Mi mamá me dijo que me disfrazaría de algo pero yo no sabía lo que era, por lo que tuve que repetir varias veces antes de retener el nombre. Pero en fin, cuando se es pequeña, uno confía a ciegas en su mamá, más si ella nos lee con magia un párrafo de un libro precioso como el que tenía entre sus manos.
El traje se completaba con un pañuelo, y un canastito que originalmente era la cuna portátil de una de mis muñecas.
El día sábado llegó. Caminamos hasta el colegio y ví a mis compañeras disfrazadas de mariposas, princesas, bailarinas. El disfraz envidiable era el de la Pepa, que iba plateada entera como una especie de pequeño ser extraterrestre, aunque pudiera estar confundiéndome con otra de las tantas veces que debimos disfrazarnos.
La señorita Ma. Isabel hizo con nosotras una larga fila atrás del escenario y salimos una por una a decir nuestro nombre y de qué íbamos disfrazadas. Por supuesto, en cada salida los rostros de la audiencia se sonreían de ver lo tierna y divertida que se veía la señorita que frente a ellos se presentaba vestida de algo que no era. Llegó mi momento, la Nena estaba detrás mío dignamente vestida de aldeana y la profesora me dio la señal. Salí y las caras de todos los papás me miraron agradados y aplaudieron, como a todas. Una vez que dije mi nombre, me concentré para decir la palabra que descubría el misterio de mi disfraz, y dije que estaba disfrazada de "Asturiana". "¿Asturiana?" Me parecía oír que eso era lo que cuchicheaban y recuerdo las caras de todos sin saber si no habían escuchado o entendido. No sabía cómo mi mamá me había podido hacer una cosas así, resultaba que nadie entendía de qué estaba vestida y yo tenía la vergonzosa necesidad de explicar que Asturias era un pueblo español. Los papás, que mantenían aún sus muecas extrañadas, me aplaudieron con tanto cariño como al resto y finalmente los dos minutos de suplicio acabaron mientras bajaba la escalera. Lo importante después de eso, era el abrazo orgulloso de mi madre y la bebida de recompenza.
Hoy, no puedo dejar de reír cada vez que recuerdo, como si estuviera ahí, la cara de desconcierto que provocaba entre los asistentes un nombre tan raro para un disfraz tan sencillo. Y valoro la generosidad con que mi mamá esforzaba al máximo su creatividad ante la falta recursos, tanto para darme un disfraz original como para hacerme sentir que sería de verdad especial.
Por su puesto, la misma falda fue usada en muchas otras ocasiones, creando cada vez, un disfraz distinto.
(27 de noviembre 1982)







