diciembre 04, 2006

Un día cualquiera, hace dos años

Trabajaba como cualquier otro día, en las oficinas de la universidad a las que nadie llegaba por su ubicación al final del campus.
Extrañamente, sin los avisos correspondientes ni la programación debida, el rector apareció por la puerta principal, acompañado de otra persona y conversando en Inglés.
Si bien sabía que por mi ubicación era la única que podía ver lo que estaba pasando, no tuve tiempo de avisarle a nadie antes de saltar como un resorte para saludar a tan importante personalidad de la universidad.
Sorprendida por la humildad del momento, tan distinta a la de otras veces, me sentí sobrepasada cuando sin aviso previo, el mismísimo rector me presenta a su acompañante: "le presento al Príncipe de Lichtenstein".
¿Príncipe?
En ese momento mi mente recorrió la cenicienta de pé a pá tratando de encontrar el modo correcto de saludar a un "príncipe", pero ningún tipo de reverencia se me reveló como lo adecuado para aquella circunstancia. En un segundo pensé en la ropa que vestía, el peinado poco prolijo, la cara de boba, y el vacío en mi mente del que no podía rescatar una buena frase en inglés para saludar a un ser humano con tamaño título de nobleza.
Lejos de lo visto en mi época de niña, este príncipe no era rubio de pelo lacio y largo, y no lucía ropa con detalles dorados. Su piel denotaba varios años de edad, su cabellos era blancos y su cuerpo esbelto estaba vestido con traje de riguroso azul oscuro.
Mi "nice to meet you" tan perfecto en toda presentación de carácter bilingüe, se notó tan carente de solemnidad a medida que lo pronunciaba.
Su ojos azules, clarísimos y cordiales, me miraron mientras me tendía la mano. Nuevamente, mi ignorancia no sabía si podía mirarlo a los ojos, o eso sería descortés. Pero en fin, estábamos en Chile donde jamás hemos tenido un rey (en la historia conocida por lo menos), yo jamás había soñado conocer a un príncipe, y nisiquiera sabía que existía Lichtestein antes de esos cinco minutos, así que lo menos que podía hacer, era mirar bien a aquel hombre con quien, seguro, no volvería a toparme otra vez en la vida, y llevarme la anécdota para contarla de cuando en cuando. No sólo eso, también para tenerla como vivencia para esos días que nos parecen monótonos y recordar que, sin previo aviso, puede que sea un día realmente especial.

No hay comentarios.: