junio 28, 2006

México en palabras I

Uno de los tesoros de conocer un nuevo lugar es el asombro.
El avión que partió desde Santiago a las 2 de la tarde, llegó de noche a la bella Cuidad de México. Adoré no tener más horas de vuelo en el cuerpo conociendo países, porque pude sorprenderme, como una niña, de la maravillosa llegada. El avión girando varias veces sobre la cuidad, parecía tocar los edificios mientras se acomodaba para el aterrizaje. De pronto mi nariz estaba pegada a la ventana que dejaba ver desde arriba las calles llenas de luces en movimiento. Tanto si miraba hacia un costado o hacia el otro, la inmensa cuidad no dejaba ver sus límites. Bendita la idea de tener el aeropuerto dentro de ella.
El primer día era perfecto para visitar las afueras, porque una protesta grande estaba programada y era probable que cerraran el paso de las avenidas importantes.
El operador del tour a Teotihuacán y Basílica de Guadalupe, pasó a recogernos temprano. La primera parada fue justo antes de llegar a las pirámides, en un lugar lleno de artesanos trabajando con obsidiana y telares. La obsidiana, a primera vista, parece una piedra negra, pero es en realidad un vidrio volcánico rico en óxido de silicio, por lo que, al mirarla bajo el sol, se ve llena de vetas doradas. O de otros colores dependiendo de su composición, pero en aquel lugar, las piezas inclinadas hacia el cielo se tornaban doradas. En los telares, hombres jóvenes elaboran preciosos manteles, mantas y hasta "cachuchas", o jockeys. Y conocimos ahí, por primera vez, la historia del agave, planta -no cactus- que origina el fuerte destilado tradicional. No podía dejar de tomar un sorbo de tequila en plena tierra mexicana, por lo que acepté encantada el diminuto vaso plástico, y aprendí la secuencia de sal, tequila al seco y limón bien mascado, que de verdad transforma el sabor en el paladar. Exquisito. Lo más interesante fue aprender cómo, desde la misma planta de agave, conseguían alcohol, jarabes, papel y hasta agujas con hilo! sin nombrar otras tantas utilidades. Tras la consabida visita a la tienda local y adquirir una hermosa réplica de Tonatiuh, dios del Sol, seguimos rumbo a las pirámides.
Sentí culpa de no haber estudiado más historia en el colegio cuando me enteré que las pirámides no son, por mucho, aztecas. Como su nombre lo dice, son de los Teotihuacanos, y eso porque les han asignado un nombre. Esa cultura no dejó escritura, por lo que no se conoce su nombre ni su idioma, y es muy anterior a la azteca. Sin embargo, su riqueza cultural está ante los ojos de todos quienes visitan aquel trozo de cuidad emplazado bajo las pirámides del Sol y la Luna. Mi batería agotada me regaló un largo momento para observar desde la cúpula de la estrutura mayor, la del Sol, el maravilloso paisaje. No poder sacar fotos tuvo una buena razón, y fue poder mirar, sin los límites del lente, aquel panorama, y obligarme a guardarlo en mi propia memoria. Respirar profundo, imaginar las calles transitadas de indígenas yendo a sus cultos y sentarme a disfrutar. Eso fue todo, y fue inolvidable.
Otra vez en camino, viajamos hasta la Basílica de Nta. Señora de Guadalupe, la enorme estructura fundada en honor a las apariciones de la Virgen María al indio Juan Diego (primera versión escuchada, ya les contaré la otra), en el Tepeyac. La iglesia original, colonial y hermosa, cedió de tal forma en uno de sus tercios debido al hundimiento de su base montada sobre el terreno, que antes era lacustre, que simplemente se inclinó y apartó del resto de la estructura. Hoy se conserva la iglesia con dicha fractura y una de sus torres, simplemente, chueca. La basílica moderna, es mucho más grande y fue construída con técnicas que permiten reacomodar, desde la base, su estructura a medida que se va hundiendo (puesto que el terreno sigue bajando año tras año). En su interior puede albergar miles de personas y varias liturgias al mismo tiempo, gracias a las muchas capillas ubicadas en altura dentro del redondo edificio. Sobre el altar mayor luce lejana pero impecable, la capa en que quedó estampada la silueta de la Virgen. Los ojos agudizan el enfoque para poder ver más detalles, pero no es posible a tantos metros de distancia y parados sobre una correa que trasporta de lado a lado para evitar que la gente quede detenida. La tela estampada de manera milagrosa, fue adornada durante el tiempo con las estrellas, los rayos y los colores que hoy se aprecian, pero el contorno de la Virgen, es totalmente original.
Veníamos de regreso al centro de la cuidad cuando comenzó la lluvia, era la primera de nuestro viaje. Nos bajamos a pesar del agua cayendo pesada sobre las calles y en los 5 pasos necesarios para subir al taxi, quedamos estilando. Llegamos a la tienda: adquiría la nueva batería. Rápida como había llegado, la lluvia partió, y rumbo a otro negocio vimos el maravilloso carro de "tortas" en que disfrutamos los primeros exquisitos sandwich de pan delgado y muchos ingredientes que hacen entender por qué el Chavo era capaz de cualquier cosa por una "torta de jamón". Y algo más, nos dimos cuenta que por un cuarto de lo pagado en el hotel por un desayuno para cuatro, en un carrito de esos podríamos desayunar como los dioses.
Esa noche, invitados por una pareja de chilenos, tuvimos una cena casera de ricos tacos adaptados al homo chilensis, que después del picante guacamole del día anterior, fueron, de mi parte, muy agradecidos. Durante los trayectos, nuestro anfitrión nos mostró la cuidad de noche -¡preciosa!- y nos paseó por la plaza Garibaldi -¡entretenidísima!- llena de mariachis que, por distintos precios, ofrencen serenatas desde 1 a 15 músicos que resuenan juntas en la misma pequeña plaza, convirtiendo todo el luagr en un jolgorio permanente.
Si viví algo más ese día, simplemente no lo recuerdo. Mis propias baterías se agotaron y ya había otro tour para el cual levantarse al amanecer.
El sueño cumplido de estar en México estaba en mi piel y en la tele que resonaba toditita azteca a mi alrededor.

junio 27, 2006

Resumen México: chascarros

Yo no sería yo si no tuviera estas historias. Si fuera miss universo es probable que me cayera flamente por las escaleras, o si jugara en la selección, metiera un autogol. Por eso me complace mi estatus de cuidadana anómina.
Aquí les cuento los chascarros de mis vacaciones.
Llegamos al hotel a una hora que en que sólo un restaurant cercano estaba abierto. Aún sin haber deducido que enchiladas son cualquier cosa cubierta con chile, tomé la sabia decisión de no pedir ese plato. Ordené feliz mis primeros tacos made in Mexico, ajúuaaa. El bello plato traía una contundente guarnición de uno de mis sabores predilectos en la vida: Guacamole. Después del brindis, de los comentarios sobre lo feliz que estábamos de estar ahí, tomé mi primer bocado. Moctezuma sabe cuánto guacamole le puse a mi tortillita y con cuántas ganas me la comí. Mi lengua ardiente y confundida no fue capaz de reconocer sabor alguno a aguacate, jitomate o cebolla, toda su sensibilidad se la llevó el ají. Esa fue mi primera cena a la mexicana.
No sólo el picante es algo que podía haber evitado, también haber llevado cosas de más. Al amanecer de nuestra primera noche y con el pelo recién lavado, miré con desconfianza el pequeño secador 1600w del hotel. "Qué suerte haber traído el mío", pensé. Enchufé mi 2000w turbo y el soplido de aire era tan mínimo como ridículo era haberlo llevado. Por alguna razón, el potente wattaje de mi súper últra aparato nacional se había, quien sabe, ¿apunado? y no era capaz de soplar siquiera como un secador de bolsillo. En fin, fueron los 1600 humildes watts los que secaron mi pelo todos los días.
Pero una no es ninguna, por lo que llevar una cosa de más en la maleta, era indiferente. Aunque claro, llevé también una toalla de baño que nunca necesité usar, porque el hotel cambiaba toallas todos los días. Mmmm. Por eso cuando me dí cuenta que además llevé mi trípode sin la popularmente llamada galleta, o "cosita que une la estructura de tres patas con la cámara", ya encontré que me hallaba, nuevamente, frente a una de las mías.
Para ser el primer día, pensé, era suficiente, seguro que no me pasaba nada más.
Estaba equivocada.
Llegando a las míticas pirámides del Sol y la Luna en Teotihuacán, antes de subir para apreciar la vista y tras sacar unas pocas fotos, la batería de mi máquina de fotos se acabó. En un milisegundo, pasaron ante mí las cientos de fotos que había sacado en las últimas semanas, sin que entre medio hubiera puesto a cargar una sola vez mi fiel batería. Como estrategia para evitar el absurdo, hasta pensé aparentar que aún sacaba fotos, pero me resigné. Fue así como durante todo ese paseo se repitió el chiste de "tómame una foto", hasta el cansancio. Para qué contar que no pude tomar una sola foto en la Basílica de Guadalupe, que fue el lugar de culminación del mismo tour.
El resto de los días sólo presentaron desventuras mínimas, como cuando compré los tradicionales Cheetos (ex Chester, ex Fonzies) y al ver su color rojizo y mirar el envase, leo.. "con queso y chile". O cuando torcí mi pié en medio de una transitada calle.
Lo de la libretita, ya lo leyeron. Eso sí que me afectó, porque cómo recordar algunos nombres que con dificultad escribí. Y aún más, ¿cómo le mandó ahora las fotos que saqué a una pareja de chilenos que iba en el tour a Taxco y de quienes anoté un mail en la última hoja de mi pequeño cuadernito? (por cierto, si alguien conoce a una Andrea Rocha de Santiago, casada con dos Hijos, que haya estado en México la semana ante pasada, le cuenta que tengo sus fotos).
Lo de mi salida a un paseo de todo el día en catamarán en Puerto Vallarta, sin bronceador, sin crema siquiera, tiene un final obvio: el fantástico tono rojizo adolorido de mi piel al día siguiente y mi actual despellejamiento.
La brillante idea de decir "camimenos" justo antes de que comenzara una tormenta que nos mojó hasta la espalda, y el ya conocido olvido de mi pastilla para el mareo durante el único vuelo, de cuatro, que verdaderamente pasó por turbulencias, se pueden sumar a la lista.
PS: podría omitirlo, pero en la mitad de este texto, lo borré sin querer, debió ser la sugestión de la primera estrofa.

junio 26, 2006

México: Hasta Pronto

Último día, 6 de la mañana.
RIIIIING !! el teléfono jamás nos regaló un minutito extra para dormir. Pedíamos que nos despertaran a las 6 y, puntualmente, el egoísta sonaba sin piedad.
A las 7:10 esperábamos que abrieran el comedor para ingerir la que sabíamos, sería la comida más contundente del día. A las 8 y media, porque era un error que pasaría a las 8, vino a recogernos una de las cómodas camionetas con aire acondicionado que sabiamente transportan a los turistas en México.
El aeropuerto estaba vacío, pero los vuelos no. No supimos, hasta que estuvimos en Puerto Vallarta, que la mayoría de los huéspedes tipo "todo incluído" llegan y se van en día sábado, información que nos habría sido muy útil para tomar el vuelo a Cuidad de México con nuestros pasajes liberados, un día antes, o un día después. Hay espacio en este vuelo? "NO"... mmm y en el siguiente?... "NO"... y en el sub siguiente?... "NO"... Partimos a la otra línea que podíamos tomar.... hay espacio en este vuelo? "NO"... los "no" se repitieron hasta las once de la mañana, y no nos daban ni media posibilidad de poder volar ese día. En decisión desesperada, maquinamos la solución: compramos los boletos, bussines, que quedaban para volar al DF. Fue hora de tomar mi mareamin grageas (creo que pediré un canje con el laboratorio por los buenos comentarios que he hecho de ella). Cerca de la una de la tarde embarcábamos, como verdaderas estrellas de cine, antes que todos. Casi nos toman en brazos y nos hacen cariño por viajar en ejecutiva. Las mullidas y anchas butacas, los bebestibles en vaso de vidrio antes del despegue, la atención de una aeromoza para sólo 6 personas y el contundente sandwich de roast beef durante el corto vuelo de una hora, contrastaban notablemente con el jugo en vaso plástico y las dos bolsitas de maní (que por cierto se inflaron a mitad de camino con el cambio de presión) de nuestro viaje de ida. Pensando en el precio de los tickets y para no desperdiciar ningún servicio, hasta me animé a ir al baño. Si bien el sonido en la oreja al viajar delante de los motores es un poco fuerte, la vista, es fenomenal. El cielo despejado permitía ver la tierra en todo momento, la variedad de colores, las colonias de casas, los lagos, las montañas. No hubo turbulencias, o si las hubo, mi concentración en sacar fotos no permitió que me diera cuenta. Llegando al Benito Juárez, dimos 10 o 15 minutos de vueltas en el aire hasta que la única pista (por trabajos en la segunda) estuviera disponible. Nuevamente, salimos antes que todos. Íbamos en la mejor clase del avión, era lo menos que podía suceder.
Luego de atravesar el aeropuerto entero, y sin saber por qué si el avión queda en un extremo, se llevan las maletas al opuesto, salimos a las áreas comunes para buscar el counter de la línea que nos traería de regreso a Chile. En medio de gritos por los casi goles de México en su último partido antes de quedar descalificado, llegamos al counter vacío que indicaba, siendo cerca de las 3 de la tarde, que el check in para el vuelo de las 23:00 y 23:55 comenzaría a las 7 de la tarde.
En los espacios públicos no hay ni una silla. No exagero: ni "una". Fue así como pasamos de pasajeros VIP, a una especie de grupo homeless: sentados en el suelo al lado de nuestras maletas. Salíamos en pares a estirar las piernas o comprar algo para comer con los pocos pesos mexicanos que nos iban quedando. Nos adueñamos de un carro portamaletas que hizo las veces de banca, y nos permitió permanecer sentados sin que se nos acalambraran las piernas. A las 7, y en primera posición, mostramos nuestros tickets liberados con una mano y cruzamos los dedos con la otra para que nos dieran los pases de abordaje. Seguramente la virgencita de Guadalupe que llevábamos en la maleta y el dios Tonatiuh, nos dieron su ayuda y ahí estábamos, con nuestros pases en la mano y las maletas, por fin, lejos de nosotros.
Una vez en la sala de espera cómodamente sentados, las siguientes últimas 4 horas eran "miel sobre hojuelas" después de las que pasamos en el suelo.
Con mi segundo mareamin del día en el cuerpo, el sueño era incontrolable casi desde el despegue. Pero el apetito era más y aguanté hasta después de cenar. Hubo "sube y baja", y turbulencia tipo coctelera durante casi toda la noche, o al menos, cada vez que despertaba, pero mi cansancio era tan grande que no me preocupé, la pastillita hacía lo propio y simplemente sentía el movimiento pero no el vértigo.
Después del desayuno con frijoles refritos y omelette sin sal, llegamos a Santiago. El paso por las nubes fue largo, era como estar todo el tiempo entre nubes y descendiendo. De pronto, un golpe que nadie esperaba y mi inocente pensamiento "¿chocamos?". No, era todo neblina afuera y por eso nadie se había dado cuenta de que estábamos por aterrizar. Luego de muchos minutos avanzando por la pista (pareciera que aterrizamos en Américo Vespucio y teníamos que andar hasta la verdadera loza), el gigante volador frenó.
¿Recuerdan cuando dije que el calor en Vallarta se notaba al bajar del avión? Pues aquí fue lo mismo, sólo que fue el frío el que nos recibió. Reconocí el bello invierno chileno cuando mis manos alcanzaron temperaturas que sólo ellas y algunos metales, pueden lograr.

junio 23, 2006

México: Libretita de Anotaciones

Para quienes sabían que tenía la intención de traer conmigo todo el tiempo una libreta para anotar lo que luego me serviría para relatar mi viaje, pues les cuento que dentro de mis cantifleadas, está el hecho de que la libretita se perdió.
¡Se perdió! el único testimonio escrito de mis maravillosas vacaciones está en manos de alguien, o en la partecita de arriba de un bus de turismo, o en la basura (con cierta esperanza, digo también que puede estar muy escondida entre mis cosas, pero no creo).
Después de pasar la pena de preguntar en el hotel, en la agencia de turismo y en la salita de internet, y recibir como respuesta que la libreta "rosa" no estaba por ninguna parte, confié en mi memoria, y es así como me dí cuenta que, exceptuando algunos nombres en lengua indígena, me acuerdo aún de muchas cosas. Y tengo las más de mil fotos (más de mil docientas, la verdad) que he tomado hasta el momento, y me harán recordar cada día con bastante precisión.
Pues bien, en mis escasos minutos disponibles en internet, haré una pequeña lista de borrador con los nombres y palabras que debo recordar para relatar este lindo viaje.
El país es lindo, pero el acento de la gente, es mucho mejor. Se siente uno como dentro de una telenovela!

junio 20, 2006

México: DF a Puerto Vallarta

Habemos en el mundo los que sufrimos de vértigo.
Sabiamente, alguien inventó unas patillitas llamadas Mareamin, para aquellos bajones repentinos de los aviones en turbulencia. Yo las tengo, por supuesto. Y ayer, antes de volar, también las tenía, pero en una maleta que se separó de mí mucho antes de que alguien me preguntara si me la había tomado.
A poco de ser las seis de la tarde, y habiendo visto tormentas en la tarde todos los días que estuvimos en Cuidad de México, mi pequeña preocupación pasó a ser un susto conmovedor. Glup!
Antes del despegue, sentía que un pasillo de distancia entre Víctor y yo era un abismo; así que a falta de su cercanía, uno de sus hijos tuvo que aguantar los apretones que le dí en el brazo y el otro trataba de hacerme reír.
Superados los zamarrones de un despegue un poco tiritón, y mientras veía que atravesábamos las nubes, todo empeoró, por más que los chicos me trataban de convencer de la bonita vista.
De pronto... ZAS.... bajón violento... y otro... las miradas de todos entre preocupados y muertos de la risa... y otro... y otro. Cual montaña rusa en plena nube negra, el avión nos movió por algunos minutos. Luego de eso... la voz grabada de un galán mexicano dijo que nos abrocháramos los cinturones porque pasaríamos por zona de turbulencia "¿RECIÉN?" díjeme, mientras todos comentaban que la grabación sonó un poco tarde. Mmm, un poco incrédula de lo que comentaban a mi alrededor, me quedé sentada, con el cinturón bien amarrado. Pero sí, la anterior había sido la turbulencia, y la había soportado digna; el aviso efectivamente, fue a destiempo.
Una vez en mi nuevo asiento, al lado de Víctor, luego de la rápida maniobra de cruzar el pasillo, comenzaron a repartir bebestibles y cacahuates con sal. A medio servirnos, el asunto seguía un tanto movido. Entonces el sobrecargo, luego de pedirle un inocente jugo de naranjas en tonito nervioso, me dice "Tómese esto, hágame caso, esto la rela", y me pasó una cerveza XXX.
En fin, cerveza en el cuerpo y todo, me salió el inglés hasta por los codos con la gringuita que estaba al lado y llegué a Puerto Vallarta como dueña del mundo.
La cachetada de calor cuando salimos del avión fue violenta, pero se pasa pensando en el frío de Santiago por estos días.
Y como consejo, si se les queda la pastillita para el mareo, tómense una chelita. De verdad que eso los "rela".

junio 19, 2006

México: resumen para mis cuates

Este país es una chulada!
La suerte ha estado de nuestro lado desde la llegada al aeropuerto de Santiago. Creímos que no tomaríamos el vuelo pero la Vírgen de Guadalupe se debe haber enterado y nos subieron a todos al avión.
El vuelo fue de día, con un cielo precioso, sin contratiempos. Al acercarse a la cuidad, la vista de las luces, los edificios y el tráfico, es impactante.
Y una vez nomás llegamos al aeropuerto Benito Juárez, pos ya me empapé de todita esta gente mexicana, rete linda que hay por acá. Híjole, si hasta me dicen que hablo con acento!
El primer viaje fue a las pirámides de Teotihuacán, hórale, es rete chido ese lugar. En el mismo tour, nos fuimos a la basílica de Nta. Señora de Guadalupe. Al día siguiente, a Cuernava y Taxco. Ayer, Coyoacán, y estuve parada al ladito nomás de la cama en que Frida Kalho pintaba sus cuadros (la del espejo en el cielo).
Hoy, sólo trámites para viajar a Puerto Vallarta, y una feria artesanal, después de la cual "una piedra en el camino" casi me hace comprar la colonia en la que andaba! pero nada, un tobillo doblado pero todo en su lugar.
Éste es un pequeño resumen, pero todo el detalle está en fotos y el cuadernito de las anotaciones.
La comida es deliciosa, sólo que que hasta los caramelos son picantes, pero ya uno sabe y pide todo sin "chile". Tengo tanto para contar. Hay tanto que ver, en cada esquina un edificio colonial de piedra, o una iglesia maravillosa.
Me tengo que ir! se acaba mi media hora de internet.

junio 13, 2006

Cassandra: Odio las vacaciones.

Algo recuerdo del último viaje de mi familia. A un par de días la mami corría, lavaba ropa, hacía listas, revisaba maletas. Por estos días el ritual se repite y me temo que tendremos "vacaciones".
Cuando eso pasa, me meten a la cajita claustrofóbica, me suben al auto, y con todo mi equipaje, me llevan donde la abueli, sistema all inclusive. Esas son "mis" vacaciones, pero este año serán peores porque en su casa, ella no me dejará salir ni jugar con sus ocho lindos canaritos, lo cual sólo me deja posibilidades de dormir y hacer bandalismo indoor.
Espero que con el apuro, no olviden mis enceres básicos, como mi ratoncita de piel, que ni yo sé dónde quedó la última vez que la pateé y el gusano peludo a cuerda que sirve canalizar mi rabia acumulada, con certeros mordiscos en su yugular. Siempre es lo mismo, se ocupan de ellos y la pobre gatita queda para el final, nisiquiera me dedican una buena despedida, sino que se van medio a escondidas, y tengo que hacer el teatro de parecer distraída para que crean que no me dí cuenta.
Este año, me tinca que tendré que trabajar algunas horas cuidando a mi abuelita, como hice cuando estuvo en mi casa recuperándose de un accidente. Mmm. Quizás es por eso que me mandan para allá, y no para que ella me cuide (como cree)... no lo había pensado. Con razón mi mami me está prometiendo unas golosinas para cuando vuelva, tal vez sea la paga.
Por si acaso, preparé turnos extra de siesta para poder estar junto a la abueli, en jornada extendida.

México: Dos días y contando

¿No les ha pasado que a veces se sientes culpables de que se les cumplan tantos deseos?
Hace muchos años ya, supe que en México "celebran" la muerte de manera especial. Me enteré que en sus tierras nació la pintora de cejas pobladas que lucía orgullosa los coloridos atuendos tradicionales, Frida Kalho. Y entre tantas cosas más, conocí el exquisito guacamole.
Siempre he pensado que es un lugar hermoso, donde se cuida mucho la ancentral cultura y la gente es cálida. Y aunque también confieso que pensé un par de burradas (como que todos los mexicanos se parecen a Armando Manzanero), cultivé en un rincón de mi alma, un deseo grandotote (como para ponerse a tono la palabrita, no?) de conocer ese país algún día.
Hoy, me siento un "tantito" culpable. Pero así tantito nomás, dijéramos. Porque con todo y culpa, pos estoy retefeliz (y ensayando el idioma), porque en dos días parto a México. Ya no en pensamiento, ni a través de revistas; esta vez, en avión.
Llevo una libretita para apuntar y no olvidar las palabras nuevas, los lugares conocidos, los sabores paladeados. La llevo para poder escribir después lo que viva en mi viaje. Para ponerle historia a mis fotos.
Pero aún faltan dos días. En dos días todo puede pasar, hasta me puedo morir o quedar abajo del avión. Sin embargo, en este minuto, ya estoy disfrutando la oportunidad linda de unas vacaciones en familia en el bello país del norte.
El viaje original era a Cuba, pero el universo se confabuló para llevarme a donde yo quería ir con más ansias. Vaya cómo es misteriosa la vida y perfecta la coordinación de todo. Me pregunto si será que me concede también el sueño de una serenata bajo mi ventana.

junio 09, 2006

Cassandra: Lluvia

"Lluvia".
Así se llama el agua que cae desde el cielo e inunda mi patio y mi ánimo.
Mi cajita de arena volvió a su sitio de siempre, qué tortura. Atravesar bajo el agua es como si a mi mami la obligaran a bajar en un ascensor con caída libre, cada vez que quisiera ir al baño. En la mañana sacaba mi cabeza y maullaba, porque no podía llegar hasta allá. Justo cuando estaba decidiendo si atravesaba veloz o incursionaba en una de los maceteros que hay dentro de la casa, la mami me agarró y llevó en andas, y por fin sentí la arena bajo mis patitas. Me esperó y rescató para traerme de vuelta a casa.
A pesar de maullar desconsolada por la ventana, el señor de arriba que maneja la llave de la lluvia se rehusó a cortarla, y tuve que pasar la mañana durmiendo.
Pero ahora, está despejando. Y me puse bien contenta, y empecé a pasear para ver con qué jugaba y agarré un cuerito con olor a animal, para jugar a que lo cazaba y lo arrastraba... Pero mala idea pasearme cerca de la mami para que me viera, porque me lo quitó y mientras subía a guardarlo me explicó que era un cuero de antte, que es muy caro para jugar y se usa para las fotos, así que hay que cuidarlo ¡Patrañas! nada puede tener mejor uso que ser un juguete. En fin, me lo quitaron igual.
Bienvenido sol! no puedo escribir más, es hora de salir a embarrar mis patitas y disfrutar.

junio 08, 2006

Viaje a Talca

Ir desde Santiago a Talca no es mayor travesía. A menos que se haga ida y vuelta en un día, en buena compañía.
Mi amiga y yo, con dos cámaras fotográficas en el hombro, partimos desde mi casa a las 7:40. Después de un paso previo por su oficina en Cerrillos, enfilamos hacia el sur. Llegando al peaje de Paine, la liviana cartera de ella le hace brillar los ojitos y decir "¿la billetera?". Con raudo viraje y buena velocidad, nos devolvimos a su casa. Salimos de Santiago, por segunda vez, a las 10:30. Tomamos un nuevo desayuno en San Fco. de Mostazal ¿qué será que dan tantas ganas de comer cuando uno viaja? con huevos revueltos y medias lunas.
Sin lluvia y después de reírnos del comentario de su mamá sobre que estaría lloviendo torrencialmente, llegamos a Rengo. Salimos de Rengo con lluvia intensa. En Curicó la lluvia rebotaba y el cabello lacio de mi amiga se iba ondulando levemente gracias a la humedad. Después de almorzar pizza de camarones, recorrimos un par de largas calles y doblamos en la esquina del letrero Michelin. Al final de esa calle, se veía la empresa a la que íbamos, pero mi amiga dijo "no, la entrada no es por aquí". Dimos una especie de gran vuelta a la manzana después de pasarnos dos calles, y nuevamente doblamos en la esquina del letrero Michelin ¿era un deja vú o el déficit atencional de mi amiga? No puede haber tantos letreros de neumáticos en una cuidad tan pequeña, de hecho no hay. Pero esa vez, ella se sentía segura de que esa sí era la calle y entramos al mismo estacionamiento que un rato antes yo había visto, pero ella no.
Salimos de Curicó camino a nuestro último destino, Talca. La lluvia no nos dejó a ir a más de 80km/hr. Pasamos de largo el único café de la ruta y llegamos sin cafeína a la última cita. El pelo de mi amiga era cada vez menos liso cuando regresó de su reunión. Terminadas las visitas, partimos a la única visita social del día. En el camino, una bella tostaduría nos proveyó de higos secos, pistachos y almendras confitadas, más algunas cosas que trajimos para otra ocasión.
En medio de orientes y sures y nortes, y varios higos secos, buscamos la dirección y llegamos a la casa azul, pero no había nadie. Al bajarme, se fue al agua el segundo periódico que boté al abrir la puerta. Luego, se activó la alarma del auto y tuvimos que bajarnos de él para que olvidara la idea de que se lo estaban robando y no nos fuera a dejar detenidas para siempre bajo la tormenta talquina. A esas alturas, mi amiga estaba crespa. Dejamos el encargo bajo la puerta y nos vinimos.
Pasamos a tomar el último café del día para mi amiga; entramos corriendo bajo una lluvia desprovista de toda consideración. Mi amiga dice que todos nos miraron al entrar; debió ser el "¡mierda!" que pronunció cuando sus botitas nuevas resbalaron en las cerámicas, aunque ella cree que fue por su pelo mojado y crespo tipo Shirley Temple, que claramente la impresionó cuando se vió en el enorme espejo.
Exhausta, me pasó las llaves y el viaje desde Lontué a Santiago lo completé yo. La visibilidad era escasa ¿nula?, pero la buena música y la conversa, nos relajó y llegamos a tiempo de cerrar el día con un rico té en casa de su mamá, y regresar a su casa a las 10:20. Unos minutos después me fuí y así, terminamos triunfantes el día de viaje.
¿Fotos? já, ni una.

Cassandra: ¡Vaya Días!

El lunes me llevaron en la cajita infeliz al veterinario para un corte de uñas radical. El martes conocí a un enemiguito nuevo, un gato que amaneció en mi patio y que tuvo la patudez de pegarme cuando salí a saludar; más encima, yo con las uñas mochas. Ayer, sola tooodooo el día, y hoy, por más que maúllo enrrabiada, la mami no corta el agua que cae en el patio y hasta tuvimos que damnificar mi cajita de arena, trayéndola adentro.
No sé para qué me pusieron entrada independiente en la cocina si ahora no puedo salir por el agua corriendo allá afuera. Y si, venciendo todos mis miedos, me decidiera a dar una vuelta, la mami me atajaría de entrada para limpiarme las patas, "¡el barro!" diría. No veo otra solución más que descansar de todo lo que ya descansé en la noche.
Cuando vivía en departamento no había nada de esto: agua, gatos, panderetas interconectadas, ni patios en los cuales caerse, como el de mi vecino de atrás. Durante un día de invierno, éramos sólo la estufa, mi cajita, mi cama, la mami y yo.
Pero aunque tengan que ponerme antipulgas y vacunarme el doble, prefiero mi vida de casa; con el sol por las mañanas, el patio para revolcarme, los pajaritos en el techo ¿qué será que ya no vienen al suelo como antes de que me fuera a presentar?, el escondite bajo el auto y hasta el vecino acusete que ladra cuando me cuelo bajo la reja camino a la calle.
Día gris. Sólo me queda dormir en la frutera, comer y jugar con la pelotita de esponja. De escribir me cansé.

noviembre 28, 2005

Anécdota: El Disfraz

Recuerdo tan bien la noche anterior. Tenía 8 años y mi mamá sacaba del ropero un libro gigante, heredado de su padrastro español y orgullosa me decía que al otro día me vestiría como una de las bellas ilustraciones que salían en él. Era un librote de tapa color sandía, del mismo color de la falda que, combinada con gruesas franjas negras, iba a ser parte de mi atuendo.
Mi mamá me dijo que me disfrazaría de algo pero yo no sabía lo que era, por lo que tuve que repetir varias veces antes de retener el nombre. Pero en fin, cuando se es pequeña, uno confía a ciegas en su mamá, más si ella nos lee con magia un párrafo de un libro precioso como el que tenía entre sus manos.
El traje se completaba con un pañuelo, y un canastito que originalmente era la cuna portátil de una de mis muñecas.
El día sábado llegó. Caminamos hasta el colegio y ví a mis compañeras disfrazadas de mariposas, princesas, bailarinas. El disfraz envidiable era el de la Pepa, que iba plateada entera como una especie de pequeño ser extraterrestre, aunque pudiera estar confundiéndome con otra de las tantas veces que debimos disfrazarnos.
La señorita Ma. Isabel hizo con nosotras una larga fila atrás del escenario y salimos una por una a decir nuestro nombre y de qué íbamos disfrazadas. Por supuesto, en cada salida los rostros de la audiencia se sonreían de ver lo tierna y divertida que se veía la señorita que frente a ellos se presentaba vestida de algo que no era. Llegó mi momento, la Nena estaba detrás mío dignamente vestida de aldeana y la profesora me dio la señal. Salí y las caras de todos los papás me miraron agradados y aplaudieron, como a todas. Una vez que dije mi nombre, me concentré para decir la palabra que descubría el misterio de mi disfraz, y dije que estaba disfrazada de "Asturiana". "¿Asturiana?" Me parecía oír que eso era lo que cuchicheaban y recuerdo las caras de todos sin saber si no habían escuchado o entendido. No sabía cómo mi mamá me había podido hacer una cosas así, resultaba que nadie entendía de qué estaba vestida y yo tenía la vergonzosa necesidad de explicar que Asturias era un pueblo español. Los papás, que mantenían aún sus muecas extrañadas, me aplaudieron con tanto cariño como al resto y finalmente los dos minutos de suplicio acabaron mientras bajaba la escalera. Lo importante después de eso, era el abrazo orgulloso de mi madre y la bebida de recompenza.
Hoy, no puedo dejar de reír cada vez que recuerdo, como si estuviera ahí, la cara de desconcierto que provocaba entre los asistentes un nombre tan raro para un disfraz tan sencillo. Y valoro la generosidad con que mi mamá esforzaba al máximo su creatividad ante la falta recursos, tanto para darme un disfraz original como para hacerme sentir que sería de verdad especial.
Por su puesto, la misma falda fue usada en muchas otras ocasiones, creando cada vez, un disfraz distinto.

(27 de noviembre 1982)

noviembre 25, 2005

La Caro y la Pepa

(inspirado luego de leer el comentario acerca de lo que escribí sobre Marcela Serrano)
Cuando era pequeña admiraba a dos compañeras de colegio que estaban conmigo desde kinder: la Caro y la Pepa. Por esos días yo estaba segura de que habían estado primeras en el reparto de habilidades previa llegada a este mundo.
La Caro no era sólo mi compañera, también era la amiga con quien más compartí durante mi niñez. Intelectual de nacimiento, leía densos libros de más de 600 páginas, mientras yo renegaba por defecto de cualquier libro que me dieran para leer. Recuerdo muy bien la vez en que, de paseo en Punta de Tralca, yo leí las 30 páginas que me quedaban de Romeo y Julieta, en el mismo tiempo que ella lo leía completo por segunda vez. Cuando hubo que tejer, yo iba en la mitad de una dispareja bufanda, mientras ella lucía su sweater sin mangas color mantequilla. Hacía queques cuando yo sólo sabía comerlos y fue capaz de escribir para una tarea, como a los nueve años, la histórica frase "Vaya! dijo la yegua baya al saltar la valla..." (que seguramente lo hacía para comer bayas, no estoy segura), que más de alguien me debe haber escuchado y tal vez ella ni recuerda.
La Pepa, por otra parte, tenía una mezcla de artista, buena lectora y habilidosa matemática. Era una diestra tecladista mientras yo transpiraba aprendiéndome Noche de Paz en flauta, y tocaba el órgano en la misma presentación musical en que yo intervine contadas veces con el poco exigente triángulo. Me enseñó por primera vez a Benedetti y Mafalda, y claramente entendió las operaciones entre matrices mucho antes que yo. Durante nuestra católica adolescencia fuimos grandes amigas y compartimos muchas horas haciendo duos guitarreros y cantando en misas, seguidas por todo un curso que hacía cualquier cosa por perder unas horas de clases. Cantábamos a voces, compartíamos canciones y nos llamábamos mutuamente "Ajicito".
Ambas no sólo eran diestras y geniales en distintos aspectos, sino que valiosas personas, de una humildad enorme para compartir sus habilidades y conocimientos conmigo, y tan lindas que muchas veces elogiaron mis propias aptitudes y personalidad. Detenida en este momento de mi vida me doy cuenta de que uno no es, sino, el paso de distintas personas, que nos mostraron aquello que no conocíamos, que nos dieron valores que no adquirimos antes, que trasformaron con su propia vida, la nuestra.
Después de salir del colegio, cada una me dio otra gran alegría al acordarse de mi. La Pepa me escribió desde Canadá, durante su viaje el primer año fuera del colegio. En perfectísimo inglés me saludó y escribió por lo menos 3 líneas, luego de las cuales leí "¡te la creiste!"; y sí, había creído que en un par de meses su inglés era excelente y me reí con ganas al saber que era sólo una broma. A la Caro, tuve la linda oportunidad de verla, muchos años después, entrando a la Iglesia el día de su matrimonio. Más lloraba yo que ella (no sé si se dio cuenta), dejé los pies en la pista de tanto bailar y por primera vez en un matrimonio me fuí, literalmente, cuando ya todos se iban (suegros y novios) y más encima, con una tartaleta entera bajo el brazo.
Hoy, ambas son madres de unos pequeños preciosos, profesionales, compañeras y grandes mujeres. Lo más lindo de todo, es que siguen cerca, tan cerca, que van a ser las primeras en saber que escribí esto para ellas.

noviembre 24, 2005

Una amiga de siempre

(el día de su primera ¿y última? comunión)
Todos tenemos amigos. El que menos, tiene su "compadre" o su "socio". Pero algunos tenemos la suerte de tener algún o algunos amigos desde siempre, de esos con los que nunca se perdió el contacto ni la intensidad de la amistad.
Yo tengo una.
Ella llegó a mi vida cuando teníamos 7 años. Era una chillona bajita, que yo iba a buscar de la mano para que subiera a la sala de clases porque no quería que la dejaran en el colegio. A esa edad uno no elige a la casa de qué amigos puede ir, pero mi mamá tuvo el ojo de hacerse amiga de la suya, y comenzamos a pasar varias tardes juntas. Su hogar era una casona llena de habitaciones con paredes altas y un patio de media cuadra. Lo mejor del lugar: el cuarto oscuro. Una pieza sin ventanas en la que guardaban de todo, por eso era entretenido. La otra maravilla de esa casa eran las onces que preparaba su mamá. Visto hasta acá, parecería que iba de visita más por su casa que por ella, pero no.
Yo tenía bicicleta y ella patines. Como siempre en la vida, lo que ella quería era una bicicleta y yo, los patines, así que cambiábamos los vehículos por tardes enteras. En su patio jugábamos a la pelota y alguna vez tomamos sol embetunadas en coca cola. La leyenda familiar dice que siendo bastante chica, rompí una de sus muñecas, me fuí de su casa sin despedirme de nadie y mi amiga quedó llorando. Nos veíamos todos los días en el colegio, nos acompañábamos de regreso a casa y varios años nos sentamos juntas. Sé que a veces no me soportaba, pero jamás peleábamos. Durante los recreos compartíamos la riqueza de nuestra amistad y la pobreza de nuestros bolsillos, comiéndonos todo a medias. Compartimos las fiestas escolares, las idas al cine, las penas de amor y la idea de teñirnos un mechón verde ella y yo, uno azul, que nunca se concretó.
Cuando se supone que la vida nos podía separar, no lo hizo. Y cuando las vidas de las dos se vinieron abajo ella fue, como siempre, mi leal compañera.
Nunca hemos sido amigas exclusivas, siempre hemos tenido más amigos, pero ella es especial porque nunca ha dejado de estar a la corta distancia de un llamado.

noviembre 23, 2005

Tía y primos ( i )


A los seis años no tenía idea de cuán importantes serían las fotos para mí. Durante ese año, el 80, recibí esta foto mientras estaba en cama con alguna enfermedad o peste de las que nos agarramos cuando somos pequeños. Mi tía me la dio de parte de ella y mis primos, como recuerdo de sus vacaciones en Valdivia. La encontré preciosa. Desde ese día, siempre ha estado conmigo. Debió ser el cariño con que mi tía me la entregó; o lo bien que se veían los tres en el botecito ese.
El niñito del medio, hoy está irreconocible. Misteriosamente, de ser un rubiecito de vocecilla tipo "soprano", pasó a ser un morenazo de piel mate a medida que crecía. El primo menor que al final es más alto que uno, más inteligente que uno, más exitoso que uno, un orgullo familiar.
Su hermano mayor, al lado, hoy es padre de un niño precioso y una bebita de ojos dulces. Tiene una de esas familias soñadas all-inclusive (la casa, el perro y "la parejita").
Mi tía, la guapetona de la derecha, está igual, sólo que se le han sumado muy dignamente algunos años. Para mí ella es recuerdo de varias cosas a la vez: el Zastava amarillo al que había que ponerle agua varias veces para llegar a la playa, los benditos caracoquesos que fueron una verdadera etapa en su cocina, sus regalos de parte de ella y de sus hijos que nunca sabían qué rayos me estaban regalando, sus llamadas a primera hora el día de mi cumpleaños, sus visitas cada vez que estuve enferma, sus panqueques con mermelada de damasco, sus "modula, mo-du-la", y podría seguir.
Lo mejor de todo es verlos felices hoy. Ese es el mejor regalo que me da esta foto cada vez que la miro.

noviembre 21, 2005

Mafalda

(Imagen tomada de www.clubcultura.com. Copyright Quino)

Bien, si hablé de Metheny, tengo que hablar de Mafalda.
Ella llegó por primera vez en el mismo tiempo de colegio y de las lecturas forzadas, pero en la forma de uno de esos libritos de tiras cómicas que una compañera de curso (la Pepa) me prestó.
Fue abrir, leer y reír. Y seguir y seguir riéndome. Entonces, me dí cuenta de algo más que me cautivaba.
La hepatitis del 91 trajo bajo el brazo del mismo amigo que me pirateaba los cassettes de Pat, a Mafalda Inédita para que pasara mis horas de aburrimiento. Y comenzó la lectura obligada de las historias de esta señorita argentina, tan incisivamente retratada bajo el genial lápiz de Quino. Llegaron más libritos de tiras cómicas y de pronto Toda Mafalda, el compilado que cualquiera de sus seguidores añora y libro de cabecera que causaba la curiosidad de mi madre cada vez que lo leía, por mis carcajadas.
Comprendí en esa época que Mafalda (y me refiero a la tira, no sólo al personaje) genera las más de las veces reacciones polares: la amas o la detestas. Porque a quienes nos gusta, nos hace falta sólo el inicio de alguna de sus historias para reír y recordar su caricatura, pero a quienes no les gusta, ningún esfuerzo de explicación ni análisis de su dibujo les hace salir una sonrisa, sino sólo una mueca agradecida de alguien que intenta evitar que nos sintamos mal.
Los detalles dibujados en sus tiras, son un segundo mundo por descubrir. O bien pueden ser la excusa para poder seguir leyéndola una y otra vez, porque como dijo alguna vez una persona: "envidio a los que no han leído a Mafalda antes, porque ellos tendrán la posibilidad de leerla por primera vez". Y es cierto que cuando parecen haber pasado todas las historias por mis ojos, deseo encontrar casualmente algún chiste que no haya leído antes, para disfrutarlo denuevo como la primera vez que abrí ese librito que la Pepa, generosamente, me prestó.

Pat Metheny


Pat Metheny llegó a mí en la forma de un cassette, copiado de un cd (cuando eran tan escasos), de manos de alguien que quizo alegrarme con su regalo, y lo logró. Era Letter From Home. El segundo cassette debidamente pirateado, fue Still Life. Y ahí comenzó todo.
Los escuchaba casi hasta a la migraña en mi radio plateada cuando tenía 16 o 17 años. Tarareaba las canciones en la ducha, en la calle (gusto que aún conservo) y en mi cabeza, cuando las clases estaban muy aburridas. Durante el primer año fuera del colegio, conocí a alguien que tenía la letra de Dream of the return. Vaya. La voz de Pedro Aznar que parecía estar hablando en otro idioma, de pronto se hizo completamente audible. Ya podía hacer algo más que tararear.
La invitación a uno de sus conciertos en San Carlos de Apoquindo, fue sin duda otro de los obsequios maravillosos que alguien me dio. El corazón ya se me salía al escuchar la banda y las voces mágicas de unos músicos de color, que por si fuera poco, además de cantar como dioses, tocaban varios instrumentos.
Mis dos cassettes fueron por años la única posibilidad de escuchar a Metheny a discreción y otro cassette pirata, First Circle, que un primo me prestó. Luego, un cd que me regalaron el año 97 We Live Here. Hasta que llegó la maravillosa tecnología MP3.
Gracias a otro amigo que me grabó todo lo que encontró y a la posibilidad de buscar yo misma en internet, comencé a escuchar no varios, sino "decenas" de temas que alguna vez reconocí como parte de la discografía de Metheny y los muchos otros que jamás había oído. Sin embargo, la deuda con Metheny, después de tantas alegrías que me ha dado, es por supuesto, recopilar su colección bajo las leyes del copyright y no privarlo de los dolarcillos que recibe después de cada venta. Es una larga y costosa tarea, por el número de discos, su escacez y sus precios, pero vale mil veces la pena por conservar músicos como él.
Recuerdo el particular hallazgo de "James". Tanto y más que Frist Circle, James se me incrustó en la piel. Uno no sabe por qué, pero de pronto se estremece y se emociona con temas que son sólo música. Tal vez sea que la guitarra de Metheny parece cantar. Sin embargo, aún no sé en qué disco aparece, si es que aparece en alguno.
Hay trabajo para rato con este músico por encontrar sus canciones y reunir su discografía. Ojalá haya tiempo para escuchar esos viejos cassettes muchas veces más.

Código da Vinci

Lo mejor de tener un blog, es que uno puede escribir lo que quiere. Se las puede dar incluso, de comentarista de libros, o películas. Como yo, que ahora voy a dar mi parecer sobre el Código da Vinci.
Bien, sin una pizca de estudios en materia de composición literaria, este comentario sale sólo de mi visión como lector. Es una novela que atrapa desde el inicio y que contiene una trama rápida y entretenida. Uno de esos libros que la gente sabe rápidamente si lo va a terminar en un par de lecturas, o no llegará a terminarlo.
Tras su éxito y las críticas de veracidad en cuanto a las distintas teorías que aparecen en él, me animé a leerlo desprovista de todo prejuicio, y me encontré con un libro actual, lleno de descripciones que acarrean una observación e investigación meticulosas, que hacen tener respeto por la dedicación del autor. La historia se nutre de persecusión y una seguidilla de pistas, que no dejan espacio al aburrimiento.
El análisis de qué tan bien o mal trata a la iglesia y a otras agrupaciones, no es tema para mí. Está clasificada como novela, y ahí se queda, porque basta con la aclaración de que la descripción de lugares y obras sea verdadera, para causar el interés en los códigos y en las obras mismas de Da Vinci. El resto es sólo argumento que cada uno validará como ficticio o real, en la medida de sus propias convicciones.
Un buen libro para llevar a un viaje, aquellos de descanso en que uno tiene mucho tiempo seguido para dedicarle.

Marcela Serrano


(Imagen tomada de http://www.escritoras.com/escritoras/escritora.php?i=947904406)
El sábado pasado, descubrí a Marcela Serrano. A pesar de haber escuchado que sus libros son buenos y de que me cautiva cada vez que veo una entrevista suya, nunca había tenido uno de sus libros en mis manos.
El sábado tenía dos horas de espera que rellenar de alguna forma. Estaba en Providencia y el intenso calor se colaba por mi ropa, agradezco que así fuera, porque el panorama preciso era entrar a la biblioteca. Pedí dos libros que no estaban y luego me sugirieron ir a buscar a un pequeño estante lleno de libros para leer en la sala. Y ahí la encontré. Su nombre en "El Albergue de las Mujeres Tristes", "Hasta Siempre Mujercitas" y en ese título que ya había visto alguna vez y que escogí para esa tarde: "Antigua Vida Mía".
Me sumergí desde sus primeras páginas con esa alegría de haber abierto un libro que te invita a olvidar si hace calor, si estás rodeada de gente, si tienes hambre o si la hora ha pasado. Y luego, me tocó la fibra de fémina orgullosa, esa que se contenta de que una pluma tan versátil sea del mismo género y vea con ojos tan humanamente femeninos como los míos.
La historia es simple, pero ella describe y analiza, y explica, entonces vas leyendo varios trozos entremezclados, pero que no enredan la lectura.
El calor que traía me obligó a sentir sueño a pesar de la entretenida lectura, y como es costumbre para mí cada vez que voy a esa biblioteca cuando las letras comienzan a bailar ante mis ojos, acomodé mi cabeza sobre mis brazos y dormí. Al despertar, retomé el libro, y lo saboreé hasta la página 80...
Lástima, después tuve que irme, las dos horas se habían acabado. Pero por fin había leído algo de Marcela Serrano, y por supuesto, la primera misión es conseguir el libro para terminarlo y luego leer el resto de sus obras.
Abran uno de sus libros, creo que entenderán cuando digo que son como saborear un pie dulce recién horneado. No es una lectura intelectual, es de sentimientos, es de encontrarse reflejado en sus personajes, en sus historias, es haber vivido sus mismos dolores y temores. No es simple, ella va desenhebrando todo. Y es chilena, que grato leer que todo trancurre en Ñuñoa. Un nombre que no imagino que exista en otra parte. Un nombre como cochayuyo, o charquicán, esos nombres tan nuestros. Fue un placer, sabiendo que vive hace tanto tiempo fuera de Chile, notar en su historia un apego tan sincero a este país.
Un gran placer la verdad: mujer, chilena, y gran escritora.

noviembre 18, 2005

Carrington


Gran película, lástima que sólo la haya podido comentar con una persona, porque nadie más la ha visto. La ví hace muchos años por eso no tengo en la mente todos los detalles y tengo el libro, encontrado en una venta de usados como gran casualidad.
La historia está llena de dolores por tratar de ser y hacer lo correcto, de un amor imposible pero enormemente generoso, de una incomprensión notoria. No la sé analizar filmográficamente, pero es de aquellas películas que quedan rondando en la mente. Acostumbrados como estamos a dar por imposibles los amores de dos personas que no pueden unirse por estar comprometidos con otros, por no dejar sus vidas cotidiandas, o por miedo, es extraño ver la posibilidad de que lo imposible esté dado porque una mujer que no gusta de los hombres se enamore de un hombre que gusta de ellos. Los personajes son bellísimos, tanto que no permiten al morbo entrar en el espectador.
La recomiendo para los amantes del cine inglés, de las buenas tramas, pero sobre todo, para aquellos que se sobrecogen con historias que son, antes que nada, muy humanas.