diciembre 05, 2006

6 de la mañana

Hoy me ha parecido que he perdido muchas horas de mi vida. La razón, es que nunca antes me levanté, por tantos días seguidos, a las seis de la mañana.
Siempre supe que levantarse temprano era exquisito, pero nunca pude hacerlo. Más bien, nunca me decidí a hacerlo. En mi época de colegio, dormía hasta el último minuto posible considerando todos los segundos que tardaba entre salir de la cama y llegar al colegio corriendo (ya tarde, porque mi calculo apuntaba a la última instancia para entrar). No tomaba desayuno, llegaba con sueño (pero sin frío luego de la larga y apurada caminata previa al último tramo en el que corría para pasar por la puerta que siempre se estaba cerrando) y las primeras horas de clases eran odiosamente somnolientas.
El resto de mi vida, ha sido de levantarme temprano y apurada, evolucionando desde mi época escolar sólo en detalles como considerar un tiempo más holgado para movilizarme, y tomar desayuno la mayoría de los días.
En mi paso por Valdivia, recuerdo haberme levantado a las 7 de la mañana con el sol radiante de los días despejados.
Pero seguía sin ser las seis.
En mi nuevo hogar, el día se termina temprano (al menos eso intento), pero invariablemente, el despertador suena a las 6:00. Y sin excepción, me levanto feliz. No sé si tenga que ver con el momento del día, pero creo que despertar al mismo tiempo que la mañana, pasar lentamente de la noche al amanecer, ayuda a terminar en calma las horas de sueño.
A esa hora, por cálido que venga el día, el aire en el balcón tiene una frescura que invita a despertar, a ponerse contento. Allí tiene perfecta lógica la bebida caliente que tomamos por la mañana, y que nos entibia las manos.
No sólo la luz entra por mi ventana angular, también la imponente cordillera de Los Andes, como un espectáculo de grandeza y verdor (en esta época). Y no sólo eso, también entran las tres marías de noche y la luna queda casi a los pies de mi cama. Pero la noche es tema para otro día.
Cómo no voy a tener la certeza de haberme perdido muchos momentos buenos por no haber amanecido más temprano. La noche es bella, pero el inicio del día me ha cautivado aún más. El tiempo -de levantarme sin prisa, preparar un desayuno que recompense las horas sin comer, disfrutar la casa y regalonear a mi gata- que siempre estuvo ahí y yo no lo aproveché.
Claro, los domingo, son para levantarse sin despertador, pero igual abro un ojo a las seis para mirar el cielo claroscuro que se cuela; es una especie de acuerdo que tengo con esa preciosa ventana.

No hay comentarios.: