diciembre 13, 2006

Observación

Salgo sin mucho tiempo pero contenta. Aparte del conserje, que siempre sonríe, el resto de los rostros se me aparecen de uno en uno medio enojados. El conductor del bus, no siempre contesta mi "buenos días" y sobre la micro sólo veo caras agradadas si hablan por teléfono o van conversando con alguien más (lo cual no es habitual a las 8 de la mañana).
Todos parecen reclamar por la hora, por la rutina, o no sé ¿será que no toman desayuno?
Con buena razón dicen que los chilenos somos apagados, grises como nuestro smog capitalino.
El día que me impresioné fue aquel en que, al entrar en el ascensor y pronunciar mi sagrado "buenos días" nadie me contestó. Ahí me dí cuenta de que algo sucede. No soy físicamente intimidante (más bien parezco físicamente enclenque), no hablo muy despacio, no estaba rodeada de extranjeros, y mi figura se veía perfectamente por el espejo al frente de mí (es decir, era materialmente real). Simplemente, las personas reaccionan defensivas ante las palabras, por más educadas que sean, de un extraño.
Pobre gente. No sólo sin risa, también asustada. Ensimismada a causa de una extraña timidez.
Me dio gusto que el rubio de traje sastre que pasó en bicicleta ayer por mi lado, hoy me hubiera mirado a los ojos, fue bueno saber que aún existo y que no es por invisible que la gente no me saluda. Tal vez lo hacía como aviso para no atropellarme, pero creería que fue porque coincidió la mirada y no había razón para esconderla.
Antes por lo menos tenía al guardia de la plaza, a quién saludé desde el primer día y luego, resignado, comenzó a recibirme con su cordial "¿cómo le va mi reina?". Ahora mi camino es otro y no lo veo a él, ni a la chica extranjera de expresión feliz, que pasa con su café todas las mañanas. Tampoco al joven oriental, de anteojos, que también parecía estar alegre con su destino.
Por las tardes, el viaje de regreso es sombrío en las caras pero soleado y caluroso en el ambiente (sólo porque estamos bordeando el verano). Los cuerpos vienen cansados por la jornada y las sonrisas no sobran, pero se encuentran un poco más fácil. Las madres pasean a sus niños pequeños, concientes de la generosidad de este clima precioso. Los señores de edad caminan reposadamente a comprar el pan. Eso es mucho más de lo que logro ver por las mañanas.

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