Todos tenemos amigos. El que menos, tiene su "compadre" o su "socio". Pero algunos tenemos la suerte de tener algún o algunos amigos desde siempre, de esos con los que nunca se perdió el contacto ni la intensidad de la amistad.
Yo tengo una.
Ella llegó a mi vida cuando teníamos 7 años. Era una chillona bajita, que yo iba a buscar de la mano para que subiera a la sala de clases porque no quería que la dejaran en el colegio. A esa edad uno no elige a la casa de qué amigos puede ir, pero mi mamá tuvo el ojo de hacerse amiga de la suya, y comenzamos a pasar varias tardes juntas. Su hogar era una casona llena de habitaciones con paredes altas y un patio de media cuadra. Lo mejor del lugar: el cuarto oscuro. Una pieza sin ventanas en la que guardaban de todo, por eso era entretenido. La otra maravilla de esa casa eran las onces que preparaba su mamá. Visto hasta acá, parecería que iba de visita más por su casa que por ella, pero no.
Yo tenía bicicleta y ella patines. Como siempre en la vida, lo que ella quería era una bicicleta y yo, los patines, así que cambiábamos los vehículos por tardes enteras. En su patio jugábamos a la pelota y alguna vez tomamos sol embetunadas en coca cola. La leyenda familiar dice que siendo bastante chica, rompí una de sus muñecas, me fuí de su casa sin despedirme de nadie y mi amiga quedó llorando. Nos veíamos todos los días en el colegio, nos acompañábamos de regreso a casa y varios años nos sentamos juntas. Sé que a veces no me soportaba, pero jamás peleábamos. Durante los recreos compartíamos la riqueza de nuestra amistad y la pobreza de nuestros bolsillos, comiéndonos todo a medias. Compartimos las fiestas escolares, las idas al cine, las penas de amor y la idea de teñirnos un mechón verde ella y yo, uno azul, que nunca se concretó.
Cuando se supone que la vida nos podía separar, no lo hizo. Y cuando las vidas de las dos se vinieron abajo ella fue, como siempre, mi leal compañera.
Nunca hemos sido amigas exclusivas, siempre hemos tenido más amigos, pero ella es especial porque nunca ha dejado de estar a la corta distancia de un llamado.
Yo tengo una.
Ella llegó a mi vida cuando teníamos 7 años. Era una chillona bajita, que yo iba a buscar de la mano para que subiera a la sala de clases porque no quería que la dejaran en el colegio. A esa edad uno no elige a la casa de qué amigos puede ir, pero mi mamá tuvo el ojo de hacerse amiga de la suya, y comenzamos a pasar varias tardes juntas. Su hogar era una casona llena de habitaciones con paredes altas y un patio de media cuadra. Lo mejor del lugar: el cuarto oscuro. Una pieza sin ventanas en la que guardaban de todo, por eso era entretenido. La otra maravilla de esa casa eran las onces que preparaba su mamá. Visto hasta acá, parecería que iba de visita más por su casa que por ella, pero no.
Yo tenía bicicleta y ella patines. Como siempre en la vida, lo que ella quería era una bicicleta y yo, los patines, así que cambiábamos los vehículos por tardes enteras. En su patio jugábamos a la pelota y alguna vez tomamos sol embetunadas en coca cola. La leyenda familiar dice que siendo bastante chica, rompí una de sus muñecas, me fuí de su casa sin despedirme de nadie y mi amiga quedó llorando. Nos veíamos todos los días en el colegio, nos acompañábamos de regreso a casa y varios años nos sentamos juntas. Sé que a veces no me soportaba, pero jamás peleábamos. Durante los recreos compartíamos la riqueza de nuestra amistad y la pobreza de nuestros bolsillos, comiéndonos todo a medias. Compartimos las fiestas escolares, las idas al cine, las penas de amor y la idea de teñirnos un mechón verde ella y yo, uno azul, que nunca se concretó.
Cuando se supone que la vida nos podía separar, no lo hizo. Y cuando las vidas de las dos se vinieron abajo ella fue, como siempre, mi leal compañera.
Nunca hemos sido amigas exclusivas, siempre hemos tenido más amigos, pero ella es especial porque nunca ha dejado de estar a la corta distancia de un llamado.

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