé a pelechar, y la mami como haciendo raya para la suma me mira y dice "es tres" y yo no sé qué tienen que ver las matemáticas o si quizo decir que pelechaba como tres gatos en vez de una, pero el asunto es que luego de decir eso, me cambió el alimento y comenzó a comprar todo tipo de utensilios eliminadores de pelos para sobrellevar la situación, unos para mí, otros para la ropa, otro para los muebles y un pañito que con estática hace de las suyas llevándose el polvo y los pelitos esquivos.
De aquel tiempo, hace ya un par de meses, y aunque mi apetito mejoró, el tema de mi pelecha constante nos sigue intrigando.
El nuevo sucucho (insisto, con todo respeto), no tiene patio (perdón que repita pero tengo que reclamar cada vez que pueda). Está en el piso ocho y tiene un balcón que sí, se veía salvador, pero estaba fuera de mi alcance. La mami hizo el intento varias veces de sobreponerse a los nervios que le daba verme saltar a la barandilla, pero no pudo, así que me dejaba con el calor intenso del sol mañanero, nada menos que encerrada y sin cortinas, con el calor entrando por toda la casa.
Lo bueno que sucedió fue que un día apareció JP, un amigo nuevo que tengo (de mi mami es amigo hace como 15 años) (¡qué viejos no!) y le dijo que yo era gata, que no me iba a caer y que si me caía, en fin, sería en mi ley. Yo apoyé la moción, y fuimos dos contra una, así que desde ese día al menos me dejaba pasear en las tardes cuando ella llegaba.
Y convencida de que podía cuidarme sola, a las semanas la mami decidió empezar a dejarme con la ventana abierta durante el día y varias bendiciones antes de irse a trabajar. Los primeros dos días llegaba corriendo a verme, y yo la esperaba adormilada y regalona, así que se relajó. Tenemos un trato, ella me deja salir y yo, salgo ¿o no es un trato ese?
Lo que me gusta de la tonterita esa en que vivimos, es que van amigos de la mami que la quieren mucho, y ella se alegra y prepara unas onces con marraquetas calientes que hasta a mí me dan ganas de un trocito con mantequilla. Incluso tengo un fan, que se llama C, y que es quien más lee mis "columnas" en el blog desde siempre. Eso sí, a mi me gusta de lejitos, porque siempre me da susto la gente.
Bueno, casi siempre, porque cuando viene JP y cantan con la mami, es raro, pero me transformo y me paseo casi encima de su guitarra. Es que hija de tigre, tenía que salir rayada, así que me encanta la música (eso sí, por favor si alguien puede hacer causa común conmigo, díganle a la mami que deje de escuchar tantas veces "Desafinado" que hasta yo voy a terminar cantándola).
De nuestra vida, lo mejor, es que puedo regalonear cuándo quiera y donde quiera. Generalmente, tipito cuatro. De la madrugada. Pongo mi cabeza en la mano de mi mami inconciente, para que ella me acaricie. Si no resulta, le paso la lengua por la cara y después de reclamar, me hace cariño. Eso puede durar harto rato, depende de cuánta ración de amor esté necesitando y cuánto ánimo tenga mi mami de estar despierta a esas horas. La otra modalidad que tengo de llamar su atención, es mordiéndole un pie cuando lo saca fuera del cobertor. Es nueva y la encuentro ¡tan! divertida.
Lo peor, pasando al otro extremo, es que a la mami le ha tocado salir dos veces de viaje y las dos veces ¿adónde voy? a la casa de mi abueli. Y me gusta estar allá, lo que no me gusta es lo que pasa entre estar en mi casa y la de ella. Como después del cambio me dí cuenta que no es buena señal que a uno lo metan en el adminículo de transporte, aprendí la sencilla técnica de abrir mis cuatro patas y apoyarlas en la puerta de entrada de esa caja infame. Con eso, no sólo hago ejercicio y transpirar a la mami, también, evito que le den ganas de sacarme muy seguido. Una vez adentro, lo que sigue, esa vuelta en auto en la que la mami aprovecha de hacer un montón de trámites antes de llegar, es otra de mis desgracias. Pero ahora me voy en el asiento de adelante, con lo que sólo tres o cuatro veces emito un desgarrador maullido para jugar a que asusto a la conductora, y listo. Llegando a la casa de la abueli, todo cambia. Su departamento es grande y tiene muchos lugares frescos (además de canaritos, como ya saben) (pero no me los deja ver, como ya deducen). Ella tiene más pánico que la mami de que yo me caiga, así que no me deja salir al balcón, pero en ese tremendo espacio, con escalera, juguetes, closet para dormir, no necesito nada más. Ella me gusta porque me hace cariño y pasa conmigo todo el día. Y cuando me aburre, la ignoro y me voy, y ella me hace un desprecio ¡Nos queremos tanto las dos!
Pero, como nada es perfecto, pasan los días y ahí está de vuelta "la cargante" de mi mami y me agarra, y otra vez el show de la caja y mis contorsiones. La última vez estuvo 20 minutos debajo de la cama de la abueli antes de atraparme. Al menos que le cueste.
¿Y en qué estaba? ah! en mi bola de pelos, pues sí, como pelecho tanto me trago hasta los bigotes y me indigesté. Pero en fin, "gajos de la naranja" como dijo otro buen amigo.