noviembre 28, 2005

Anécdota: El Disfraz

Recuerdo tan bien la noche anterior. Tenía 8 años y mi mamá sacaba del ropero un libro gigante, heredado de su padrastro español y orgullosa me decía que al otro día me vestiría como una de las bellas ilustraciones que salían en él. Era un librote de tapa color sandía, del mismo color de la falda que, combinada con gruesas franjas negras, iba a ser parte de mi atuendo.
Mi mamá me dijo que me disfrazaría de algo pero yo no sabía lo que era, por lo que tuve que repetir varias veces antes de retener el nombre. Pero en fin, cuando se es pequeña, uno confía a ciegas en su mamá, más si ella nos lee con magia un párrafo de un libro precioso como el que tenía entre sus manos.
El traje se completaba con un pañuelo, y un canastito que originalmente era la cuna portátil de una de mis muñecas.
El día sábado llegó. Caminamos hasta el colegio y ví a mis compañeras disfrazadas de mariposas, princesas, bailarinas. El disfraz envidiable era el de la Pepa, que iba plateada entera como una especie de pequeño ser extraterrestre, aunque pudiera estar confundiéndome con otra de las tantas veces que debimos disfrazarnos.
La señorita Ma. Isabel hizo con nosotras una larga fila atrás del escenario y salimos una por una a decir nuestro nombre y de qué íbamos disfrazadas. Por supuesto, en cada salida los rostros de la audiencia se sonreían de ver lo tierna y divertida que se veía la señorita que frente a ellos se presentaba vestida de algo que no era. Llegó mi momento, la Nena estaba detrás mío dignamente vestida de aldeana y la profesora me dio la señal. Salí y las caras de todos los papás me miraron agradados y aplaudieron, como a todas. Una vez que dije mi nombre, me concentré para decir la palabra que descubría el misterio de mi disfraz, y dije que estaba disfrazada de "Asturiana". "¿Asturiana?" Me parecía oír que eso era lo que cuchicheaban y recuerdo las caras de todos sin saber si no habían escuchado o entendido. No sabía cómo mi mamá me había podido hacer una cosas así, resultaba que nadie entendía de qué estaba vestida y yo tenía la vergonzosa necesidad de explicar que Asturias era un pueblo español. Los papás, que mantenían aún sus muecas extrañadas, me aplaudieron con tanto cariño como al resto y finalmente los dos minutos de suplicio acabaron mientras bajaba la escalera. Lo importante después de eso, era el abrazo orgulloso de mi madre y la bebida de recompenza.
Hoy, no puedo dejar de reír cada vez que recuerdo, como si estuviera ahí, la cara de desconcierto que provocaba entre los asistentes un nombre tan raro para un disfraz tan sencillo. Y valoro la generosidad con que mi mamá esforzaba al máximo su creatividad ante la falta recursos, tanto para darme un disfraz original como para hacerme sentir que sería de verdad especial.
Por su puesto, la misma falda fue usada en muchas otras ocasiones, creando cada vez, un disfraz distinto.

(27 de noviembre 1982)

noviembre 25, 2005

La Caro y la Pepa

(inspirado luego de leer el comentario acerca de lo que escribí sobre Marcela Serrano)
Cuando era pequeña admiraba a dos compañeras de colegio que estaban conmigo desde kinder: la Caro y la Pepa. Por esos días yo estaba segura de que habían estado primeras en el reparto de habilidades previa llegada a este mundo.
La Caro no era sólo mi compañera, también era la amiga con quien más compartí durante mi niñez. Intelectual de nacimiento, leía densos libros de más de 600 páginas, mientras yo renegaba por defecto de cualquier libro que me dieran para leer. Recuerdo muy bien la vez en que, de paseo en Punta de Tralca, yo leí las 30 páginas que me quedaban de Romeo y Julieta, en el mismo tiempo que ella lo leía completo por segunda vez. Cuando hubo que tejer, yo iba en la mitad de una dispareja bufanda, mientras ella lucía su sweater sin mangas color mantequilla. Hacía queques cuando yo sólo sabía comerlos y fue capaz de escribir para una tarea, como a los nueve años, la histórica frase "Vaya! dijo la yegua baya al saltar la valla..." (que seguramente lo hacía para comer bayas, no estoy segura), que más de alguien me debe haber escuchado y tal vez ella ni recuerda.
La Pepa, por otra parte, tenía una mezcla de artista, buena lectora y habilidosa matemática. Era una diestra tecladista mientras yo transpiraba aprendiéndome Noche de Paz en flauta, y tocaba el órgano en la misma presentación musical en que yo intervine contadas veces con el poco exigente triángulo. Me enseñó por primera vez a Benedetti y Mafalda, y claramente entendió las operaciones entre matrices mucho antes que yo. Durante nuestra católica adolescencia fuimos grandes amigas y compartimos muchas horas haciendo duos guitarreros y cantando en misas, seguidas por todo un curso que hacía cualquier cosa por perder unas horas de clases. Cantábamos a voces, compartíamos canciones y nos llamábamos mutuamente "Ajicito".
Ambas no sólo eran diestras y geniales en distintos aspectos, sino que valiosas personas, de una humildad enorme para compartir sus habilidades y conocimientos conmigo, y tan lindas que muchas veces elogiaron mis propias aptitudes y personalidad. Detenida en este momento de mi vida me doy cuenta de que uno no es, sino, el paso de distintas personas, que nos mostraron aquello que no conocíamos, que nos dieron valores que no adquirimos antes, que trasformaron con su propia vida, la nuestra.
Después de salir del colegio, cada una me dio otra gran alegría al acordarse de mi. La Pepa me escribió desde Canadá, durante su viaje el primer año fuera del colegio. En perfectísimo inglés me saludó y escribió por lo menos 3 líneas, luego de las cuales leí "¡te la creiste!"; y sí, había creído que en un par de meses su inglés era excelente y me reí con ganas al saber que era sólo una broma. A la Caro, tuve la linda oportunidad de verla, muchos años después, entrando a la Iglesia el día de su matrimonio. Más lloraba yo que ella (no sé si se dio cuenta), dejé los pies en la pista de tanto bailar y por primera vez en un matrimonio me fuí, literalmente, cuando ya todos se iban (suegros y novios) y más encima, con una tartaleta entera bajo el brazo.
Hoy, ambas son madres de unos pequeños preciosos, profesionales, compañeras y grandes mujeres. Lo más lindo de todo, es que siguen cerca, tan cerca, que van a ser las primeras en saber que escribí esto para ellas.

noviembre 24, 2005

Una amiga de siempre

(el día de su primera ¿y última? comunión)
Todos tenemos amigos. El que menos, tiene su "compadre" o su "socio". Pero algunos tenemos la suerte de tener algún o algunos amigos desde siempre, de esos con los que nunca se perdió el contacto ni la intensidad de la amistad.
Yo tengo una.
Ella llegó a mi vida cuando teníamos 7 años. Era una chillona bajita, que yo iba a buscar de la mano para que subiera a la sala de clases porque no quería que la dejaran en el colegio. A esa edad uno no elige a la casa de qué amigos puede ir, pero mi mamá tuvo el ojo de hacerse amiga de la suya, y comenzamos a pasar varias tardes juntas. Su hogar era una casona llena de habitaciones con paredes altas y un patio de media cuadra. Lo mejor del lugar: el cuarto oscuro. Una pieza sin ventanas en la que guardaban de todo, por eso era entretenido. La otra maravilla de esa casa eran las onces que preparaba su mamá. Visto hasta acá, parecería que iba de visita más por su casa que por ella, pero no.
Yo tenía bicicleta y ella patines. Como siempre en la vida, lo que ella quería era una bicicleta y yo, los patines, así que cambiábamos los vehículos por tardes enteras. En su patio jugábamos a la pelota y alguna vez tomamos sol embetunadas en coca cola. La leyenda familiar dice que siendo bastante chica, rompí una de sus muñecas, me fuí de su casa sin despedirme de nadie y mi amiga quedó llorando. Nos veíamos todos los días en el colegio, nos acompañábamos de regreso a casa y varios años nos sentamos juntas. Sé que a veces no me soportaba, pero jamás peleábamos. Durante los recreos compartíamos la riqueza de nuestra amistad y la pobreza de nuestros bolsillos, comiéndonos todo a medias. Compartimos las fiestas escolares, las idas al cine, las penas de amor y la idea de teñirnos un mechón verde ella y yo, uno azul, que nunca se concretó.
Cuando se supone que la vida nos podía separar, no lo hizo. Y cuando las vidas de las dos se vinieron abajo ella fue, como siempre, mi leal compañera.
Nunca hemos sido amigas exclusivas, siempre hemos tenido más amigos, pero ella es especial porque nunca ha dejado de estar a la corta distancia de un llamado.

noviembre 23, 2005

Tía y primos ( i )


A los seis años no tenía idea de cuán importantes serían las fotos para mí. Durante ese año, el 80, recibí esta foto mientras estaba en cama con alguna enfermedad o peste de las que nos agarramos cuando somos pequeños. Mi tía me la dio de parte de ella y mis primos, como recuerdo de sus vacaciones en Valdivia. La encontré preciosa. Desde ese día, siempre ha estado conmigo. Debió ser el cariño con que mi tía me la entregó; o lo bien que se veían los tres en el botecito ese.
El niñito del medio, hoy está irreconocible. Misteriosamente, de ser un rubiecito de vocecilla tipo "soprano", pasó a ser un morenazo de piel mate a medida que crecía. El primo menor que al final es más alto que uno, más inteligente que uno, más exitoso que uno, un orgullo familiar.
Su hermano mayor, al lado, hoy es padre de un niño precioso y una bebita de ojos dulces. Tiene una de esas familias soñadas all-inclusive (la casa, el perro y "la parejita").
Mi tía, la guapetona de la derecha, está igual, sólo que se le han sumado muy dignamente algunos años. Para mí ella es recuerdo de varias cosas a la vez: el Zastava amarillo al que había que ponerle agua varias veces para llegar a la playa, los benditos caracoquesos que fueron una verdadera etapa en su cocina, sus regalos de parte de ella y de sus hijos que nunca sabían qué rayos me estaban regalando, sus llamadas a primera hora el día de mi cumpleaños, sus visitas cada vez que estuve enferma, sus panqueques con mermelada de damasco, sus "modula, mo-du-la", y podría seguir.
Lo mejor de todo es verlos felices hoy. Ese es el mejor regalo que me da esta foto cada vez que la miro.

noviembre 21, 2005

Mafalda

(Imagen tomada de www.clubcultura.com. Copyright Quino)

Bien, si hablé de Metheny, tengo que hablar de Mafalda.
Ella llegó por primera vez en el mismo tiempo de colegio y de las lecturas forzadas, pero en la forma de uno de esos libritos de tiras cómicas que una compañera de curso (la Pepa) me prestó.
Fue abrir, leer y reír. Y seguir y seguir riéndome. Entonces, me dí cuenta de algo más que me cautivaba.
La hepatitis del 91 trajo bajo el brazo del mismo amigo que me pirateaba los cassettes de Pat, a Mafalda Inédita para que pasara mis horas de aburrimiento. Y comenzó la lectura obligada de las historias de esta señorita argentina, tan incisivamente retratada bajo el genial lápiz de Quino. Llegaron más libritos de tiras cómicas y de pronto Toda Mafalda, el compilado que cualquiera de sus seguidores añora y libro de cabecera que causaba la curiosidad de mi madre cada vez que lo leía, por mis carcajadas.
Comprendí en esa época que Mafalda (y me refiero a la tira, no sólo al personaje) genera las más de las veces reacciones polares: la amas o la detestas. Porque a quienes nos gusta, nos hace falta sólo el inicio de alguna de sus historias para reír y recordar su caricatura, pero a quienes no les gusta, ningún esfuerzo de explicación ni análisis de su dibujo les hace salir una sonrisa, sino sólo una mueca agradecida de alguien que intenta evitar que nos sintamos mal.
Los detalles dibujados en sus tiras, son un segundo mundo por descubrir. O bien pueden ser la excusa para poder seguir leyéndola una y otra vez, porque como dijo alguna vez una persona: "envidio a los que no han leído a Mafalda antes, porque ellos tendrán la posibilidad de leerla por primera vez". Y es cierto que cuando parecen haber pasado todas las historias por mis ojos, deseo encontrar casualmente algún chiste que no haya leído antes, para disfrutarlo denuevo como la primera vez que abrí ese librito que la Pepa, generosamente, me prestó.

Pat Metheny


Pat Metheny llegó a mí en la forma de un cassette, copiado de un cd (cuando eran tan escasos), de manos de alguien que quizo alegrarme con su regalo, y lo logró. Era Letter From Home. El segundo cassette debidamente pirateado, fue Still Life. Y ahí comenzó todo.
Los escuchaba casi hasta a la migraña en mi radio plateada cuando tenía 16 o 17 años. Tarareaba las canciones en la ducha, en la calle (gusto que aún conservo) y en mi cabeza, cuando las clases estaban muy aburridas. Durante el primer año fuera del colegio, conocí a alguien que tenía la letra de Dream of the return. Vaya. La voz de Pedro Aznar que parecía estar hablando en otro idioma, de pronto se hizo completamente audible. Ya podía hacer algo más que tararear.
La invitación a uno de sus conciertos en San Carlos de Apoquindo, fue sin duda otro de los obsequios maravillosos que alguien me dio. El corazón ya se me salía al escuchar la banda y las voces mágicas de unos músicos de color, que por si fuera poco, además de cantar como dioses, tocaban varios instrumentos.
Mis dos cassettes fueron por años la única posibilidad de escuchar a Metheny a discreción y otro cassette pirata, First Circle, que un primo me prestó. Luego, un cd que me regalaron el año 97 We Live Here. Hasta que llegó la maravillosa tecnología MP3.
Gracias a otro amigo que me grabó todo lo que encontró y a la posibilidad de buscar yo misma en internet, comencé a escuchar no varios, sino "decenas" de temas que alguna vez reconocí como parte de la discografía de Metheny y los muchos otros que jamás había oído. Sin embargo, la deuda con Metheny, después de tantas alegrías que me ha dado, es por supuesto, recopilar su colección bajo las leyes del copyright y no privarlo de los dolarcillos que recibe después de cada venta. Es una larga y costosa tarea, por el número de discos, su escacez y sus precios, pero vale mil veces la pena por conservar músicos como él.
Recuerdo el particular hallazgo de "James". Tanto y más que Frist Circle, James se me incrustó en la piel. Uno no sabe por qué, pero de pronto se estremece y se emociona con temas que son sólo música. Tal vez sea que la guitarra de Metheny parece cantar. Sin embargo, aún no sé en qué disco aparece, si es que aparece en alguno.
Hay trabajo para rato con este músico por encontrar sus canciones y reunir su discografía. Ojalá haya tiempo para escuchar esos viejos cassettes muchas veces más.

Código da Vinci

Lo mejor de tener un blog, es que uno puede escribir lo que quiere. Se las puede dar incluso, de comentarista de libros, o películas. Como yo, que ahora voy a dar mi parecer sobre el Código da Vinci.
Bien, sin una pizca de estudios en materia de composición literaria, este comentario sale sólo de mi visión como lector. Es una novela que atrapa desde el inicio y que contiene una trama rápida y entretenida. Uno de esos libros que la gente sabe rápidamente si lo va a terminar en un par de lecturas, o no llegará a terminarlo.
Tras su éxito y las críticas de veracidad en cuanto a las distintas teorías que aparecen en él, me animé a leerlo desprovista de todo prejuicio, y me encontré con un libro actual, lleno de descripciones que acarrean una observación e investigación meticulosas, que hacen tener respeto por la dedicación del autor. La historia se nutre de persecusión y una seguidilla de pistas, que no dejan espacio al aburrimiento.
El análisis de qué tan bien o mal trata a la iglesia y a otras agrupaciones, no es tema para mí. Está clasificada como novela, y ahí se queda, porque basta con la aclaración de que la descripción de lugares y obras sea verdadera, para causar el interés en los códigos y en las obras mismas de Da Vinci. El resto es sólo argumento que cada uno validará como ficticio o real, en la medida de sus propias convicciones.
Un buen libro para llevar a un viaje, aquellos de descanso en que uno tiene mucho tiempo seguido para dedicarle.

Marcela Serrano


(Imagen tomada de http://www.escritoras.com/escritoras/escritora.php?i=947904406)
El sábado pasado, descubrí a Marcela Serrano. A pesar de haber escuchado que sus libros son buenos y de que me cautiva cada vez que veo una entrevista suya, nunca había tenido uno de sus libros en mis manos.
El sábado tenía dos horas de espera que rellenar de alguna forma. Estaba en Providencia y el intenso calor se colaba por mi ropa, agradezco que así fuera, porque el panorama preciso era entrar a la biblioteca. Pedí dos libros que no estaban y luego me sugirieron ir a buscar a un pequeño estante lleno de libros para leer en la sala. Y ahí la encontré. Su nombre en "El Albergue de las Mujeres Tristes", "Hasta Siempre Mujercitas" y en ese título que ya había visto alguna vez y que escogí para esa tarde: "Antigua Vida Mía".
Me sumergí desde sus primeras páginas con esa alegría de haber abierto un libro que te invita a olvidar si hace calor, si estás rodeada de gente, si tienes hambre o si la hora ha pasado. Y luego, me tocó la fibra de fémina orgullosa, esa que se contenta de que una pluma tan versátil sea del mismo género y vea con ojos tan humanamente femeninos como los míos.
La historia es simple, pero ella describe y analiza, y explica, entonces vas leyendo varios trozos entremezclados, pero que no enredan la lectura.
El calor que traía me obligó a sentir sueño a pesar de la entretenida lectura, y como es costumbre para mí cada vez que voy a esa biblioteca cuando las letras comienzan a bailar ante mis ojos, acomodé mi cabeza sobre mis brazos y dormí. Al despertar, retomé el libro, y lo saboreé hasta la página 80...
Lástima, después tuve que irme, las dos horas se habían acabado. Pero por fin había leído algo de Marcela Serrano, y por supuesto, la primera misión es conseguir el libro para terminarlo y luego leer el resto de sus obras.
Abran uno de sus libros, creo que entenderán cuando digo que son como saborear un pie dulce recién horneado. No es una lectura intelectual, es de sentimientos, es de encontrarse reflejado en sus personajes, en sus historias, es haber vivido sus mismos dolores y temores. No es simple, ella va desenhebrando todo. Y es chilena, que grato leer que todo trancurre en Ñuñoa. Un nombre que no imagino que exista en otra parte. Un nombre como cochayuyo, o charquicán, esos nombres tan nuestros. Fue un placer, sabiendo que vive hace tanto tiempo fuera de Chile, notar en su historia un apego tan sincero a este país.
Un gran placer la verdad: mujer, chilena, y gran escritora.

noviembre 18, 2005

Carrington


Gran película, lástima que sólo la haya podido comentar con una persona, porque nadie más la ha visto. La ví hace muchos años por eso no tengo en la mente todos los detalles y tengo el libro, encontrado en una venta de usados como gran casualidad.
La historia está llena de dolores por tratar de ser y hacer lo correcto, de un amor imposible pero enormemente generoso, de una incomprensión notoria. No la sé analizar filmográficamente, pero es de aquellas películas que quedan rondando en la mente. Acostumbrados como estamos a dar por imposibles los amores de dos personas que no pueden unirse por estar comprometidos con otros, por no dejar sus vidas cotidiandas, o por miedo, es extraño ver la posibilidad de que lo imposible esté dado porque una mujer que no gusta de los hombres se enamore de un hombre que gusta de ellos. Los personajes son bellísimos, tanto que no permiten al morbo entrar en el espectador.
La recomiendo para los amantes del cine inglés, de las buenas tramas, pero sobre todo, para aquellos que se sobrecogen con historias que son, antes que nada, muy humanas.

Bienvenidos



Como sea que hayan llegado... aquí son bienvenidos. En especial mis amigos y familia, para quienes he creado este blog. Si alguien me busca, llegará.
Si somos importantes para alguien, se nos busca. Si somos amados por alguien, de alguna forma se nos encuentra. Y todas las excusas, son sólo eso.
Hecho este alcance, supongo que alguna vez alguien visitará este lugar, y se animará con mis palabras o con mis fotos, recurso vital para quien, como yo, se comunica más fácilmente con imágenes que con palabras. Qué ganas de llenar este sitio con fotos. Las fotos de todos mis amores, de los amores que tengo en casa y de los trozos de amor repartidos en mi madre, mis amigos, tíos, primos, sobrinos, y aquellos eternos amores consanguíneos y lejanos, secretitos de mi peculiar vida. Pero es bueno retratar también con palabras. Con palabras cariñosas y luego una foto tomada con amor. Así que nada de collages (se escribirá así me pregunto ¿?) por el momento.