(inspirado luego de leer el comentario acerca de lo que escribí sobre Marcela Serrano)
Cuando era pequeña admiraba a dos compañeras de colegio que estaban conmigo desde kinder: la Caro y la Pepa. Por esos días yo estaba segura de que habían estado primeras en el reparto de habilidades previa llegada a este mundo.
La Caro no era sólo mi compañera, también era la amiga con quien más compartí durante mi niñez. Intelectual de nacimiento, leía densos libros de más de 600 páginas, mientras yo renegaba por defecto de cualquier libro que me dieran para leer. Recuerdo muy bien la vez en que, de paseo en Punta de Tralca, yo leí las 30 páginas que me quedaban de Romeo y Julieta, en el mismo tiempo que ella lo leía completo por segunda vez. Cuando hubo que tejer, yo iba en la mitad de una dispareja bufanda, mientras ella lucía su sweater sin mangas color mantequilla. Hacía queques cuando yo sólo sabía comerlos y fue capaz de escribir para una tarea, como a los nueve años, la histórica frase "Vaya! dijo la yegua baya al saltar la valla..." (que seguramente lo hacía para comer bayas, no estoy segura), que más de alguien me debe haber escuchado y tal vez ella ni recuerda.
La Pepa, por otra parte, tenía una mezcla de artista, buena lectora y habilidosa matemática. Era una diestra tecladista mientras yo transpiraba aprendiéndome Noche de Paz en flauta, y tocaba el órgano en la misma presentación musical en que yo intervine contadas veces con el poco exigente triángulo. Me enseñó por primera vez a Benedetti y Mafalda, y claramente entendió las operaciones entre matrices mucho antes que yo. Durante nuestra católica adolescencia fuimos grandes amigas y compartimos muchas horas haciendo duos guitarreros y cantando en misas, seguidas por todo un curso que hacía cualquier cosa por perder unas horas de clases. Cantábamos a voces, compartíamos canciones y nos llamábamos mutuamente "Ajicito".
Ambas no sólo eran diestras y geniales en distintos aspectos, sino que valiosas personas, de una humildad enorme para compartir sus habilidades y conocimientos conmigo, y tan lindas que muchas veces elogiaron mis propias aptitudes y personalidad. Detenida en este momento de mi vida me doy cuenta de que uno no es, sino, el paso de distintas personas, que nos mostraron aquello que no conocíamos, que nos dieron valores que no adquirimos antes, que trasformaron con su propia vida, la nuestra.
Después de salir del colegio, cada una me dio otra gran alegría al acordarse de mi. La Pepa me escribió desde Canadá, durante su viaje el primer año fuera del colegio. En perfectísimo inglés me saludó y escribió por lo menos 3 líneas, luego de las cuales leí "¡te la creiste!"; y sí, había creído que en un par de meses su inglés era excelente y me reí con ganas al saber que era sólo una broma. A la Caro, tuve la linda oportunidad de verla, muchos años después, entrando a la Iglesia el día de su matrimonio. Más lloraba yo que ella (no sé si se dio cuenta), dejé los pies en la pista de tanto bailar y por primera vez en un matrimonio me fuí, literalmente, cuando ya todos se iban (suegros y novios) y más encima, con una tartaleta entera bajo el brazo.
Hoy, ambas son madres de unos pequeños preciosos, profesionales, compañeras y grandes mujeres. Lo más lindo de todo, es que siguen cerca, tan cerca, que van a ser las primeras en saber que escribí esto para ellas.
Cuando era pequeña admiraba a dos compañeras de colegio que estaban conmigo desde kinder: la Caro y la Pepa. Por esos días yo estaba segura de que habían estado primeras en el reparto de habilidades previa llegada a este mundo.
La Caro no era sólo mi compañera, también era la amiga con quien más compartí durante mi niñez. Intelectual de nacimiento, leía densos libros de más de 600 páginas, mientras yo renegaba por defecto de cualquier libro que me dieran para leer. Recuerdo muy bien la vez en que, de paseo en Punta de Tralca, yo leí las 30 páginas que me quedaban de Romeo y Julieta, en el mismo tiempo que ella lo leía completo por segunda vez. Cuando hubo que tejer, yo iba en la mitad de una dispareja bufanda, mientras ella lucía su sweater sin mangas color mantequilla. Hacía queques cuando yo sólo sabía comerlos y fue capaz de escribir para una tarea, como a los nueve años, la histórica frase "Vaya! dijo la yegua baya al saltar la valla..." (que seguramente lo hacía para comer bayas, no estoy segura), que más de alguien me debe haber escuchado y tal vez ella ni recuerda.
La Pepa, por otra parte, tenía una mezcla de artista, buena lectora y habilidosa matemática. Era una diestra tecladista mientras yo transpiraba aprendiéndome Noche de Paz en flauta, y tocaba el órgano en la misma presentación musical en que yo intervine contadas veces con el poco exigente triángulo. Me enseñó por primera vez a Benedetti y Mafalda, y claramente entendió las operaciones entre matrices mucho antes que yo. Durante nuestra católica adolescencia fuimos grandes amigas y compartimos muchas horas haciendo duos guitarreros y cantando en misas, seguidas por todo un curso que hacía cualquier cosa por perder unas horas de clases. Cantábamos a voces, compartíamos canciones y nos llamábamos mutuamente "Ajicito".
Ambas no sólo eran diestras y geniales en distintos aspectos, sino que valiosas personas, de una humildad enorme para compartir sus habilidades y conocimientos conmigo, y tan lindas que muchas veces elogiaron mis propias aptitudes y personalidad. Detenida en este momento de mi vida me doy cuenta de que uno no es, sino, el paso de distintas personas, que nos mostraron aquello que no conocíamos, que nos dieron valores que no adquirimos antes, que trasformaron con su propia vida, la nuestra.
Después de salir del colegio, cada una me dio otra gran alegría al acordarse de mi. La Pepa me escribió desde Canadá, durante su viaje el primer año fuera del colegio. En perfectísimo inglés me saludó y escribió por lo menos 3 líneas, luego de las cuales leí "¡te la creiste!"; y sí, había creído que en un par de meses su inglés era excelente y me reí con ganas al saber que era sólo una broma. A la Caro, tuve la linda oportunidad de verla, muchos años después, entrando a la Iglesia el día de su matrimonio. Más lloraba yo que ella (no sé si se dio cuenta), dejé los pies en la pista de tanto bailar y por primera vez en un matrimonio me fuí, literalmente, cuando ya todos se iban (suegros y novios) y más encima, con una tartaleta entera bajo el brazo.
Hoy, ambas son madres de unos pequeños preciosos, profesionales, compañeras y grandes mujeres. Lo más lindo de todo, es que siguen cerca, tan cerca, que van a ser las primeras en saber que escribí esto para ellas.
1 comentario:
Solcita, me emocioné mucho al leer nuestras historias de la niñez... y me acordé de otras cosas, como cuando jugábamos a echar bencina en el patio de mi casa con el Arturo y Cristián y el juego de ka nave espacial con el moisés de mimbre.. y el juego de rodar con las cajas del supermercado que le daban a mi papá del banco... son tantos recuerdos de infancia y definitivamente en todos estás tú.
Un abrazo cariñoso, tu amiga de siempre, caro
Publicar un comentario