
Ayer tenía que ir a buscar a las cachorritas, pero la dueña del criadero se ofreció a traerlas en la mañana porque tenía que venir al mismo sector que en vivimos. Me levanté temprano, dejé todo limpio y ordenado y las esperé regaloneando con Cassandra. Eran las 10, las 12, y la mañana se fue sin que las chicocas llegaran. Pasadas las 2 de la tarde supe que llegarían después de las 5 a causa de la fuerte lluvia que hubo ayer e inundó la salida del fundo donde vivían.
Pasé la tarde con dolor de estómago de los nervios y con mi gata lo más cerca posible aprovechando de nuestros últimos minutos solas.
Del día en que fuimos a buscar a Frida, y en ofertón también encontramos a Prisca, sólo tenía el recuerdo de haberlas visto y una foto que revisé bastante para estar segura de que eran ellas las que venían. Entre tantos perritos, no era imposible que hubiera una confusión.
Llegó la camioneta y ellas en una caja sobre el asiento trasero. Saqué la jaula y las miré. Eran ellas. Una vez adentro y mientras ayudaba a bajar otras cosas, las pequeñas comenzaron a raspar el papel que había en la jaula con sus uñas. Esa fue la última vez que ví a mi gata: corriendo despavorida en dirección a la cocina.
Salieron de la caja después de un rato de estar con su puerta abierta, cada una disparada hacia lados contrarios. Las diminutas canes me hicieron pensar si había sido buena idea taerlas a las dos si iban a andar así de dispersas. Pero fue el único momento en que lo pensé.
La lluvia aumentaba y Cassandra no aparecía. Segura de que había arrancado hacia el patio, temí que estuviese muy asustada con la tormeta que estaba comenzando, y a pesar de estar conociendo a mis pequeñas, estaba muy intranquila por ella.
La cena fue rápida. Cada una en su plato con mi mano separando el paso hacia el de la otra, y cada una comió todo lo que pudo. Olvidé que tenía que ser remojado, pero en fin, sobrevivieron. En los próximos 15 minutos tenía que hacer el ritual del baño. Lo logré con una. Pero Frida no tenía ganas en el mismo momento. Atenta al lado de ellas pasé dos mini siestas antes de que, haciendo un intento por llegar al lugar preciso, Frida hizo sus necesidades en el comedor.
Esto de ser madre primeriza de perritas es lindo, aunque nunca había trapeado el piso tan seguido como desde ayer. Obviando ese detalle, mi alergia insipiente y la manta de Cassandra sucia con pipí, estas muchachitas son perfectas, y sé que pronto -más vale- aprenderán a hacer sólo donde se debe.
Frida es la más grande. Tiene manchados de negro, las dos orejas y casi toda la nariz. Parece dos perritos en uno, dependiendo del lado por el que se la mire. Es tranquila, se sienta, para las orejitas, y regaña a la hermana cuando está muy inquieta poniéndole una pata encima. Es juguetona y de mirada tierna. Friolenta y un poco ruidosa al dormir. Pone mucha atención, pero aún no la veo mover el pequeño rabito que tiene.
Prisca es pelusona. Cuando Frida se sienta, ella está parada en dos patas sobre su lomo. Es muy pequeña, tiene casi toda la cabeza pintada de negro con detalles marrón, con los bigotes de un lado negros y del otro, blancos. Ella entiende más el asunto de ir al baño, pero menos, el de quedarse tranquila. Muerde todo, desde juguetes hasta manos, y es un poco hiperactiva. Es más confiada que Frida porque mueve la cola y también hace un ruidito cuando se duerme profundamente.
Las dos mellizas son muy distintas, pero inseparables. Tienen sus cabezas marcadas de pequeños mordiscos propinados entre sí y por su hermano, que por cierto se mudó a otro canil cuando ellas se vinieron. Se duermen haciendo entre las dos un ovillo abrigador.
Su primera noche en casa fue de extrema tormenta, sin embargo no lloraron ni un poquito en la habitación con baño privado que les tocó.
Si bien traté de acomodarlas a las dos sobre mi falda para que me acompañaran a escribir, parece que tres son multitud cuando no se pueden ocupar los brazos para hacer baranda, así que las acomodé en su cama -prestada, porque es el canasto de Cassandra, pobre- están durmiendo al lado de mis pies. Las pequeñas no escriben, son unas nenitas para todo y además, nadie se sienta frente al computador en esta casa antes de aprender a ir al baño. Cassandra aprendió el primer día, por eso desde el segundo reveló su pata literaria. Seguramente, ella contará desde su mirada esta experiencia.
Por cierto, horas más tarde, encontré a la gata en su "litera" (closet). Había estado todo el tiempo dentro de la casa.
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