El famoso "Transantiago" que se implementó en mis pagos a inicios de Febrero, trajo de un día para el otro, todo tipo de complicaciones para trasladarse: tarjeta de pago agotada; buses llenos, incómodos e inhumanos; baja frecuencia; malas conexiones; sobrecarga de pasajeros en el tren subterráneo; quedar repentinamente "mal ubicados" en el barrio que antes era ideal.
Y sin embargo, los dedos mágicos de la vida, no dejan de asombrarme cuando al mismo tiempo que algo nos quitan, algo nos regalan. Un día descubrí que, por la tarde, podía cambiar los muchos minutos de espera y los buses que pasaban de largo casi raspándome la nariz, por una hora de agradable caminata hasta mi casa.
Santiago está convertido en un "viejo otoñal odioso". Con más frío que otros años en pleno invierno y una contaminación que espanta y enferma, no invita precisamente a los largos paseos, a menos que sean, como en mi caso, la mejor alternativa para desplazarse.
Después de caminar a paso firme, bien abrigada, observando las luces de la cuidad cubierta de noche, y descubrir pequeños secretos en calles que parecen tan iguales unas con otras pero que aún dejan espacio para los misterios (como la vieja casa con balcón entre modernas construcciones), la llegada a casa tiene un aire de triunfo. Y un poco más de apetito.
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