Dos días de caminar sin descanso no fueron suficientes para hacer decaer nuestras energías. Al menos las mías, y yo era quien guiaba los pasos de la familia por las calles del DF y sus alrededores.
Muy temprano ya estábamos subidos en el metro camino a Coyoacán. Allí nos esperaba la Casa Azul, aquella en que Frida Kalho vivió con sus padres y su esposo, duranto algunos períodos de su vida. Es linda, pero es menos querible que el museo de Brady, porque no dejan sacar fotos y si pasa la punta de la nariz sobre el cordel que cerca todas los objetos, suena una alarma acusete que le quita ambiente al recorrido. Dentro de este lugar lo más asombroso no son las pinturas, porque no son las más características de Frida, sino sus propias cosas: su cama con el espejo, su silla de ruedas, sus vestidos mexicanos, sus pinches, los corsés de yeso que tuvo que usar por largo tiempo, sus pinturas, su atril, algunas hojas escritas por ella, cuadros sin terminar y su certificado original de defunción. Después comprendí que para ver sus obras debía ir al museo de Dolores Olmedo. Pero sin duda, para saber de la bella Kalho, tenía que pasar por la casa Azul.
Luego de eso, un chocolate caliente y conocer la vida verdadera de la cuidad. Aquel era el día del padre. Coyoacán estaba lleno de comercio parecido a una feria libre, gente que deambulaba, otros iban a misa, otros al yoga. En su plaza, frente a la iglesia, una orquesta enorme tocando temas populares con un público que los aplaudía a rabiar. Antes de irnos de vuelta al hotel, pasamos a un mall. En eso no hay encanto, todos los que he conocido son iguales, lo único que cambia son los precios.
La tarde de aquel día fuimos a dar al mismísimo Café de Tacuba, tal como el nombre del grupo musical. El lugar, otro imperdible. Allí probé el tradicional atole, cumpliendo otro más de mis antojos mexicanos. Tanto la decoración como la buena compañía de nuestros amigos chilenos, llenaron nuestro ánimo para seguir paseando. Si bien no alcanzamos a entrar al zócalo, llegamos con varios meses de atraso a un mirador que ya no era mirador y nos empapamos caminando cuadras bajo una lluvia torrencial, aquel día terminó perfecto, comiendo hamburguesas a la leña en el carrito recién instalado a las afueras del hotel.
Un buena ducha de agua caliente y el merecido descanso serían suficientes para comenzar otra vez.
Al otro día, lunes, nuestro paseo nos llevó a un par de agencias y luego a una bonita feria de artesanías locales. El resto del día fue esperar al taxi que nos llevaría al hotel, y luego, nuestro viaje al sur (ver mi nota sobre el vuelo entre C. de Mexico y Puerto Vallarta).
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