
Al parecer una araña (nunca se supo) fue la causante de mi repentino y corto viaje, hace una semana.
Mi buen amigo de Temuco, recién salido de sus días de hospitalización con antibióticos a la vena, pretendía cumplir su compromiso de viajar a Santiago a pesar de su hinchada, y poco agraciada, pierna edematosa. Amenazados todos, su familia y yo, de que iba a venir de cualquier forma, surgió la linda idea de que yo viajara y aprovechara de celebrar con ellos el cumpleaños de su hermana en Lican Ray.
A mitad de semana me aparecí por la ventanilla de la empresa de buses y pedí mi pasaje de ida "¿para cuándo?", "para el viernes", y "¿de regreso?", "el domingo", respuesta que fue suficiente para que el dependiente me hiciera el comentario de que era muy poco tiempo para tan lindo viaje, a lo que no podía menos que decir que sí, pero que valía la pena.
Diez y media de la noche del viernes, después de ir a buscar a mi gata, retirar un exámen de laboratorio, regar las plantas de mi tía y dejar a la felina con mi mamá, partía mi viaje hacia Temuco. Desperté unas 8 veces durante la noche pero el tiempo pasaba muy lento. Antes del amanecer, la silueta de las nubes sobre los campos y el color anaranjado del cielo, creaban imágenes conmovedoras.
Mi llegada estaba prevista para las siete y media de la mañana, pero a eso de las seis cincuenta, los pasajeros coincidían en llamar a sus familiares diciendo "estamos llegando". Así que tomé mi teléfono y le dije a mi amigo "parece que estoy llegando" y dentro de otras preguntas, me dice "¿... pero ves casas?" y le dije "no". Corté y acto seguido ¿qué ví?... casas.
En fin, esperar en un terminal tampoco es tan malo, sobre todo cuando existe un hall interior para una mañana bastante más fría que las de Santiago. Habiendo llegado mi amigo de cojo pero digno caminar, salimos del terminal y leo con infinita gracia cómo el cementerio colindante hace propaganda a su "moderno crematorio" como quien avisa una pasta dental.
Después de un conversado desayuno y de las muchas actividades (y vueltas) de mi amigo antes de dejar la cuidad, salimos junto a su hijo pequeño, rumbo a Lican Ray, que está a más de hora y media de camino.
Al llegar, el resto de la familia. Me recibieron como si la que los hubiera invitado fuera yo, já. Abrazos, besos, y en fin, esas cosas que no entiendo cómo otras personas no disfrutan, pero para mí son de lo mejor. Compartimos un rico almuerzo y un buen rato de cháchara entrentenida, hablando de fotografía, del lugar, de mis amigos cuando eran pequeños, de sus viajes familiares y bastante más.
Por la tarde, el bello lago Calafquén refrescaba a los veraneantes y me maravillaba con su belleza. Mis ojos se perdían entre tantas imágenes y recordaba mis paseos de infancia al lago Llanquihue. Sin duda, a pesar de eso, el ambiente creado por aquella familia, era lo mejor.
La noche de ese día, fue de pasear por el lugar, su plaza, y ver arroyos de lava antigua, bajo la luz de la luna.
El día domingo tomé un contundente, delicioso y conversado desayuno. Hacia el mediodía, bajaba a la playa a encontrar a mi amigo que a esa hora, haría Iaido. El lugar que elegimos, fue un sauce enorme que le regaló sombra suficiente para no desvanecerse de calor durante la práctica. Mientras, yo saqué fotos y sin ánimo de hacerlo, me encontré meditando sentada en el tronco del amistoso sauce que nos acogió.
Luego de eso, hambrientos y felices, compartimos entre todos un almuerzo con carne, papas, tomate. Esos alimentos simples que son capaces de convertirse en un banquete en cualquier momento. El postre no sólo fue la sabrosa sandía, también fue la guitarra, que nos acompañó hasta la playa para cantar un poco de bossa nova con mi desaliñado portugués y otras lindas melodías orquestadas por los dedos gráciles de mi amigo músico.
La tarde nos apuró, pero no tanto como para no tomar once, y partimos de regreso a Temuco por un camino que, esta vez, retuve mucho más.
Al anochecer, en el rodoviario, podía ver a mi amigo despidiéndome con mímicas y morisquetas que me hicieron recordar cuando me hacía reír de la misma forma aquel año 92 en que lo conocí en la bella cuidad de Valdivia. Parece que el sur tiene eso de marquetear los crematorios y hacer que los amigos se vuelvan un poco locos.

(Dedicado a la familia Gil Ramírez)
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