junio 18, 2007

El Kendo y yo.

Sábado 16 de junio. Mi trasnochado viaje a Temuco terminaba a las 6:40 y a las 8:30 debía estar cámara en mano fotografiando en Pitrufquén. Eso decía la agenda, pero el kiu que me acarreaba estacionó fuera del Gimnasio Municipal, recién una hora más tarde.
Vistiendo sus hakamas y varios de ellos descalzos, los kendokas se paseaban por el gimnasio o daban extraños saltitos hacia atrás y hacia adelante, moviendo su shinai, que no eran para pasar el frío, sino parte de la disciplina de entrenamiento (según deduje).
La competencia partió y no pude contener mi risa, aunque disimulé la expresión. Tal vez yo había visto el kendo sólo en fotos y nunca con sonido, por lo que ignoraba que en cada ataque, ambos guerreros se dan gritos salidos del estómago para liberar el Ki (punto que en este momento no estoy en condiciones de desarrollar, pero lo haré). Pasado mi minuto de risa, y en franco proceso de congelamiento, comencé mi interminable sesión de fotos y peleas con el flash, que dicho sea de paso, cuesta mucho más aprender a utilizar que cualquier cámara.
Combates toda la mañana, un chocolate destinado a dar energía a un competidor que finalmente me devoré en busca de las calorías ausentes, y la caballerosidad que suele rondar los campeonatos de disciplinas niponas, con toda la camaradería y los abrazos que se dan unos con otros, luego de parecer haberse enfrentado a muerte.
Un churrasco italiano a mediodía, con la nota casera del pan amasado, restableció mis energías.

Con lluvia de fondo ¿diluvio? pasó la tarde con la sensación de que no tenía pies ni nariz. Las tazas de té al almuerzo y aquella al final de la tarde, me alegraron más de lo habitual.
Estuve todo el día observando y no fuí capaz de reconocer ningún punto. Es bastante veloz y algunos embates, demasiado cortos.

Ahora no estamos tan lejos el Kendo y yo.

La Noche de San Juan

Francamente inexplicable me resulta todavía la relación entre San Juan el Bautista y la noche de los hechizos.
Recuerdo que de niña, mis compañeras de colegio comentaban las "pruebas" de San Juan el día 23 y las experiencias sobrenaturales de sus parientes del campo en noches pasadas, en que bajo la higuera, guitarra en mano, se les aparecía el diablo ¡como mínimo! El 24 traían mitades de papas, papelitos con tinta y otros adminículos que había utilizado para dar vida a esa noche que más bien me provocaba temor, y compartían los resultados que, visto 20 años después, nunca atinaron a develar el amor de su vida.
Para mí San Juan nunca figuró por esa noche, sino por el "Veranito". Eso sí que me gustaba.
Pero es bueno rescatar las tradiciones, aunque uno no las comparta por filosofía (o por susto, como era mi caso). Y resulta que en una somera investigación, me encuentro con que depende el país, es lo que pasa. Por ejemplo, la higuera: en España, si uno se sienta bajo ella con una guitarra, se aprende a tocar el instrumento de inmediato (no haber sabido antes!!), pero en Chile, el asunto es que a uno lo visitaba el diablo. Con el espejo, las europeas que se miran desnudas de espalda, tampoco ven al personaje colilargo, sino su muerte. Y así. Las papas no parecen ser habituales en el viejo continente, pero aquí las tiras bajo la cama con nombres y la primera que coges, a la medianoche, es la de tu amor verdadero. En España aliviaron la traidición y evitaron el derroche de comida, definiendo que los solteros y solteras sólo deben mirar por la ventana y verán pasar al amor de su visa (me pregunto, sin embargo, quién va a andar en la calle si todos quieren estar mirando por la ventana... a menos, y esto no me queda claro, que sea una visión de esas mágicas que sólo se ven esta noche). Las calles de muchas localidades se iluminan con fogatas comunitarias, costumbre que a otros países, como el mío, llegó media chamuscada en la forma de "para olvidar algo malo, debe quemar un papelito a las 12 con aquello escrito".
De todo lo que hallé, lo que más me gustó fue esto "quien madrugue el día 24 no pasará sueño el resto del año", buen consejo para alguien que conozco, pero que ya tiene planeada su noche de San Juan y lo único que estará en condiciones de hacer por la madrugada será acostarse.
Hay reconocidos orígenes celtas en la tradición de celebrar el solsticio de verano, sin desmerecer las numerosas culturas que paralelamente celebran el solsticio de invierno (la longitud del día y la altura del sol al mediodía, son mínimas), como lo hacen los mapuche al celebrar su año nuevo -We Xipantu: la nueva salida del sol-, coincidente con el Inti Raymi de la tradición Inca, y la celebración de otras culturas andinas, eventos en que se le rinde culto y agradecimiento al Sol.
El pueblo mapuche cree que entre el 20 (o 21) y 25 de junio (del calendario winka) la naturaleza modifica todos sus elementos produciendo cambios profundos que impactan sobre todos los seres vivos y comienzan las actividades que preparan la tierra para las siembras de una nueva temporada. El día exacto de celebración del año nuevo, se rige por la luna.

De un modo u otro, con mayor o menor espiritualidad, el solsticio de invierno (hemisferio sur) o de verano (hemisferio norte) es conmemorado cada año de manera mística. O no tan mística...

junio 12, 2007

Las bendiciones del Transantiago

El famoso "Transantiago" que se implementó en mis pagos a inicios de Febrero, trajo de un día para el otro, todo tipo de complicaciones para trasladarse: tarjeta de pago agotada; buses llenos, incómodos e inhumanos; baja frecuencia; malas conexiones; sobrecarga de pasajeros en el tren subterráneo; quedar repentinamente "mal ubicados" en el barrio que antes era ideal.
Y sin embargo, los dedos mágicos de la vida, no dejan de asombrarme cuando al mismo tiempo que algo nos quitan, algo nos regalan. Un día descubrí que, por la tarde, podía cambiar los muchos minutos de espera y los buses que pasaban de largo casi raspándome la nariz, por una hora de agradable caminata hasta mi casa.
Santiago está convertido en un "viejo otoñal odioso". Con más frío que otros años en pleno invierno y una contaminación que espanta y enferma, no invita precisamente a los largos paseos, a menos que sean, como en mi caso, la mejor alternativa para desplazarse.
Después de caminar a paso firme, bien abrigada, observando las luces de la cuidad cubierta de noche, y descubrir pequeños secretos en calles que parecen tan iguales unas con otras pero que aún dejan espacio para los misterios (como la vieja casa con balcón entre modernas construcciones), la llegada a casa tiene un aire de triunfo. Y un poco más de apetito.