noviembre 23, 2005

Tía y primos ( i )


A los seis años no tenía idea de cuán importantes serían las fotos para mí. Durante ese año, el 80, recibí esta foto mientras estaba en cama con alguna enfermedad o peste de las que nos agarramos cuando somos pequeños. Mi tía me la dio de parte de ella y mis primos, como recuerdo de sus vacaciones en Valdivia. La encontré preciosa. Desde ese día, siempre ha estado conmigo. Debió ser el cariño con que mi tía me la entregó; o lo bien que se veían los tres en el botecito ese.
El niñito del medio, hoy está irreconocible. Misteriosamente, de ser un rubiecito de vocecilla tipo "soprano", pasó a ser un morenazo de piel mate a medida que crecía. El primo menor que al final es más alto que uno, más inteligente que uno, más exitoso que uno, un orgullo familiar.
Su hermano mayor, al lado, hoy es padre de un niño precioso y una bebita de ojos dulces. Tiene una de esas familias soñadas all-inclusive (la casa, el perro y "la parejita").
Mi tía, la guapetona de la derecha, está igual, sólo que se le han sumado muy dignamente algunos años. Para mí ella es recuerdo de varias cosas a la vez: el Zastava amarillo al que había que ponerle agua varias veces para llegar a la playa, los benditos caracoquesos que fueron una verdadera etapa en su cocina, sus regalos de parte de ella y de sus hijos que nunca sabían qué rayos me estaban regalando, sus llamadas a primera hora el día de mi cumpleaños, sus visitas cada vez que estuve enferma, sus panqueques con mermelada de damasco, sus "modula, mo-du-la", y podría seguir.
Lo mejor de todo es verlos felices hoy. Ese es el mejor regalo que me da esta foto cada vez que la miro.

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