enero 19, 2007

Mera Observación

A veces las historias tiernas se cuentan ante nuestros ojos.
Ayer pasé a la panadería de barrio que hay cerca de mi casa. Como siempre en la tarde, los fieles compradores de marraqueta recién horneada, hacíamos una pequeña cola para llegar al mesón. Esperando fuera de la panadería, había una niñita de unos 3 o 4 años, sentada en su bicicleta con rueditas de apoyo, estacionada de frente a la murralla de la panadería, afirmando el manubrio con su mano derecha y con la izquierda, comiendo un chocolate que -con forma de helado- está pegado a un palito. Se retiraba del local un señor con un bebé de año y medio que apenas caminaba sujeto de su mano izquierda, y le decía "llama a tu hermana, llama a tu hermana", instrucción a la que un varoncito de pañales y poco equilibrio, no podía menos que no reaccionar. Mientras, yo miraba cómo la bella niñita rubia de pelo rizado escuchaba a su abuelo y comenzaba a comer cada vez más rápido su pequeño chupetín. Su abuelo avanzaba, con esa mala costumbre que tienen los adultos de adelantarse perdiéndose la diversión, pero luego se detuvo, y sólo llamaba a su nieta por el nombre. Ella estaba en una situación difícil, no podía manejar su bici con el dulce en la mano y no sabía dónde dejarlo, por eso su urgente necesidad de devorarlo para luego ir a botar el palito al basurero de la panadería -como seguramente sus padres le han enseñado- y regresar para sacar su vehículo de la posición en que estaba. Lograrlo, fue otra titánica experiencia. Si bien hacía la fuerza para conseguir que se movieran sus pedales, ésta no era suficiente, y por la posición en que estaba, la bicicleta no se iba hacia adelante ni hacia atrás. El abuelo se escuchaba un poco más lejos cada vez. La niñita lo miraba, miraba angustiada su corcel de metal, pero no se rendía ante el esfuerzo que significó hacer por lo menos diez intentos hasta que por fin, la bicicleta giró, la ciclista pudo volver a la vereda y llegar hasta los dos varones que la esperaban pasos más allá.
A mi edad, uno no recuerda los esfuerzos que significan algunas maniobras cuando las manos no son diestras, la cabeza es muy grande y el cuerpo es de un tamaño tan poco práctico. Es muy gratificante tener ojos observadores para darse cuenta de que hay pequeños héroes por todas partes.

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