julio 12, 2006

Prisca y Frida: llegada a casa


Ayer tenía que ir a buscar a las cachorritas, pero la dueña del criadero se ofreció a traerlas en la mañana porque tenía que venir al mismo sector que en vivimos. Me levanté temprano, dejé todo limpio y ordenado y las esperé regaloneando con Cassandra. Eran las 10, las 12, y la mañana se fue sin que las chicocas llegaran. Pasadas las 2 de la tarde supe que llegarían después de las 5 a causa de la fuerte lluvia que hubo ayer e inundó la salida del fundo donde vivían.
Pasé la tarde con dolor de estómago de los nervios y con mi gata lo más cerca posible aprovechando de nuestros últimos minutos solas.
Del día en que fuimos a buscar a Frida, y en ofertón también encontramos a Prisca, sólo tenía el recuerdo de haberlas visto y una foto que revisé bastante para estar segura de que eran ellas las que venían. Entre tantos perritos, no era imposible que hubiera una confusión.
Llegó la camioneta y ellas en una caja sobre el asiento trasero. Saqué la jaula y las miré. Eran ellas. Una vez adentro y mientras ayudaba a bajar otras cosas, las pequeñas comenzaron a raspar el papel que había en la jaula con sus uñas. Esa fue la última vez que ví a mi gata: corriendo despavorida en dirección a la cocina.
Salieron de la caja después de un rato de estar con su puerta abierta, cada una disparada hacia lados contrarios. Las diminutas canes me hicieron pensar si había sido buena idea taerlas a las dos si iban a andar así de dispersas. Pero fue el único momento en que lo pensé.
La lluvia aumentaba y Cassandra no aparecía. Segura de que había arrancado hacia el patio, temí que estuviese muy asustada con la tormeta que estaba comenzando, y a pesar de estar conociendo a mis pequeñas, estaba muy intranquila por ella.
La cena fue rápida. Cada una en su plato con mi mano separando el paso hacia el de la otra, y cada una comió todo lo que pudo. Olvidé que tenía que ser remojado, pero en fin, sobrevivieron. En los próximos 15 minutos tenía que hacer el ritual del baño. Lo logré con una. Pero Frida no tenía ganas en el mismo momento. Atenta al lado de ellas pasé dos mini siestas antes de que, haciendo un intento por llegar al lugar preciso, Frida hizo sus necesidades en el comedor.
Esto de ser madre primeriza de perritas es lindo, aunque nunca había trapeado el piso tan seguido como desde ayer. Obviando ese detalle, mi alergia insipiente y la manta de Cassandra sucia con pipí, estas muchachitas son perfectas, y sé que pronto -más vale- aprenderán a hacer sólo donde se debe.
Frida es la más grande. Tiene manchados de negro, las dos orejas y casi toda la nariz. Parece dos perritos en uno, dependiendo del lado por el que se la mire. Es tranquila, se sienta, para las orejitas, y regaña a la hermana cuando está muy inquieta poniéndole una pata encima. Es juguetona y de mirada tierna. Friolenta y un poco ruidosa al dormir. Pone mucha atención, pero aún no la veo mover el pequeño rabito que tiene.
Prisca es pelusona. Cuando Frida se sienta, ella está parada en dos patas sobre su lomo. Es muy pequeña, tiene casi toda la cabeza pintada de negro con detalles marrón, con los bigotes de un lado negros y del otro, blancos. Ella entiende más el asunto de ir al baño, pero menos, el de quedarse tranquila. Muerde todo, desde juguetes hasta manos, y es un poco hiperactiva. Es más confiada que Frida porque mueve la cola y también hace un ruidito cuando se duerme profundamente.
Las dos mellizas son muy distintas, pero inseparables. Tienen sus cabezas marcadas de pequeños mordiscos propinados entre sí y por su hermano, que por cierto se mudó a otro canil cuando ellas se vinieron. Se duermen haciendo entre las dos un ovillo abrigador.
Su primera noche en casa fue de extrema tormenta, sin embargo no lloraron ni un poquito en la habitación con baño privado que les tocó.
Si bien traté de acomodarlas a las dos sobre mi falda para que me acompañaran a escribir, parece que tres son multitud cuando no se pueden ocupar los brazos para hacer baranda, así que las acomodé en su cama -prestada, porque es el canasto de Cassandra, pobre- están durmiendo al lado de mis pies. Las pequeñas no escriben, son unas nenitas para todo y además, nadie se sienta frente al computador en esta casa antes de aprender a ir al baño. Cassandra aprendió el primer día, por eso desde el segundo reveló su pata literaria. Seguramente, ella contará desde su mirada esta experiencia.
Por cierto, horas más tarde, encontré a la gata en su "litera" (closet). Había estado todo el tiempo dentro de la casa.

julio 09, 2006

México en palabras IV


Nunca había estado en un lugar con tanto calor. Nuevo Vallarta está cerca de Puerto Vallarta, pero además del nombre, no están relacionados por nada. Incluso el estado cambia entre una localidad y la otra.
La experiencia en Nuevo Vallarta para mí fue del todo nueva. Nunca estuve antes en un "todo incluido", ni en un lugar en que hiciera tanto calor. En los momentos que pasaba en la habitación extrañaba un poco el DF. La vida tropical y de guatita al sol no son lo mío. Me achicharro si no estoy bajo la sombra, me enfermo del estómago si como mucho (todo incluido es sinónimo de "coma lo que quiera, cuando quiera") y a eso de las tres de la tarde empezaba a sentir que de un momento a otro me iba a desmayar a causa de la creciente temperatura. Pero la cara de mis tres acompañantes que sí estaban disfrutando de todo el ambiente playero, me subía el ánimo con creces. Imagínense dos adolescentes con permiso para comer durante el día entero y sabrán a lo que me refiero. Sin contar los paseos en kayak, los partidos de tennis, el gol que metió el mayor en la única pichanga que jugaron, y sus trenzas en el pelo el último día. Todo para ellos fue genial. Víctor, por otro lado, disfrutaba de no caminar, y se veía en la piscina, bajo un toldo o en el bar tomando algo, cada vez que lo buscaba. Yo, literalmente, pensaba en la inmortalidad del cangrejo, el misterio de la aceituna hueca y la esquina de la mesa redonda, pasando de pensar en nada a casi nada, durante horas. Fue una marathon de relajación y desconexión todo el tiempo que pasábamos en el hotel.
Hicimos un city tour por Puerto Vallarta y probamos tequila artesanal y otros licores, justo antes del almuerzo en el restaurant del papayago bilingüe (decía "hola" y "hello"). La cuidad es muy linda, y como ya deducen, tiene una bellísima iglesia. Pero también una vista preciosa del mar, muchos artesanos, y lo mejor, montones de iguanas. El guía, nuevamente excelente, nos contó la otra historia de Juan Diego, el indígena que avistó a la Vírgen en el Tepeyac. Su versión es que aquel indio, era de jerarquía y bastante instruído, y a quien realmente él vió fue a una diosa, siendo los españoles quienes adaptaron su nombre a Guadalupe y aseguraron que se trataba de la Vírgen María.
Ese día fue el que, según creo, la libretita de notas se extravió. A pesar de eso, el recorrido fue lindo y lleno de historia. De regreso en el hotel, una rica piñada sería lo mejor.

México en palabras III

Dos días de caminar sin descanso no fueron suficientes para hacer decaer nuestras energías. Al menos las mías, y yo era quien guiaba los pasos de la familia por las calles del DF y sus alrededores.
Muy temprano ya estábamos subidos en el metro camino a Coyoacán. Allí nos esperaba la Casa Azul, aquella en que Frida Kalho vivió con sus padres y su esposo, duranto algunos períodos de su vida. Es linda, pero es menos querible que el museo de Brady, porque no dejan sacar fotos y si pasa la punta de la nariz sobre el cordel que cerca todas los objetos, suena una alarma acusete que le quita ambiente al recorrido. Dentro de este lugar lo más asombroso no son las pinturas, porque no son las más características de Frida, sino sus propias cosas: su cama con el espejo, su silla de ruedas, sus vestidos mexicanos, sus pinches, los corsés de yeso que tuvo que usar por largo tiempo, sus pinturas, su atril, algunas hojas escritas por ella, cuadros sin terminar y su certificado original de defunción. Después comprendí que para ver sus obras debía ir al museo de Dolores Olmedo. Pero sin duda, para saber de la bella Kalho, tenía que pasar por la casa Azul.
Luego de eso, un chocolate caliente y conocer la vida verdadera de la cuidad. Aquel era el día del padre. Coyoacán estaba lleno de comercio parecido a una feria libre, gente que deambulaba, otros iban a misa, otros al yoga. En su plaza, frente a la iglesia, una orquesta enorme tocando temas populares con un público que los aplaudía a rabiar. Antes de irnos de vuelta al hotel, pasamos a un mall. En eso no hay encanto, todos los que he conocido son iguales, lo único que cambia son los precios.
La tarde de aquel día fuimos a dar al mismísimo Café de Tacuba, tal como el nombre del grupo musical. El lugar, otro imperdible. Allí probé el tradicional atole, cumpliendo otro más de mis antojos mexicanos. Tanto la decoración como la buena compañía de nuestros amigos chilenos, llenaron nuestro ánimo para seguir paseando. Si bien no alcanzamos a entrar al zócalo, llegamos con varios meses de atraso a un mirador que ya no era mirador y nos empapamos caminando cuadras bajo una lluvia torrencial, aquel día terminó perfecto, comiendo hamburguesas a la leña en el carrito recién instalado a las afueras del hotel.
Un buena ducha de agua caliente y el merecido descanso serían suficientes para comenzar otra vez.
Al otro día, lunes, nuestro paseo nos llevó a un par de agencias y luego a una bonita feria de artesanías locales. El resto del día fue esperar al taxi que nos llevaría al hotel, y luego, nuestro viaje al sur (ver mi nota sobre el vuelo entre C. de Mexico y Puerto Vallarta).

julio 07, 2006

Mexico en palabras II


A veces toma tiempo reseñar un paseo. Lo importante es hacerlo antes de que los recuerdos se vayan, sobre todo cuando el "ayuda memoria" se perdió.
La ruta de Mexico a Cuernavaca está bordeada por paisajes preciosos. El cielo de aquel sábado era azulísimo cubierto de nubes blancas y redondas, y el sol hacía brillar los colores de manera especial. Casi al llegar a la cuidad, los arbustos de ficus recortados con formas de cosas y animales, avisaban su cercanía.
Cuernavaca, cuyo nombre original era Cuaunahuac, es una cuidad con un bella catedral, por supuesto. Sus calles son más bien angostas y sus casas, coloridas y llenas de detalles como bellos faroles o direcciones pintadas sobre cerámica por algún artesado.
La preciosa iglesia fue la primera parada, y en día sábado, nos topamos con un grupo de niños que rendían exámenes de preparación para su primera comunión.
Caminamos desde ese lugar, a la preciosa casa museo de Robert Brady, un estadounidense que fue cautivado a tal punto por Cuernavaca, que se radicó allí. Antes de fallecer, en 1986, dispuso que su casa y sus 1.400 piezas de colección, a falta de herederos, se convirtieran en un museo. Y tal cual él las distribuyó, siguen estando cada una de sus pertenencias en la bella -y por cierto restaurada- Casa de la Torre, antiguo observatorio metereológico del seminario franciscano. El lugar es fascinante, indescriptible por muchas palabras que usara para hacerlo. La casa, su decoración, los colores, los objetos -incluído un autorretrato original de Frida Kalho al que casi toqué con mis pestañas de tanto que me acerqué- , el jardín, y hasta la tumba del mismo Brady al lado de la de sus dos perros, son un todo entre precioso y divertido. La fuerza de los colores, de los objetos valiosos, antiguos, de las propias pinturas de Brady hacen que el paso por ese museo sea una especie de iluminación en cuanto a lo mucho que nos restringimos en nuestras propias casas tratando de combinar, y lo poco que nos dejamos llevar por la simple unión de cosas hermosas, sean éstas de colores o tendencias similares o no. Un paseo obligado si mis pies tocaran denuevo esa cuidad.
A mediodía, el camino nos lleva a Taxco. La famosa Taxco, la cuidad de las joyas de plata. Al menos eso creía antes de llegar. Pero no, está lejos de ser la cuidad de la plata. Nada puede caracterizarla mejor que su iglesia y su belleza. Nunca ví una iglesia tan preciosa protegiendo desde el cerro una cuidad tan hermosa. Desde el mirador del hotel en que almorzamos, no me cansaba de mirar la escena; sus calles estrechas, sus casas blancas, sus terrazas coloridas, la vida cotidiana reflejada en la ropa tendida, en la "burras" llenas de gente. Mi almuerzo, tacos, cargó energías para seguir con la tarea de recorrer decenas de tiendas con los más diversos diseños y calidades de utensilios de plata. Ví las joyas e implementos más lindos y más caros en las bellas tiendas que reunían a diseñadores famosos. Mezcla del metal con madera, piedra, caucho, las creaciones son fantásticas. El jarrón de plata martillada con mango de iguana en jade, fue mi preferido. Si bien no traje ni una joya, aún recuerdo la rana-prendedor con su pata estirada que tan bien se habría visto en mi solapa.
Tras un viaje en burra (furgones volkswagen antiguos y sin puertas) llegamos a la plaza de la cuidad. En ella se encuentra la bella iglesia de Santa Prisca y San Sebastián que tanto rato estuve observando desde el balcón. Dicha edificación fue mandada a construir por don José de la Borda para que su hijo sacerdote tuviera su propia iglesia para celebrar misa, evitando que se fuera de su lado. Esta iglesia, imponente y bellísima, fue construída en tan sólo 10 años. En ella no hay un solo clavo, y por dentro luce un estilo barroco, con hermosos retablos todos cubiertos con placas de oro. Además, durante los mismos 10 años, un solo y maravilloso artista, Miguel Cabrera, realizó 54 pinturas que adornan muchos de sus muros, de una calidad sólo comparable a las de Miguel Ángel, y dentro de las cuales hay dos en que la Vírgen María aparece hermosamente embarazada.
Al salir de una de las capillas, me topé con la perrita Chihuahua más pequeña que he visto y no pude evitar pedirle a su dueño que me dejara fotografiarla.
Las calles aledañas a la iglesia son tan angostas que a veces es necesario que pasen los transeaúntes para que los vehículos puedan doblar.
Taxco es un sueño, un verdadero lugar para admirarse. La cuidad entera es magia, vida y caudales de historia por todas las esquinas.