Uno de los tesoros de conocer un nuevo lugar es el asombro.
El avión que partió desde Santiago a las 2 de la tarde, llegó de noche a la bella Cuidad de México. Adoré no tener más horas de vuelo en el cuerpo conociendo países, porque pude sorprenderme, como una niña, de la maravillosa llegada. El avión girando varias veces sobre la cuidad, parecía tocar los edificios mientras se acomodaba para el aterrizaje. De pronto mi nariz estaba pegada a la ventana que dejaba ver desde arriba las calles llenas de luces en movimiento. Tanto si miraba hacia un costado o hacia el otro, la inmensa cuidad no dejaba ver sus límites. Bendita la idea de tener el aeropuerto dentro de ella.
El primer día era perfecto para visitar las afueras, porque una protesta grande estaba programada y era probable que cerraran el paso de las avenidas importantes.
El operador del tour a Teotihuacán y Basílica de Guadalupe, pasó a recogernos temprano. La primera parada fue justo antes de llegar a las pirámides, en un lugar lleno de artesanos trabajando con obsidiana y telares. La obsidiana, a primera vista, parece una piedra negra, pero es en realidad un vidrio volcánico rico en óxido de silicio, por lo que, al mirarla bajo el sol, se ve llena de vetas doradas. O de otros colores dependiendo de su composición, pero en aquel lugar, las piezas inclinadas hacia el cielo se tornaban doradas. En los telares, hombres jóvenes elaboran preciosos manteles, mantas y hasta "cachuchas", o jockeys. Y conocimos ahí, por primera vez, la historia del agave, planta -no cactus- que origina el fuerte destilado tradicional. No podía dejar de tomar un sorbo de tequila en plena tierra mexicana, por lo que acepté encantada el diminuto vaso plástico, y aprendí la secuencia de sal, tequila al seco y limón bien mascado, que de verdad transforma el sabor en el paladar. Exquisito. Lo más interesante fue aprender cómo, desde la misma planta de agave, conseguían alcohol, jarabes, papel y hasta agujas con hilo! sin nombrar otras tantas utilidades. Tras la consabida visita a la tienda local y adquirir una hermosa réplica de Tonatiuh, dios del Sol, seguimos rumbo a las pirámides.
Sentí culpa de no haber estudiado más historia en el colegio cuando me enteré que las pirámides no son, por mucho, aztecas. Como su nombre lo dice, son de los Teotihuacanos, y eso porque les han asignado un nombre. Esa cultura no dejó escritura, por lo que no se conoce su nombre ni su idioma, y es muy anterior a la azteca. Sin embargo, su riqueza cultural está ante los ojos de todos quienes visitan aquel trozo de cuidad emplazado bajo las pirámides del Sol y la Luna. Mi batería agotada me regaló un largo momento para observar desde la cúpula de la estrutura mayor, la del Sol, el maravilloso paisaje. No poder sacar fotos tuvo una buena razón, y fue poder mirar, sin los límites del lente, aquel panorama, y obligarme a guardarlo en mi propia memoria. Respirar profundo, imaginar las calles transitadas de indígenas yendo a sus cultos y sentarme a disfrutar. Eso fue todo, y fue inolvidable.
Otra vez en camino, viajamos hasta la Basílica de Nta. Señora de Guadalupe, la enorme estructura fundada en honor a las apariciones de la Virgen María al indio Juan Diego (primera versión escuchada, ya les contaré la otra), en el Tepeyac. La iglesia original, colonial y hermosa, cedió de tal forma en uno de sus tercios debido al hundimiento de su base montada sobre el terreno, que antes era lacustre, que simplemente se inclinó y apartó del resto de la estructura. Hoy se conserva la iglesia con dicha fractura y una de sus torres, simplemente, chueca. La basílica moderna, es mucho más grande y fue construída con técnicas que permiten reacomodar, desde la base, su estructura a medida que se va hundiendo (puesto que el terreno sigue bajando año tras año). En su interior puede albergar miles de personas y varias liturgias al mismo tiempo, gracias a las muchas capillas ubicadas en altura dentro del redondo edificio. Sobre el altar mayor luce lejana pero impecable, la capa en que quedó estampada la silueta de la Virgen. Los ojos agudizan el enfoque para poder ver más detalles, pero no es posible a tantos metros de distancia y parados sobre una correa que trasporta de lado a lado para evitar que la gente quede detenida. La tela estampada de manera milagrosa, fue adornada durante el tiempo con las estrellas, los rayos y los colores que hoy se aprecian, pero el contorno de la Virgen, es totalmente original.
Veníamos de regreso al centro de la cuidad cuando comenzó la lluvia, era la primera de nuestro viaje. Nos bajamos a pesar del agua cayendo pesada sobre las calles y en los 5 pasos necesarios para subir al taxi, quedamos estilando. Llegamos a la tienda: adquiría la nueva batería. Rápida como había llegado, la lluvia partió, y rumbo a otro negocio vimos el maravilloso carro de "tortas" en que disfrutamos los primeros exquisitos sandwich de pan delgado y muchos ingredientes que hacen entender por qué el Chavo era capaz de cualquier cosa por una "torta de jamón". Y algo más, nos dimos cuenta que por un cuarto de lo pagado en el hotel por un desayuno para cuatro, en un carrito de esos podríamos desayunar como los dioses.
Esa noche, invitados por una pareja de chilenos, tuvimos una cena casera de ricos tacos adaptados al homo chilensis, que después del picante guacamole del día anterior, fueron, de mi parte, muy agradecidos. Durante los trayectos, nuestro anfitrión nos mostró la cuidad de noche -¡preciosa!- y nos paseó por la plaza Garibaldi -¡entretenidísima!- llena de mariachis que, por distintos precios, ofrencen serenatas desde 1 a 15 músicos que resuenan juntas en la misma pequeña plaza, convirtiendo todo el luagr en un jolgorio permanente.
Si viví algo más ese día, simplemente no lo recuerdo. Mis propias baterías se agotaron y ya había otro tour para el cual levantarse al amanecer.
El sueño cumplido de estar en México estaba en mi piel y en la tele que resonaba toditita azteca a mi alrededor.
